En el cielo no se veía ni una sola nube. El sol caía como lluvia de fuego sobre los techos de las casas, sobre las aceras, sobre el pavimento de las calles…
Un pregón lejano e ininteligible rasgaba cada pocos minutos la pesada cortina de silencio del mediodía. Cuando se oyó más cerca de mi casa descifré que decía con pronunciación interiorana: “¡Cotto em monte!”.
En el invierno pasaban casi a diario unos muchachos en bicicleta con la güira y el galón de gasolina, dispuestos a quitarnos a los vecinos la yerba que las lluvias hacían brotar por todas partes. Algunos malpensados decían que traían intenciones de quitarnos algo más que la grama, que inspeccionaban las casas con poca seguridad para entrar de noche sin ser invitados. Ahora no vienen porque el sol se encarga de que no crezca nada verde.
La voz decía “Corto el monte”. Pensé que debía ser de algún cholo que no distinguía el césped de un patio de la maleza de un potrero. Para él toda vegetación sería monte.
Me picó la curiosidad por ver quién podía ofrecerse a cortar la yerba en un tiempo en que tan poca yerba había y ¡efectivamente! vi descansando a la sombra de la palma que crece frente a mi casa un viejo flaco y algo encorvado con aspecto de ser de “allá onde uno”. Con una mano se quitó el sombrero pinta’o y con la otra se secaba el sudor de la frente. Quizás el calor que irradiaba el hormigón de la calle le traspasaba la suela de las cutarras y él, acostumbrado a pisar terrones, tuvo que buscar alivio a sus pies a la sombra del cocotero.
No le vi más herramientas que un machete sin funda, muy gastado, veterano sin duda de cien batallas contra el hambre, pendiente del hombro izquierdo por un trozo de cabuya, y una lima que sobresalía del bolsillo trasero del pantalón rompeclavos.
No pude menos que pensar: ¿De dónde habrá salido este dinosaurio? ¿No se habrá enterado de que en el siglo XXI el césped se corta con una máquina? ¿Resistirá su cintura las continuas flexiones que se necesitan para cortar yerba casi a ras del suelo con ese machete? ¿No tendrá jubilación o unos hijos que lo alimenten para que no tenga que ganarse el pan con tanta dificultad? Se me encogió el alma.
Lo llamé y le di cinco dólares. Su mano, sarmentosa como rama de macano, en vez de agarrar el billete que le entregaba empuñó la cacha del machete y me preguntó: “¿Ónde está et trabajo?”. Le dije que no había ningún trabajo; que eso era para que almorzara y se fuera a su casa a descansar.
Me miró fijamente con unos ojos chispeantes y vivaces, lo único luminoso en aquel rostro curtido y arrugado, y me dijo: “Tengo setenta y tres años y ¿sabe usté una cosa? ¡Jamás en mi vida he pedío limosnas!”.
Los robos, las coimas, los transfuguismos, los juegavivos y los abusos de todas clases con que tropiezo cada día han encallecido de tal modo mi conciencia que no pude digerir aquel acto de dignidad y quedé inmóvil, sin saber qué decir.
Antes de que pudiera reponerme de la humillación, volvió a colgarse el machete en el hombro izquierdo, se caló el sombrero hasta las cejas y siguió su camino gritando “¡Cotto em monte!”.
Tardé un rato en guardar el billete de cinco dólares en mi cartera. Lo miraba con cierta aprensión porque tenía la sensación de que el viejo lo había usado como papel higiénico.