Hubo varios movimientos sísmicos previamente y la gente estaba alerta, pero la naturaleza nunca se muestra toda; siempre guarda sorpresas. Así ocurrió la tarde del viernes cuando la costa noreste de Japón fue sacudida por un terremoto con una magnitud de 8,9 grados en la escala de Richter que generó un tsunami de cuatro metros.
Fuentes confiables dicen que Japón es el país más preparado del mundo para hacer frente a los terremotos, con normas de construcción muy estrictas, un protocolo de emergencia que paraliza los medios de transporte nada más producirse los seísmos y un código de respuesta que la población ha interiorizado desde la infancia.

A pesar de ello, el desastre llegó a la playa y se metió en las entrañas de Sendai sin pedir permiso. Eran las 2:46 de la tarde.
Muy lejos, en América, también se sintió el remezón aunque solo fue en el ánimo de la gente, mucha de la cual amaneció con la noticia sin advertir que ya en Japón imperaba la incertidumbre y comenzaban a contar las víctimas. Hasta ayer había 600 muertos confirmados y cerca de un millar de desaparecidos.

Al amanecer del viernes en casi todo el pacífico americano se encendieron las luces de alerta. Los gobernantes se pronunciaron, la gente salió en busca de sitios seguros, las escuelas cerraron o trabajaron a media jornada y se desaceleró el movimiento comercial, especialmente en aquellos cercanos al mar. No faltaron quienes se aproximaran a las costas para curiosear.
Cayó la tarde, cuando se espera lo peor, y no sucedió nada, pero el pánico y el desconcierto que imperó durante doce horas - el mismo tiempo de diferencia que hay entre Japón y este lado del Atlántico-, sirvió para convencer a los incrédulos de que ante la naturaleza, la muerte y el poder divino, todos somos iguales.