Otra vez lo mismo de siempre: derrota y vergüenza. Pero ¿por qué?
Primero: porque los hondureños con una preparación más débil (en el papel) merecieron la victoria, jugaron mejor, aunque no nos guste reconocerlo.
Segundo: la selección no jugó ni la sombra de lo que se mostró en San José, ante los ticos.
Tercero: las oportunidades no se aprovecharon y se permitió al rival reír, y lo que es peor, en nuestra cara.
Cuando el portero es la figura, el final es el mismo: la derrota. Jugadores cansados, miradas perdidas, pases imprecisos y falta de decisión, eso se reflejó.
Y, ¿Guimaraes?, que se pare bonito, mañana ante Estados Unidos, y luego ante la siempre resistente Cuba. El empate de ambos ayer nos dio vida.
Hoy hay dolor. Mañana a buscar un milagro. El panorama se ve poco alentador.