Las mañanas de los jueves y los viernes son de los estudiantes. En algunos colegios les dan licencia para que se metan en un pantalón de mezclilla y de medio cuerpo para arriba llevan el atuendo que distingue a su escuela. Los más convencionales -quizá la mayoría- van estrictamente uniformados, pero no importa, recordemos que el hábito no hace al monje.
Es una especie de ritual que cada año se repite con más profusión. El escenario: La Feria Internacional del Libro de Panamá. El propósito: Poner a los jóvenes, en especial a los que son más fáciles de sensibilizar, en contacto con el mundo de los libros.
En este espacio no hay distingos. Las condiciones y oportunidades para ver libros, tocarlos, e incluso hablar con los escritores, son iguales para todos. Donde puede haber diferencia es el poder adquisitivo, pero eso no importa. Lo primordial es producir ese roce, con la esperanza de que al menos uno ceda a su encanto. Si esto sucede, se habrá ganado mucho.
Pero, a diferencia de años anteriores, este vez la Feria del Libro llegó en un momento en el que un porcentaje importante de la población a la cual pretende seducir, se encuentra ociosa, no por voluntad propia, sino por un estúpido forcejeo que parece interminable.
El ir y venir de las delegaciones estudiantiles no cesó, pero evidentemente hubiera escalado más peldaños si el ambiente estudiantil estuviera operando con normalidad, como Dios y la sensatez mandan.
Como es usual, un sinnúmero de centros escolares particulares condujeron a sus estudiantes a la Feria del Libro durante la jornada matinal.
Mientras, una vez más, los conflictos ajenos y los intereses de los menos se interponían en el camino de la mayoría, de los más necesitados, en esta vorágine de sinsentidos que sigue lastimando a quienes no debe.
Y, como para perfeccionar la escena, esta semana algunos inadaptados alteraron el orden público e hicieron daño a la propiedad en su constante afán de desvirtuar el verdadero sentido de la protesta social a la cual tienen derecho, pero sin perjudicar a terceros.
Todo parece una conspiración que va en la dirección de hacerles daño a los que más ayuda necesitan y a una velocidad que hará imposible que puedan frenar, si alguna vez decidieran hacerlo.