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El escritor ya no es por lo que es, sino por lo que vende

Dueño de una obra que lo ratifica como uno de los narradores más destacados de su país, el autor de Soñar con la ciudad reflexiona acerca de las influencias literarias que lo marcaron a la hora de elegir la vocación por la escritura, la huella que ha dejado su más reciente trabajo novelístico, entre otros temas.


Hay una frase del escritor argentino Abelardo Castillo que dice: "La gente piensa muchas más cosas de las que se atreve a realizar".

¿Usted logró hacer realidad (hasta ahora) todo aquello que alguna vez pensó? 

Una gran parte. El otro día estaba haciendo una lista de cosas que yo había pensado hacer y he llegado a concretar bastantes metas. Por eso me sigo poniendo otras, porque he llegado a varias. Pero he llegado a la conclusión de que el placer no está en llegar, sino en el camino.

Emprendamos el camino entonces.

La cita es en la confitería del Hotel Plaza de la ciudad de Buenos Aires. El silencio del lugar parece tan amplio como la sonrisa que me brinda Ramón Fonseca Mora -de visita a la Argentina para la presentación de su libro Ojitos de ángel - al momento de sentarnos a la mesa para comenzar el reportaje. Lo primero que pregunta, para mi sorpresa, es por Ernesto Sábato: si actualmente sigue dando entrevistas. Le contesto que "no, hace mucho que no da notas, y las que se han publicado últimamente son como un rompecabezas armado con material de otros años". Él proyecta entonces una sutil sonrisa -la segunda de la tarde- y se queda mirándome. Es un hombre alto, morocho, y de voz grave. Habla un castellano preciso y directo. Sabe compatibilizar el oficio de escribir con la profesión de abogado y asesor legal de la Conferencia sobre el Desarrollo Comercial de las Naciones Unidas en Ginebra, Suiza. Asegura, además, que el mundo de las leyes le ha proporcionado buen material para la creación de algunas de sus criaturas de ficción. Y sonríe nuevamente.

Sus gustos literarios van desde Kafka, Beckett, Camus, y Julio Cortázar, hasta Julio Verne. "Recuerdo de él su imaginación profunda, la capacidad de llevarte a mundos que no conoces, meterte dentro de esos personajes que nunca has visto, nunca has conocido. Recuerdo el trabajo con la profundidad del lenguaje, que es muy importante", afirma el socio y fundador de la Cámara Panameña del Libro. Es que el creador de "La vuelta al mundo en 80 días" ha sido para el escritor panameño una de las influencias más importantes en los inicios de su actividad literaria. "Mi madre me llevaba a comprar un libro todos los sábados si ya había leído el libro anterior. Así que mi primera novela, La danza de las mariposas, se la dedico a ella. Escribo desde chiquito. Creo que la principal comunicación del ser humano es hacia uno mismo, aunque eso no es evidente muchas veces. Comencé joven, como una búsqueda de placer personal, combinado con la aventura misma de escribir", declara el autor de La danza de las mariposas con una tonada que suena más a cubana que a panameña.

 

Pero fue en su país de origen donde desde joven empezó a interesarse por el existencialismo y el lugar de compromiso que debe asumir el escritor frente a la época que le ha tocado vivir, postura ética e ideológica promovida principalmente a través de la figura de Jean Paul Sartre, filósofo francés que ha marcado a tantos intelectuales durante los años 50 y 60. También allí comenzó a indagar en la relación entre la figura del escritor y la crítica, a partir de la búsqueda y la exaltación de la imaginación creadora del artista. "Hoy en día hay una escuela de escritores y críticos que dice que mientras más difícil se escribe mejor literato uno es. Hay una corriente que es muy elitista en ese sentido ??"señala-. Y yo creo que la clave de un escritor está en su imaginación. El escritor no es un relator. El escritor tiene que tener dos características principales: la capacidad de que el lector se ponga los zapatos de sus personajes, se meta dentro de los personajes, se genere empatía con el otro. Para eso, él tiene que meterse primero. Y la segunda parte es la imaginación, que te lleve esa imaginación a situaciones difíciles, más allá de la vida normal de las personas. Por eso creo que hay que escribir de forma sencilla: hay que escribir para todo el mundo". Entonces suelta inesperadamente otra carcajada estentórea, como un sonido que corta las palabras pronunciadas y a la vez desliza un silencio que presagia la espera por la siguiente pregunta.

