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El arribo


Mientras miraba aterrorizado la pantalla de su smartphone, Saúl no pudo evitar recordar que solo hacía unas horas todo su mundo había cambiado.

Se encontraba en casa de su madre, en una provinciana ciudad del interior de su país. Era 3 de enero y su vida había terminado.

Habían decidido viajar para Año Nuevo de la capital hacia la provincia de donde todos en casa provenían.

 

Como siempre, al momento de llegar se distribuían: Saúl se quedaba en Marino en casa de su madre, para compensar en algo los meses que pasaba sin verla.

El resto de la familia - José, adolescente aún; Mary, joven profesional, recién graduada, y su esposa Sue, su compañera de toda la vida - se quedaba en casa de su suegra en San Miguel, donde pasaron todos juntos el Año Nuevo.

Era inevitable regresar a casa de su madre a acompañarla. Además, nunca le había gustado dormir en casa ajena.

 

A pesar de lo que él mismo se había prometido, se dejó llevar por el ambiente y tomó licor de más y por ello su hija se había ofrecido a llevarle a San Miguel, para luego conducir de vuelta y descansar.

Saúl nunca volvería a ver a su hija.

En el viaje de vuelta, un borracho que venía a contravía había perdido el control y se había estrellado de frente contra el auto de Mary.

 

Ambos murieron instantáneamente.

Cuando Saúl se enteró, cualquier hálito de alegría o de ganas de vivir escapó de su cuerpo para nunca más volver.

Ahora se encontraba allí, sentado en la cama del pequeño cuarto que había sido suyo mientras había vivido con su madre, mirando en la pantalla de su smartphone un mensaje: “¿A qué hora te paso a buscar, papá?”. El remitente decía “Mary” y esperaba una respuesta.

 

Por más que creyese haber enloquecido, el mensaje estaba allí frente a él... ominoso... atrayente... hipnótico, como el frío aire que surge aullante desde el fondo de una tumba abierta.

Cuando pudo reaccionar, la duda había abandonado su cuerpo.

- “A las 5 de la tarde, hija”, escribió. Eran las diez de la mañana.

A las 4:55, Saúl salió rumbo a la calle.

Cuando llegó a la acera, una bruma misteriosa había descendido de la nada y se había apoderado de todo.

Reparó en el inmenso silencio que le rodeaba y en el gran vacío que se sentía alrededor. Parecía ser el único hombre sobre la Tierra.

De repente, en medio de la bruma, se abrió paso un auto con las luces encendidas. Se detuvo frente a él, pero el motor seguía andando.

Súbitamente, la puerta del pasajero se abrió mostrando el interior.

Fue entonces que vio a Mary, radiante y feliz, en el puesto del conductor tendiéndole la mano.

- “¿Vienes, papá?”, le dijo con esa voz que tanto había amado y que había pensado nunca más escuchar.

Casi cae de hinojos, bajo el peso de la felicidad y del alivio de verla de nuevo.

Entró al auto, no sin antes haber tomado la mano que le tendía.

No pudo resistir la emoción y abrazó a su hija, a la vez que dejaba salir, en forma de lágrimas, todo el dolor y la culpa que le había aplastado como a un insecto desde que salió de esa maldita morgue.

- “¿Nos vamos, papá? ¿Estás listo?”, le preguntó Mary.

- “Siento que toda mi vida lo he estado”, fue todo lo que alcanzó a responder, mientras cerraba la puerta.

El auto arrancó nuevamente y se perdió entre la misma bruma de dónde había salido.


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798092
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América