Desplazarse por las angostas calles del barrio de San Felipe y contemplar sus edificaciones más emblemáticas, de por sí es una experiencia que, no importa cuántas veces se repita, evoca tiempos que se fueron, sueños que se alcanzaron y victorias comunes que tuvieron a esas calles, plazas, edificios y templos religiosos como testigos de honor.
Pero el Casco Antiguo también es espacio para ratificar el carácter multicolor de Panamá y del mundo.
Cualquier hora, día o época del año es buena para quienes quieran apreciar, desde cualquier perspectiva, las más genuinas y originales expresiones humanas: todos sucumben ante el encanto del Casco Antiguo y ofrecen, aun al espectador más descuidado, un ángulo diferente.
Encontrará a esa gente sentada sobre una banca mirando todo, tratando de congelar en una cámara personal esos momentos o, sencillamente, desempeñando alguna actividad para ganarse el sustento o llamar la atención.
Y, aunque vengan de otras partes, sean de todas las edades y representen a varias etnias, hay algo que a todos les es común: la expresión de tranquilidad que les proporciona la magia de estar en los alrededores de este sitio que no tiene par.