A lo largo de su trayectoria dentro de las letras ha incursionado en la novela con títulos como La danza de las mariposas, que recibió el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró en 1994, y también en la escritura de cuentos, con el libro La isla de las iguanas. ¿Cuál de estos dos géneros literarios le ha resultado más difícil de abordar a la hora de sentarse a escribir? 

Definitivamente, el cuento es más difícil. Es mucho más difícil. Tal es así que no he escrito otro libro de cuentos. Y escribí ese libro de cuentos gracias a un taller literario en el que participé. El libro de cuentos es producto de un taller literario. El cuento es tan difícil porque en pocas palabras hay que resumir todo, y debe tener un final inesperado. La novela, no. La novela acepta errores, acepta descripciones largas. Es más elástica, más divertida. Hay que pensar menos. En el cuento hay que estar concentrando las palabras, hay que tener una economía de frases muy estricta, tienes que medir bien las descripciones. Con la menor cantidad de palabras posibles tienes que describir un personaje, una situación, una escena o un diálogo. El cuento es muy duro. Por eso me dedico a la novela, que es para mí más placentero. Con todo, hoy en la novela uno tampoco puede ser tan descriptivo, porque la gente se aburre. Y si lo es, tiene que tener un par de buenas tijeras al lado para recortar y recortar. La gente quiere hoy acción, rapidez. Es muy difícil escribir un mamotreto de 400 páginas sin que no pierdas el hilo. Ahora acabo de sacar una que se llama El desenterrador. Creo que tiene suficientes elementos para no perder el hilo. Son 4 ó 5 historias paralelas. Entonces cuando pierdes el interés en una, salto a la otra. Es una técnica nueva. No la he visto en otro lado. Es un rompecabezas total donde voy saltando de un tiempo a otro y de una focalización a otra.

 

Hablando de este placer que es para usted escribir novelas, en Ojitos de ángel aparece la tensión entre el mundo de los pobres y el mundo de los ricos, como una radiografía social de la división de clases en la que vivimos. ¿De qué manera incidió en su formación como intelectual el tema de la división de clases? 

Yo crecí en una época muy difícil, los años 60 y 70, cuando el mundo estaba en convulsión: la guerra de Vietnam, la Revolución de París, los cambios en América Latina. Y el hecho de haber nacido en esa época sensibilizó a toda una generación. Yo, como muchos otros, provengo de una clase media. Y eso sensibilizó a todos aquellos que teníamos algún tipo de privilegios. Definitivamente ese mundo después ha cambiado. Pero esa sensibilidad de que existen otros mundos ha seguido muy presente en mi vida. Eso nunca se ha perdido. Pienso que es una riqueza que no quiero perderla, una riqueza en mi vida y en mi sensibilidad que la considero parte importante. Habiendo dicho eso, yo pienso que otras personas deben adquirir esas riquezas, comprender que hay otros mundos, otras personas y maneras de ver la vida. Y en un mundo hoy en día en el cual a veces nos protegemos mucho.

¿Se refiere al marcado individualismo que el sistema promueve? 

