Hubo un tiempo en el que esa señora se robaba las miradas de todos. Se llama Doralis. Dicen que era la mujer más galana del barrio. Pasaba por esas calles de Dios, erguida, con mirada altiva y dejaba a su paso la estela del irrepetible humor de su cuerpo. Nunca le faltaba la invitación a una cita.
Hoy, en el otoño de su existencia, sigue robando miradas, aunque ahora la observan de otra manera. Ella levanta la mirada para ver; y para tener contacto visual con ella, hay observar hacia abajo. La razón es que su cuerpo, que antes era apreciado como un monumento, se ha ido doblando por el paso de los años y de una enfermedad ósea.
Después de mucho esperar por unos exámenes, llegó el día. Se levantó temprano y, como pudo salió, en busca del transporte con la esperanza de llegar al esperado encuentro.
A paso lento se encaramó en el “diablo rojo”, no sin antes forcejear por un puesto. En el peor de los casos, el viaje no debía durar media hora. No había avanzado casi nada, cuando el transporte disminuyó la marcha e inmediatamente se formó una larga fila de vehículos.
Por medio de los conductores que venían en contravía, Doralis se enteró de que el percance tenía su origen en una protesta, de esas que se han vuelto costumbre en este país.
Después de 90 minutos, se soltó el nudo. El bus avanzó y la condujo a su destino. Sus huesos se entumecieron debido al largo tiempo que permaneció prisionera en el asiento del “diablo rojo”. Esto hizo que sus movimientos fueran torpes y más lentos.
Cuando finalmente llegó al consultorio, encontró el lugar vacío. Allí se enteró de que el médico y el resto de los pacientes estaban atascados del otro lado de la ciudad, donde otro grupo de manifestantes se resistía a abrir el paso.
Doralis tuvo que volver a casa, jamás le había molestado tanto perder una cita. Esta vez no sabe cuándo volverá a presentarse una oportunidad similar porque ni ella ni la ciudad tienen los mismo encantos de antes.