“La gasolina los moviliza, sin ella serían estatuas”, he dicho.
Isidoro, el buseroVamos, Isidoro, no permitas que el puñetero tráfico cambie ese carácter tuyo de jodedor impenitente. Aquí te doy las gracias por que me enseñaste a manejar. Fue la primera velocidad de mi vida. Déjame entrevistarte.
—¿Entrevista? Okey, Perusín, pero la calle está dura y gasta las llantas, tendrás que pagar tu pasaje. —¿Te puedo pagar con un libro?
—No, amigo, yo no como letras.
—Pero crees en el azar...
—¡Claro que creo en el azar! Cómo no. La rueda del timón es ruleta donde apuesto los níqueles de mi vida.
—¿Por qué no estudiaste?
—El diploma de bachiller me da frenillo. La calle es mejor escuela.
—¿Qué aprendes en la calle?
—Paciencia, la paciencia es un joyero; los semáforos son esmeraldas, rubíes y amatistas.
—Odi profanum vulgus—
Memo De León, el pescador
En una hamaca de redes, Memo De León duerme una siesta de amanecer sin nubes en el que las corvinas y los camarones bailan al son de un merencumbé.
—Déjame ir contigo, Memo. No quiero pescar, sólo ser testigo de cómo emerge el sol para inventar un nuevo día.
—Siéntate en la proa, Perusín, así también podrás ver cómo subo por las tetas de las olas.
—¡Quisiera ser pelícano!
—¿Por qué?
—Porque el mar es una mesa siempre puesta y las boyas no cobran alquiler.
—Si buscas poesía, nada más mira el fuera de borda tejiendo espumas. Mi pobre Evinrude... está cansado... ¿lo oyes? —Parece un tigre ronco.
—Fue por la última zambullida.
—Dice cosas que no entiendo.
—Cuando no habla de bujías, habla del Nuevo Testamento, por ejemplo, me recuerda que san Pedro fue pescador. ¡Ja, pero yo estoy lejos de ser apóstol!
—¿Por qué pescas tú?
—Pesco para seguir discutiendo la vida con el mar.