Hace tiempo, ciertos grupos de panameños están pidiendo que en el censo previsto para el próximo 16 de mayo se incluya la raza de cada habitante de nuestro país. El 16 de abril de 2010, escuché en un programa de televisión a una de las personas responsables del censo confirmando públicamente que se hará así. Supongo que nos querrán clasificar en negros, indios, blancos o amarillos, tratando de borrar de nuestra historia los cinco siglos que llevamos mezclándonos. Como entre los panameños deseosos de que nos clasifiquemos por razas predomina la de los últimos esclavos legales, sospecho que su deseo se deba a reivindicaciones sociales o históricas.
Nací en el sur de España, de padres y abuelos españoles, pero antes de que yo naciera, por allí habían pasado tartesios, iberos, celtas, griegos, fenicios, cartagineses, judíos, romanos, vándalos, suevos, alanos, godos, árabes, bereberes, negros, gitanos, etc.; unos procedentes de África, otros de Europa y otros de Asia. Casi todos estos invasores han guerreado con los que llegaron antes y tomaron prisioneros para convertirlos en siervos. Yo, por lo tanto, no puedo asegurar que no sea descendiente de esclavos.
Según se lee en escritos antiguos y se ve en cuadros de épocas pasadas, en Andalucía siempre ha habido negros. Una de las cofradías de la Semana Santa de Sevilla fue fundada en la Edad Media por negros que vivían en esta ciudad. Hay varias poblaciones cerca de donde nací, en la provincia de Huelva (entre ellas Gibraleón, que le dio nombre a una de nuestras islas de las Perlas) donde hay todavía familias que, aunque muy mezcladas, se consideran negras, descendientes de negros. Yo no puedo asegurar que no sea también descendiente de negros.
Esclavos de todos los colores los ha habido siempre a través de la Historia. La misma palabra esclavo procede de los eslavos, individuos blancos del centro de Europa sometidos a servidumbre por los bizantinos durante la Edad Media. Sin embargo, los últimos esclavos legales fueron negros y, quizás por esa injusticia que cometió con ellos la Humanidad o por la esclavitud a que me ha sometido a mí la lucha por la vida, siempre he simpatizado más con la raza negra que con las otras. Y digo que fue una injusticia de la Humanidad, no sólo de los blancos, porque también tienen culpa otros negros que cazaban a sus hermanos para venderlos a los europeos o a los árabes.
En mi juventud, me enamoré de una panameña en la que predominaba la raza de los últimos esclavos, a la que quise con toda mi alma hasta que nos separó la muerte. Cuando nuestra nieta era chiquita, siempre pintaba a su abuela en color marrón, y decía que era chocolatita. La población panameña está tan mezclada que pocos van a saber qué contestarles a los del censo cuando les pregunten a qué raza pertenecen. Supongo que si mi querida esposa estuviera viva, ante esa pregunta ella no sabría por quién en su variopinto abolengo decidirse y diría, imitando a su nieta: soy chocolatita.
Cuando el presentador del programa de televisión mencionado le hizo ver a aquella autoridad del censo la dificultad que tendría la mayor parte de los panameños para clasificarse, contestó: “Pues que cada uno diga de qué raza se siente que es”.
¡Inteligente forma de resolver el problema! Los sentimientos, como el amor, son ciegos. Uno puede sentirse comunista, chiricano, partidario del Barça o de los Yanquis de Nueva York, independientemente del color de su piel. Ya dije que siento más simpatía por la raza negra que por las otras, así es que tengo clarito lo que le voy a contestar al encuestador del censo: “Soy negro”. Y si después de ver mi rostro sonrosado y mi pelo castaño se niega a anotar lo que le digo, insistiré: “Usted ponga ahí que soy negro porque así es como me siento”.
Está visto que a los seres humanos nos gusta complicarnos la vida, y cuando no tenemos problemas, los buscamos.