"La poesía te escoge, no la escoges"
M anuel Orestes Nieto, como lo dice Pirandello, nació poeta en un país iluminado en el borde del cielo, en una nación en la cúspide de la tierra, en una delicada alfombra de pétalos de rosa y mariposas multicolores, en ese rincón del paraíso donde se reconstruyen los sueños con infinitas alas. El galardonado varias veces con el premio Ricardo Miró, el maestro de la prosa poética nos obsequia con una antología que resume cuatro décadas de un lirismo que flota como una llama en el agua, que flota como un hechizo: El cristal entre la luz.
Su patria amada es Panamá, esa mujer virginal, violada varias veces por las águilas imperiales y hoy por el capitalismo salvaje de la globalización del lucro. En este sitio mágico y eterno con una identidad múltiple, el vate es fuego, agua, pies y enramadas. Manuel Orestes Nieto navega en el Mar de los Sargazos en busca del origen, allí donde están sus primeros pasos en esos febriles días de la infancia.
Panamá es aquella mujer de roble con alma de leoparda, una nación que, en una épica permanente, todo la funda contra las adversidades. Por eso él se expresa con el lenguaje de los ancestros, usa el idioma de la luz. Su palabra es un eco, una burbuja de aire sonora, tiene el arete de la esperanza y de los sentimientos primigenios. Con él viajamos a la raíz del ser y a la nube de lo ignoto. Allí donde siempre el tiempo es de primavera y el mar se enriquece con cardúmenes de peces vestidos con escamas de rubíes. Cabalgamos en praderas cósmicas para tejer en el corazón los destinos conjugados.
Manuel Orestes Nieto crea oníricamente una mitología personal. En la vuelta a su antigua casa, al agua de los comienzos, a la presencia vívida del alma con las mieles exquisitas de mil años solares, el poeta renueva la sensación de que lo inmóvil se transforma cada segundo para que no haya olvido ni temor al futuro. Allí con Nahe, Leoncar, Oreth, Achu se guarda el polen fascinante para preservar la vida, la lumbre de la memoria para el renacer incesante. Con su delicada prosa sentimos el eco misterioso de otras vidas, con sus fantasías e inteligencia creativa nos nutrimos con la fuerza ética para conquistar lo que no tiene límites. Al leerlo me meto en su piel, sangre y huesos, hago mías sus sagradas palpitaciones.
En su elegía a la patria entrañable, a la patria maltratada recuerda a la sobreviviente de cien afrentas, de mil violaciones, de diez mil azotes, a la princesa Anayansi, a Victoriano Lorenzo, el movimiento inquilinario de 1925, a Chaflán, a los mártires de Enero en ese mar enervado que se derramó en un luto tan grande, a las víctimas de una invasión fraguada por militares corruptos, el poeta hace memoria de los gigantes crímenes en un país diminuto.
En la ruta del viajero viene de todo lo que palpita y se dirige hacia todo lo que se atreve a vivir. El poeta se enfrenta a la falsificación de la verdad, a la autenticidad de la mentira, a la versión oficial del triunfo; a los pequeños caciques, a los cachorros dentro del territorio del cacique padre. Me recuerda a los "hijos de papi y mami", que heredan el poder sin merecerlo, es su juguete.
Manuel Orestes Nieto dibuja con la palabra las metáforas más hermosas y cáusticas. Para él no es fácil cargar a cuestas con tanta historia, por eso necesita independizar el corazón de las derrotas más severas, de las claudicaciones que todavía pesan. Insiste en defender cada día esa realidad que saltará a pedazos. Su herencia es la suma de demasiadas lágrimas, de muchos sueños descompuestos, inenarrables. Quiere hacer suyos los rostros inciertos de tantos hombres silenciados en la ceniza.
Manuel sabe que Panamá es un pueblo oceánico, una quimera atada al fondo de las arenas por un ancla de yerbas milenarias, que nunca se rendirá ante lo absurdo porque nuestro horizonte es la inmensidad. Que el silencio tiene muchas palabras, y que la suya canta con miles de resonancias.