 

Sí. La sociedad es mucho más individualista y mecanicista. Muchos jóvenes no salen de sus casas, están todos los días pegados a Internet. No se aventuran a otros lugares (por lo menos en mi país). Entonces un libro como Ojitos de ángel, sin querer ponerle la etiqueta de propagandista, simplemente cuenta una historia. Nosotros los literatos tenemos una sola obligación: contar un cuento y contarlo para que la gente se lo crea. Nosotros no somos políticos, no somos economistas, no somos sociólogos: nosotros debemos contar una historia y contarla bien. Yo lo que intento en Ojitos de ángel es poner a la gente en los zapatos de Mechi (la niña pobre) y de Vargas (el hombre rico). Ver los puntos de vista desde ellos. Que la gente entre en ese cuarto de hospital, vea la historia como un testigo presencial. Después las conclusiones que saquen son de ellos, dependiendo de lo que la persona tenga dentro.

Pero es importante establecer la necesidad de una literatura de sensibilización de situaciones diferentes a las que uno vive. Las diferencias sociales siempre me han asombrado, y todavía no he encontrado respuesta.

¿El compromiso con la realidad de aquellos años fue en paralelo a su formación como escritor? 

No fue en paralelo. El oficio de escritor iba por un lado y el compromiso por otro. Después se unieron, se entrecruzaron. Son caminos que se tocan en diferentes momentos.

Haber estudiado la carrera de Derecho y Ciencias Políticas le dio la posibilidad de establecer otra mirada frente a esta problemática ¿O no? 

Por supuesto. La carrera de Derecho y mi profesión de abogado son otro mundo. Totalmente diferente al mundo literario. Yo soy abogado comercial. Y mi mundo es un mundo comercial, de empresas, de contratos. Es otro mundo totalmente diferente. Pero es un mundo interesante también. Tengo el privilegio de conocer varios mundos que viven juntos y se entrecruzan bastante. Y en Ojitos de ángel pasa eso.

¿Y qué experiencias le dejó el proceso de adaptación de Ojitos de ángel al circuito de teatro? 

La primera versión la hizo una dramaturga argentina. Yo estaba terminando Ojitos de ángel y estaba pidiendo opiniones, incluso le mandé el manuscrito a esta dramaturga. Al cabo de un tiempo me dijo: "Quiero hacer Ojitos de ángel en un escenario". Y finalmente lo hizo. Ella hizo su adaptación. Quedamos en que lo íbamos a exponer en Buenos Aires en algún teatro experimental. Pero nunca sucedió. Luego perdí el contacto.

También sorpresivamente en Bogotá me lo pidió el teatro experimental "Saltimbanqui", y finalmente lo expuso allí. En Panamá, por otro lado, se ha expuesto dos veces en teatro. Lo han adaptado directores muy ingeniosos, bastantes ceñidos a la obra.

¿Quedó conforme con las adaptaciones? 

Sí, hasta en la de Bogotá, que no me pareció para nada mi obra, respeté la idea. No es lo que yo escribí totalmente, pero también está la mano del director y del guionista, tiene su mérito eso. Y lo respeto.

Stendhal afirmaba que “Una novela es un espejo a lo largo de un camino”. Desde su condición de escritor y explorador de las complejidades estéticas y estilísticas del lenguaje, ¿cuál fue el camino que intentó trazar a través de la escritura de su última novela, El desenterrador? 

El desenterrador es un rompecabezas. Un conjunto de cosas: un revoltijo. Pero un revoltijo bien estructurado y bien pensado. Creo que todo escritor escribe para sacarse cosas de adentro. Y en esa novela está mi sentimiento de víctima de desaparecido. A un amigo mío muy cercano lo desaparecieron en Panamá cuando yo tenía 16, 17 años. Era un sacerdote y yo trabajaba con él. Nunca más lo encontraron. Pero yo hasta el día de hoy lo sigo buscando. El grupo nuestro lo sigue buscando. Creo que siempre se identifica el tema de los desaparecidos con la izquierda, y no necesariamente es así. Stalin desapareció gente. O sea: el tema de los desaparecidos es un tema que se para en sus propios pies. Puede ser un desaparecido del crimen también. Lo que pasa es que el hecho de que alguien desaparezca es terrible. Porque si se encuentra el cadáver, se entierra, se llora, está en el cementerio, uno lo va a ver y está ahí. Pero el hecho que desaparezca es una cosa terrible. Te queda como un nudo. Nunca pudiste llorar, nunca pudiste ir a la tumba a llevarle flores. Es una cosa rara.

