En Internet circulan listas de premios Nobel discriminados por nacionalidades, la mayoría confeccionadas por autores fantasmas. De ahí se deduce la superioridad de unos pueblos sobre otros, como si la academia sueca fuese el dedo de Dios. Los peores, sin ningún rigor académico, está de más decir, vinculan estas estadísticas a diferencias biológicas (si Alfred Nobel hubiese nacido en tiempos de Tutankhamun, “las razas superiores” serían, sucesivamente, los egipcios, los persas, los chinos, los indios, los judíos, los griegos, los romanos, los árabes, los mayas, los ingleses, los americanos…).
Algunos atribuyen estas diferencias a la superioridad de una cultura o de una religión sobre las otras. Los más razonables, entiendo, las consideran culturales, vinculadas a circunstancias históricas.
Algunas listas reciben el apoyo de innumerables opinantes que las redireccionan masivamente a nuestros correos. Como las que comparan el número proporcional de premios Nobel ganados por judíos y el número de premios ganado por árabes y de ahí deducen la superioridad de “un pueblo” (cuando no de una raza) sobre el otro e incluso la superioridad intelectual de unos individuos sobre los otros por el solo hecho de pertenecer a uno de los pueblos con más premios Nobel. (Por lo menos desde la Edad Media, al pueblo judío se le negó derechos de propiedad y nobleza, lo que acentuó su tendencia a refugiarse en el trabajo intelectual, el cual, por ser trabajo, fue despreciado por la nobleza, casi tanto como el trabajo manual).
Estas listas comparativas se parecen en algo a esas otras que enumeran las veces que el pueblo judío fue expulsado de diferentes países en los últimos tres mil años, por lo que se infiere que el mensaje explicaría una especie de karma nacional.
La gran cantidad de premios Nobel ganados por un pueblo o un país X no deja de ser un mérito. Pero tampoco deja de ser un mérito relativo, del cual no hay que deducir superpoderes culturales, ideológicos o raciales. Menos derechos especiales. La Alemania de los años treinta era el país que tenía más premios Nobel y también fue el país que más fácil se dejó engañar por un fanático que llevó a medio pueblo a organizar o tolerar uno de los peores holocaustos, si no el peor, de la historia moderna (del holocausto indoamericano casi no se habla).
Ahora, si revemos estas listas, también veremos una predominancia abrumadora de hombres sobre mujeres. ¿Vamos a deducir, entonces, que las mujeres son tanto menos inteligentes o capaces? O por el contrario, ¿el dato no indica, acaso, alguna circunstancia histórica que las oprimió en la misma proporción?
Si despreciamos a aquellos inmigrantes que proceden de culturas que no han trabajado en el sentido en que sería necesario para acumular premios Nobel (leer “¡Qué error hemos cometido!”, de un inexistente Sebastián Vivar Rodríguez), ¿vamos a despreciar igualmente a las mujeres?
Me gustaría ver la misma consistencia en los argumentos y leer de esos mismos grupos racistas gritando: “No dejen entrar más mujeres a este país. Dejen entrar solo hombres, porque gracias a ellos tendremos más premios Nobel, porque gracias a ellos el mundo es un lugar más próspero”.
Claro, alguno, dentro de estos grupos, se opondrá diciendo: “No, hay que dejar entrar también a las mujeres. De lo contrario aumentaría la homosexualidad. De lo contrario no habría madres que dieran hijos varones que produjeran premios Nobel, que no trajeran progreso y prosperidad”.
También sería consecuente. Porque no otra cosa practican algunos dejando entrar a inmigrantes procedentes de culturas marginales, sin premios Nobel, para que limpien los baños de los premios Nobel, para que planten y recojan las siembras que alimentan a los premios Nobel, para que se enlisten en los ejércitos que luego irán a poner orden en esos pueblos bárbaros que no tienen premios Nobel.