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El Canillita


Se revuelca en la cama de sábanas de parches, como mono perezoso. Su pareja, al lado, le da un codazo. Son las 3 de la madrugada. Manipula el foco desgastado, una luz débil ilumina el recinto mínimo. Una cama tres cuartos, un catre, ropa arrumada en una esquina.

En la cama, su mujer acostada, ataviada con un camisón coqueto y tubos de colores enrulando su ensortijada cabellera. Da vueltas, somnolienta. Restriega el codo de sus dedos sobre sus ojos oscuros alrededor de la piel prieta y cansada. En el catre dormitan tres niños apiñados. Dan brincos intermitentes a causa de los turbulentos sueños por el recuerdo de las travesuras intrépidas que, a la luz del día, disfrutaron en el patio resbaloso y maloliente. Guindarejos de todos los colores bailan como si fueran un vals en fiesta de quince años.

El Canillita se dispone a levantarse. Da una voltereta como de esas de olimpiadas. Queda en pie. Se da un chapuzón en el baño condenado. No condenado de clausurado. Condenado por friolento.

 

Tiene que buscar el pan. “No soy de los que han heredado una fortuna de un banco. Tengo que sudarla”, pregona quedo.

Calza su gorra de béisbol, emblema de su delirio por los Yanquis. Su abuelo y su padre le legaron la hinchada por los dueños de los rascacielos.

Una tía que se casó con un gringo se la mandó.

 

Levanta el cuello del gabán que cubre un ligero suéter, camiseta del Match, que disputa los domingos por la tarde, patrocinada por el chino de la esquina. Será su atuendo cuando el sol arrecie sin compasión.

Se acurruca hacia sí para darse calor. La ventolina mañanera le abofetea el rostro.

Un pantalón “caga’o” a media pierna lo viste.

 

Se detiene a la salida del callejón que está al final del zaguán del piso de la multi en que vive.

Su mirada se revuelca hacia ambos lados, como detective encubierto.

Caminantes azarosos se dirigen a sus quehaceres como hormiguitas que vienen y van. Otros, amparados por la oscuridad, irrumpen sigilosamente. Otros deambulan en busca de una presa descuidada para arrebatarle sin miramientos su trabajo, sus ilusiones, su honra, sus sudores. Así de un tajo sin derecho a réplica.

 

Avanza. Se topa con una pela’, curtida por los avatares de su vida azarosa, que viene de atender algunos “business” que de improviso le salieron.

Se topa con la caminata tempranera de un aspirante a boxeador del cuarto de enfrente.

Chotea a su paso a dos que, misteriosamente se intercambian “algo”, sin detenerse demasiado. Tres detonaciones alertan su cautela. Difícil descifrar su cercanía. Se enrosca como serpiente asustada. Agiliza el paso.

Luces como de discoteca danzan en la capota de un carro policial que raudo persigue a alguien. La prostituta de al lado le regala un guiño. Tuvo una buena noche.

Todo es como una ruleta. La ruedas o te rueda.

Recoge su arrumaco de periódicos. Un parroquiano parecido a un fantasma noctámbulo lo vacila. “Hey brother vete a tu “chantin” yo voy pa’ el mío”. El Canillita lo ve y lo oye como escuchar llover.

Busca la misma esquina de siempre. Requisa de reojo la acera abrasada con el rocío de la noche. Se sienta. Desata y extrae un ejemplar de cada periódico. Relee los titulares como repaso de examen de fin de año. Revisa a los muertos para identificar a algún conocido del barrio donde vive. Nadie conocido. Uno más, otro, cualquiera.

Rebusca como los grandes publicistas, una frase, una noticia que le sirva de gancho para ensartar clientes y regresar a casa cuando su mujer aún no se ha levantado.