¿Esa experiencia de vida tan determinante fue el germen de la idea para la escritura de El desenterrador? 

Sí. Siempre lo quise hacer. Y al fin lo logré. También está el tema de la lucha por la recuperación del Canal de Panamá. En mi opinión, los jóvenes que estuvieron en eso, los muchachos del secundario que fueron los que se enfrentaron al ejército americano en 1964, no han sido justamente recordados. Otros se han robado el mérito. Frente a la opinión pública son otros los que recuperaron el Canal de Panamá, cuando es una lucha que viene desde hace muchos años, desde el año 1903, cuando se hizo el tratado con los Estado Unidos. Ahí comenzaron las protestas porque fue un tratado muy injusto. Entonces trato de meterme en los zapatos de uno de ellos y estar minuto a minuto en lo que pasó. Trato de estar en la pelea, que el lector se sienta dentro.

¿Hubo una investigación previa al proceso de invención de la trama? 

Sí. Leí mucho. Y caminé mucho por las calles. Necesariamente tuve que hacer mi investigación porque esa es la parte histórica en la que tengo que ser muy responsable. Quizá en el futuro se sepa de ellos, o mucha gente va a recordar eso, a través de los escritos. Yo participé en la Comisión de la Verdad en Panamá. Y estaba muy al corriente del tema. He participado en todas las comisiones, las investigaciones, los casos reales. En la actualidad hay en Panamá 109 personas que todavía no han aparecido.

El desenterrador, novela presentada por la editorial Alfaguara en el mes de abril del año pasado, cuenta el drama de una familia de desaparecidos y su lucha por esclarecer el destino de las víctimas de las dictaduras panameñas: la violencia de los regímenes de Omar Torrijos, Rubén Darío Paredes y Manuel Antonio Noriega. "También está algo que siempre me ha llamado la atención desde hace muchos años, y es que en este mundo no suceden las cosas porque uno cree que suceden, sino porque hay alguien que las manipula. Y cada vez estoy más convencido de que eso es así. Por supuesto que lo pongo en mi novela a nivel de relato novelesco", afirma el escritor. Y se hace un silencio raro, espeso. Como si la necesidad de recordar todos esos hechos impidiera por momentos continuar hablando del tema, seguir haciendo alusión a una herida que no cierra porque si cerrara renunciaría a esclarecer lo que pasó. Renunciaría a hacer justicia en memoria por los que ya no están. Intento profundizar entonces en la temática a partir de un leve desvío.

¿Podría hacerse también una lectura de la obra como una proyección del drama de las dictaduras militares a nivel latinoamericano? 

La novela sucede en Panamá y en París. Está relacionada con la desaparición de una persona en Panamá, tomando los hechos de la vida real. Pero definitivamente lo que sucedió en Panamá está muy conectado con lo que sucedió en Chile, con lo que sucedió en los años 70 en Argentina: una situación continental agravada por la revolución cubana en la que se reacciona yéndose a la derecha total, casi al fascismo. Y así fue en Panamá, con características un poco diferentes, pues los dictadores fueron, en mi opinión, más inteligentes, y pudieron hacerlo porque era un país pequeño, donde se arroparon por la lucha nacionalista del canal como justificación, como en Argentina lo hicieron con la guerra de Malvinas (conflicto bélico ocurrido entre Argentina e Inglaterra en el año 1982. Nota del autor).

Entonces a nivel continental salen como defensores y reconquistadores del Canal de Panamá cuando en el fondo son unos dictadores de la misma calaña, entrenados en los mismos lugares. Y Estados Unidos fue cómplice de situaciones muy inhumanas y tristes.

