En un pueblo cercano a las áreas revertidas del Canal de Panamá, vive Francisco, un jubilado del Ministerio de Salud... Cerca del lugar, tiene un terreno que no ocupa en las labores agrícolas. René, su sobrino, le sugiere:
–Tío, limpie y siembre esas tierras porque en cualquier momento se las invaden y las va a perder.
Preocupado por la sugerencia, añade:
–Tienes mucha razón, pero no cuento con dinero para limpiarlas y sembrarlas.
–No se preocupe tío, que yo lo ayudaré; algún beneficio obtendremos de las siembras y a lo mejor sacamos más de la plata invertida.
Un buen día, fueron a visitar los terrenos que eran unas cinco hectáreas. Dentro del terreno cubierto de bambú y vegetación había un ojo de agua cristalina que salía de unas rocas y formaba un pequeño depósito de agua.
Ante aquel portento, “Yan”, que así apodaban a Francisco, anunció:
–Derribaré la vegetación cercana a la fuente de agua, pues es muy abundante.
–No, no cometa esa equivocación; si derriba esa vegetación, el ojo de agua se secará, dijo la esposa de René que estaba presente. Tío y sobrino hicieron caso y dejaron la vegetación tal cual estaba.
La tierra se limpió y se sembró de árboles frutales y una parte se sembró de achiote, jengibre, yuca, guandú y plátano.
Mucho tiempo después hubo una gran sequía por aquellos lugares; la hierba se secó, los alimentos empezaron a escasear y la vegetación empezó a decaer. Muchas quebradas y riachuelos se secaron y, ante el problema, el agua del acueducto se empezó a racionar. Todo lo contrario ocurría en los terrenos de “Yan”; era hermoso el verdor de la vegetación y abundante la producción. El ojo de agua al que le daremos el nombre de “El Escondido” tenía abundante agua para regar aquellas tierras.
Ante la sequía y la desesperación, aquellas personas empezaron a lamentarse y decidieron hacer procesiones con el sacerdote y precedida por un crucifijo por las calles del lugar pidiendo que lloviera. Así rogaban aquellos feligreses:
–Señor Jesús, que llueva por favor. Ten piedad de este pueblo. Envía el agua tan necesaria. ¿Qué pasa, Señor, apiádate de nosotros? Pero ninguna gota caía.
–¿Qué pasa? ¿Por qué no llueve?, decía la gente.
–Sigan orando, apremiaba el sacerdote. –“Oren, tengan fe y esperen”, decía el padre Pío, pero me late que ustedes no tienen fe; y eso me lo dice el hecho de que no los veo con paraguas.
Pasaban los días y nada que llovía; el cielo se veía gris, un espeso polvo se levantaba del camino con el soplar del viento, el cielo se veía igual sin ninguna nube y mucho menos señales de lluvia. La gente rogaba, suplicaba, gemía y nada. El sol calentaba hasta los tímpanos y era insoportable el calor. Los pájaros en sus melodías suplicaban agua, agua… Las plantas se mecían con dificultad, dejando caer sus ramas en agonía.
Unas personas que pasaron por el terreno de El Escondido se dieron cuenta del verdor de la vegetación y se extrañaron; los más curiosos entraron a los terrenos y descubrieron el ojo de agua. Ante el suceso, la voz se fue corriendo de boca en boca.
El pueblo se reunió y tomaron una decisión: enviaron a una delegación a hablar con el dueño de la fuente de agua.
–Tú tienes suficiente agua y el pueblo carece de ella; vas a tener que compartir el agua con la gente.
–Denme tiempo para pensarlo y luego le daré una respuesta, dijo el agricultor.
Francisco lo consultó con el ojo de agua, a lo cual este contestó:
–Dile a la gente que le daré dos tanques de 55 galones de agua por día por espacio de dos años; un tanque es para uso diario y el otro tanque para regar las plantas que sembrarán. Cada familia sembrará la mitad de su terreno de vegetación. Sembrará árboles a la orilla de caminos y calles. Volverá a sembrar en los cauces de arroyos, quebradas y ríos. No volverá a talar sin discriminación, no quemará la tierra ni fumigará. Aprenderá a hacer abonos y fungicidas orgánicos. Cincuenta años demora la vegetación para recuperarse tal como era inicialmente, por tanto cincuenta años de crimen comete el hombre con su destrucción.
–Esa agua no alcanzará por familia, dijo Francisco.
–Alcanzará, dijo El Escondido. La fauna, la flora y el hombre fuimos creados para complementarnos. “La naturaleza gime con dolores de parto en espera de su Creador”, nos lo dice la Biblia. En el momento oportuno, Dios pedirá cuenta al hombre por su administración. Con relación a la tierra, según el libro del Levítico, esta debe descansar cada siete años. Las tierras se agotan cuando se cultivan en demasía. El primer año de la cosecha de los árboles, será respetada y no la consumirán. Será ofrecida a Dios. Él no la tomará porque no la necesita, pero sí la ofrecerá como abono a los árboles.
El 15 de mayo, en agradecimiento a Dios y a la naturaleza, harán un gran festival y reflexionarán acerca de lo acontecido con el agua y los mayores transmitirán estos sucesos a los niños. Si no hacen todo esto que les digo, perecerán y yo, desapareceré también. Más si hacen caso, mis hermanas las fuentes subterráneas emergerán en forma de ojos de agua y se llenarán los arroyos, quebradas y ríos. Todo volverá a reverdecer y con ello la multiplicación de las especies animales que hayan quedado. Que el daño a la naturaleza no vuelva a suceder, pues no habrá una segunda oportunidad.
El dueño y El Escondido existen; yo soy testimonio de ello. La historia creada a su alrededor sucederá, si usted y yo no hacemos algo.