En los momentos cumbres de la partidocracia, a un águila harpía que, por supuesto, tendría más de harpía que de águila, se le ocurrió establecer en nuestra Constitución un papanático poder para los partidos: el de agarrar por el pescuezo a sus representantes en la Asamblea y hacerlos aceptar sólo las leyes que al partido le provoquen y convengan y ¡ay si no lo hicieren! ¡REVOCACIÓN DE MANDATO! Les gritan. Y los Padres de la Patria tiemblan. Habrase visto, habrase visto, que obliguen a un señor legislador a decir sí cuando quiere decir no o viceversa.
Hay revocatorias de mandato en otros países, pero son privilegios del pueblo que los elige. Aquí no, si un diputado elegido por el pueblo no obedece las consignas del partido, su mandato podría ser revocado por ellos. Es una advertencia: no sólo quiero tu voto, quiero tu dignidad, tu verticalidad, quiero que dobles la cerviz y obedezcas mis premisas, mis ganas, mis consejos, mi ilimitada e infalible voluntad. Si te doblas y obedeces, contigo se doblan y obedecen los que por ti votaron. ¿Serapio Silva? diría Tres Patines.
Sospecho que además, esa caución del poder a los diputados, roza, humedece y altera así mismo el olor de ecuanimidad que debería tener el presidente. ¿Acaso no es más absurdo que la absurdidad que el presidente de una nación continúe siendo el Secretario de un Partido una vez elegido? Será que le pagamos para que él pague con los beneficios que representa su poder y su presencia en las purulentas oficinas del partido?
No es justo para los ciudadanos que no pertenecemos a ningún partido (y que somos la mayoría), que el presidente y los diputados no trabajen para nosotros sino para su partido. Con razón, dice Tito Piedra, estos caimanes desarrollan su voracidad sin el menor temor a las críticas de la oposición. Su coto de caza ya no es el riachuelo, sino el mar de la soberbia. Ya que hablo de soberbia, diré que también las desarrollan espléndidas. Copio a Zarathustra: “sus espíritus son, en verdad, el pavo real de los pavos reales”.
¿Y cómo es que nos aguantamos eso?
Registro cenizas del volcán de Zarathustra (tan subrayado que no me decido con qué frase ahorcarlos). Escojo la que sería el mejor consejo que jamás va a seguir ningún gobernante: «Quien aspire a la gloria debe ejercer el difícil arte de marcharse a tiempo».