Pero el hecho de que muchos de los países de Latinoamérica hayan vivido la misma problemática dictatorial que Panamá, ¿fue un factor que también condicionó el armado final de la obra? 

Estoy al corriente de lo que sucede con el tema de lo que fueron las otras dictaduras en el continente. He seguido de cerca a través de los periódicos e Internet la búsqueda última de familiares de desaparecidos que ha habido tanto en el caso de Chile y Argentina, como, también de Uruguay, pero no utilice ese material para mi novela.

¿Qué diferencias podría establecer entre la literatura que se produce en Panamá y la calidad de obras y escritores que surgen en el resto de Latinoamérica? 

Panamá es un mercado muy pequeño. Así que para una editorial es un mercado que casi no toman en cuenta. O sea que un autor que sale de este mercado, su editorial, al tratar de convencer a otras ramas de la editorial para que lo promuevan, le resulta muy difícil porque no pueden ser recíprocos. Si Panamá le dice a México (o a Argentina) "Promuéveme mi autor y yo te promuevo uno de los tuyos", a México o a Argentina no le interesan promover un autor en Panamá, porque el mercado es muy chiquito. Entonces como autor estoy en desventaja con respecto a un autor que sale de Colombia, de México, o de Argentina. Esa es la verdad. Si yo fuera un autor ya globalizado, conocido, entonces no habría problema, pero como no lo soy, soy un autor exitoso en mi mercado nacional y quizá en algunos países de al lado, tengo que hacer mis propias cosas. Porque el escritor ya no es por lo que es, sino por lo que vende. Y esa es la realidad. Debe haber todavía esos bichos extraños que agarran un libro y lo leen y dicen "Este autor vale la pena auspiciarlo, vale la pena apostar a él". Las editoriales apuestan a autores hoy en día, pero lo dejan donde son exitosos, y muy pocos los sacan a nivel internacional. No estoy diciendo que no lo hagan, pero en general son casos contados. Yo soy uno más, pero trato de hacer mis propios esfuerzos para salir. Principalmente porque vengo de un mercado pequeño.

Pero convengamos que a pesar de que el mercado panameño es chico (comparado con el resto del continente) tiene el respaldo de una editorial como Alfaguara… 

Sí, pero eso no lo es todo. Contraer el respaldo del sello Alfaguara tiene un recorrido del 30 por ciento. Cuando a mí Alfaguara me compró los derechos de Ojitos de ángel, yo dije "Estoy hecho, ahora sí me voy a poder dedicar a escribir como Vargas Llosa". Y no es así. Y eso se lo digo a los autores noveles: primero consíganse un sello, pero prepárense después a salir a vender sus libros como si fueran naranjas, porque nadie lo va a hacer por ustedes. Hay que hacer un esfuerzo, hay que salir a vender.

En los tiempos de antes, por ejemplo, Virginia Woolf, a quien nadie le hacía caso, puso su imprenta en su casa y ella misma imprimió sus propios libros. Así que no es un fenómeno de hoy en día. Y hoy en día Virginia Woolf es Virginia Woolf: ella se autopromovió. Mira el caso de Gabriel García Márquez, por citar otro ejemplo, mandó como sesenta manuscritos hasta que llegó a la Argentina, y allí hizo su éxito con Sudamericana y su obra Cien años de soledad.

Por eso hay que creer en lo que uno hace, en el fervor de la literatura de uno. Persistencia. Yo compito con casi 300 autores de Alfaguara, todos mandando los libros para que lo promuevan. En eso andamos los escritores.

Hablando de andanzas y literatos, ¿qué reflexión le merece la pregunta del comienzo si ahora tuviera que volver a pensar en ella antes del final de esta entrevista? 

Creo que muchas veces nos ponemos metas y al llegar a la meta uno dice "¿Y ahora qué?". Y se pierde el placer. Así que he llegado definitivamente a la conclusión de que mejor es el camino. Como el que hemos recorrido en este rato.

Entonces me brinda la última sonrisa de la tarde.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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