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El alma de las palabras


Comentaba, la semana pasada, el destino de las palabras cuando ya no se usan y, basado en un remedo de Bécquer (“Las palabras son aire y van al aire…”) planteaba la similitud que tiene el vocabulario con los organismos, en el sentido de que nacen, se desarrollan, se debilitan y mueren.

Es verdad, ya Saussure lo dijo con palabras más doctas: todas nuestras voces tienen un cuerpo material y un alma inmortal (el ginebrino, en realidad, hablaba de significante y significado). Agrego, a la afirmación anterior que, como si se tratara de una saga divina, las palabras también resucitan.

Palabras hay que nacen frente a nuestros ojos: retroceda veinte años en el tiempo, vaya a un almacén de electrónicos y pida un “escáner”. O regrese menos, cinco años por ejemplo: alce el teléfono y pregúntele a su mejor amigo si ya consiguió su “plasma”. O dé un saltito de quince meses y pregunte a un experto en política cuántos son los diputados que se están “volviendo locos”. En ese momento esas mismas palabras hubiesen completado un mensaje distinto al que tienen ahora, o simplemente no hubiesen sido comprensibles. Somos testigos de su nacimiento.

 

Las palabras se desarrollan: mega (como prefijo) y mediático, no son términos nuevos; sin embargo, han experimentado un auge notable en la primera década de este siglo. Igual ocurre con expresiones como “hoja de ruta” o “tolerancia cero”. A raíz de las protestas magisteriales de principios de los 80, en toda acción gremial o con pretensiones de serlo, los voceros hablaban de “documentos en blanco y negro” (es decir, acuerdos de principio) y “sentarse a dialogar” (dejar a un lado las acciones violentas); estas expresiones se mantienen hasta hoy en tal contexto.

Las palabras se debilitan: al caer en desuso, las voces pierden vigencia y quedan al borde del olvido, que para ellas es la muerte. “Toldo”, que fue voz muy en boga en Panamá, va siendo arrinconada como expresión de “sitio de bailes”, igual pasa con “comisariato” o con “autocine”, solo para citar algunas del patio.

Las palabras mueren: cuando ya no queda alguien que se comunique mediante ellas, las palabras descienden a la tumba. Diga en público “hogaño” y verá cómo lo miran; esta palabra murió por desuso, aunque su otra mitad: “antaño”, sigue vigente. También le ocurrió así a otras palabras, como “patacón” (refiriéndose a moneda), que murió en su acepción original, pero resucitó entre nosotros en las frituras de plátano y más recientemente en los cúmulos de basura que se agolpan por doquier (“doquier”, como “acullá”, están por patear el cubo).

 

Y, ¡oh, prodigio!, las palabras vuelven de la tumba. No faltan quienes creen que “arroba” (@) es un neologismo, ignorando que surge de un signo en desuso (medida de peso: 25 libras) presente en el teclado de las máquinas de escribir y el cual, como ya no se usaba, sirvió para separar las direcciones de Internet de su correspondiente dominio. Casi igual suerte amparó a “icono”, que de nombre de las imágenes eclesiales rusas, ya en decadencia, pasó a las pantallas de las computadoras (ahora como “ícono”).

Resumiendo: la lengua, más que un hecho, es un proceso constante, continuo, en el que nos hallamos inmersos; somos sus usuarios, sí, pero también sus modeladores. Ella viaja con nosotros en el tiempo y en el espacio y, al igual que usted y yo, sufre constantes cambios en el cuerpo y en el alma.

Por eso no sé si la palabra nos pertenece, o si somos cosa suya.

 

Que la palabra te acompañe.


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545650
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América