La primera vez que voté en unas elecciones tenía en el corazón La danza del fuego de Manuel de Falla en marimba guatemalteca. Emocionado como en el primer fuego que asistí de bombero, igual cuando tomé la mano de la Cuqui en un cine, o cuando ascendía las oscuras escaleras de la “Secreta” para ser liberado de un falso cargo. Emociones buenas, pudorosas, cándidas. Imborrables; también irrepetibles. Esto de irrepetible es tan cierto que inútilmente trato de comparar cómo me sentiría si hubiese ido a votar este domingo de cielo amodorrado y nubes de mostachos caídos, con aquella primera vez. En aquel lejano pasado, el cuartito con cortinita amarilla y dibujitos ofensivos, me recibió con jubiloso misterio. Claro que no tengo el menor recuerdo de por quién voté. El mayor porcentaje de emoción se lo llevaba el hecho de que si me permitían votar era porque me consideraban adulto, un hombre en la mayoría de edad (en aquel pretencioso tiempo era a los veintiún años). Vaya sí recuerdo los campanazos del corazón.
Voté y me retiré caminando como Shane después de liquidar a los bandidos.
Hoy no me verán por los lares de la escuela donde debo cumplir con mi deber ciudadano de elegir a un presidente, a un alcalde y a varios diputados. No debería faltar a esta “obligación ciudadana”, porque yo mismo advertí a mis lectores el domingo pasado en la cita de Toynbeecon que adorné la columna: “El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por los que sí se interesan”. También debería haber tomado en cuenta la magnífica campaña de mi amiga Maribel Cuervo que invitaba a votar en blanco para que se sintiera el repudio por los partidos políticos.
Pero no voy. Me quedo en casa como un ser libre y jurídicamente autónomo, tal como lo describe Spinoza en su Tratado político: “Un individuo que puede repeler, según su propio criterio, toda fuerza y vengar todo daño a él inferido, y en cuanto, en general, puede vivir según su propio ingenio”. Para cerrar, copiaré completa la frase que tomé como cita: “Es necedad exigir a otro lo que no puedo pedirme a mí mismo, a saber, que vele por otros más que por mí, que no sea avaro ni envidioso ni ambicioso, etc., especialmente si uno mismo experimenta a diario el máximo acicate de todas estas pasiones.