Entre los dieciséis y los veintidós años no se reflexiona sobre el amor, se ama. Pero ese amor es fricción de cuerpos, traspaso de salivas y otros humores. Igual no deja de ser amor.
Revisando la novela Ida y vuelta, descubro una vez más cómo lo sentí.
1952
¿Por qué no silbar, besarnos, hacernos cosquillas en las palmas de las manos, soplarnos los oídos, echarnos arena por el cuello y decirnos cuánto nos queremos? El balneario y el tiempo nos pertenecen. El caramelo de la noche se derrite con la aurora.
En la azotea de “La Azuleja”, nos arrulla la mañanita cantarina. Duerme, Maricela de los siete mares. ¡Qué pestañotas! Para mí tú no eres marinera, eres el mar. Eres como una bandera arriada, poco a poco. Arriada pero no vencida. Mi deber es volver a izarte.
Como si hubiera escuchado mis pensamientos, abre los ojos y los brazos. Caigo, nos enjuagamos las bocas con saliva. Maricela, tu aliento es cuaderno nuevo, una mesa de caoba, un bolero de Ricardo Fábrega, una brisa de amapolas.
¡Oh, Dios! Qué pueden importar en este momento de gloria y amor las rodillas raspadas de Maricela y mi espalda torturada por el cemento. Estamos en paz con la vida y, si acaso los tuviera, también con mis acreedores.
2002
Trataré de describir lo que siguió. A ver si me acuerdo.
En realidad no contamos estrellas, ni siquiera dije la última frase. Seguramente la pensé. No era tiempo de contar nada, era tiempo de vivir. Sobre mí, Maricela cabalgó igual que la primera vez en el bote. Aunque estábamos en un piso de cemento sentí que todo se movía, el edificio y la noche: todo se bamboleó, como si el universo entero fuera un mar y nosotros un par de conejos en el arca de Noé. Esos fueron actos de amor con demoras, con anuncios de estrellas y planetas de luces rojas; abrazos de minutos sabios y segundos irresponsables; actos quejumbrosos, cuajados de susurros; teatro de la vida sin telones y sin amenazas de final; amor de cambios y rodadas, de encorvamientos, de un poquito de risa (el exceso hubiese desafinado el concierto), de altibajos, de endurecimientos, de humedad.
Yo que toda la vida fui tan friolento, esa noche no me importó la brisa helada, arropado como estaba entre los muslos de Maricela.
Suspiro. El recuerdo me ha dejado agotado.
Y ya ven, se me acaban las palabras...