Inicia su recorrido entre transeúntes, entre caminantes apurados, algunos desempleados que agilizan el paso para de primeros entregar currículos. Se acerca a los quioscos, pregona por las fondas de fritangas, de café humeante. “Le sacan la nek y ta’vivo” compre, compre las noticias calientitas. Se acaban, se acaban”

Da su vuelta por el Cuarto de Urgencias, entre baleados que llegan a montones como de frentes de guerra.

Le ofrece el diario al pichoncito doctor, salido de ahí de la "multi". Su madre a punta de plancha y con la ayuda del patrón donde planchaba lo educó. Lo encerraba con candado para evitar que sucumbiera al barrio, para que no se contaminara. Lo chotea “ ’Cha Doctor, salió en primera plana el “man” que usted salvó de la pelona ayer".

Saca, como un rehilete otro periódico de entre la ruma. Lo empuña, blandiéndolo, como si fuera la carta ganadora de un juego de poker. A su paso, los carros de la morgue vienen y van como piquera de taxis en quincena. Cerca… vocea la historia de los muertos fresquecitos. “Marido celoso lo mata, lo pillaron con las manos en la masa”, al tiempo que, como un mago en un acto de magia, dobla el diario luego de recibir la plata de un cliente apurado.

Y así, al chofer de la carroza fúnebre, al compinche del sicario acribillado, a la enfermera soltando el turno, al albañil que se desaloja los dientes que devoraron el bistec con tortilla que lo inyecta de energía para atestar de edificios imponentes la ciudad del juega vivo. A todos los viste de periódicos.

“Olvídate del tango y baila bolero... Lo mío es vender mi hermano”.

Tarareando el reggae de moda ofrece su producto. Prosigue su faena voceando la crónica relevante. Quisieran los publicistas tomar clases con este empírico cronista.

Se pasea por los ministerios poniendo al día a los perezosos funcionarios, quienes, a medida que avanza la mañana, se espabilan con el café y los bochinches que genera la nota política.

Avanza por las calles entre transeúntes. La ruma de periódicos decrece cual montaña que se derrumba.

El sol arrecia. Se deshace de su gabán de marca, acompañante del paquete que la tía del norte le envió. Aminora su calor y se lo amarra a la sudorosa cadera que exhibe el calzón de muñequitos. Se impacienta por vender los últimos ejemplares.

Le suena el celular, chequea el número. Una "chichi" que conoció ayer le recuerda la cita. Lo apaga.

Sigue voceando, ahora con más energía. Entona la voz como cantante de ópera. “Seis millones pa’ Chile, un cable para los envenena’os”. En un dos por tres, cinco, seis, siete conductores exhiben sus monedas, sonando impacientes sus bocinas. El Canillita se desplaza cual astro de fútbol ofreciendo espectáculo. Ducho, ganándole al semáforo.

“Hey "man" uno ahí” grita alguno. Y así con su camina’o experimenta’o, se desplaza vacilando, pregonando la noticia de hoy.

Se imagina la sopa de pata, caliente, que lo espera en el cuarto que comparte con su púber mujer, los dos hijos de ella, y el último que dice que es de él, que no son más altos que la mesa del comedor.

A la ejecutiva en el 4x4 le ofrece el diario de pura letra, enganchándola con la portada de la revista femenina como sabueso sabio.

Al turista le ofrece un diario pa’ que lo lleve de recuerdo de este país donde todo es posible.

Tres diarios le quedan ya, “Los últimos, los últimos, entérese…”. Levanta los ejemplares como si fueran trofeos de escuela primaria. Se detienen. Le preguntan la noticia. Raudo y enérgico la diserta como conferencista avezado. Al fin …un taxista le compra los tres diarios: dos de crónica roja y otro de pura letra. Le llama la atención la cara ensangrentada con un tiro de gracia en la frente. Se lo había advertido a su amigo de piquera.

El Canillita le da una palmada en el hombro al taxista, se ajusta la gorra, se pone el jacket, se frota la manos, requisa su mochila, enfila el paso como boys scout orgulloso y ¡Chao pesca’o! Hasta mañana.

Salud Canillita. Pa’lante.


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509596
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América