Al inicio de su libro, La resistencia, Ernesto Sábato nos habla de un exceso de luz que nos toma y nos ensombrece. Esa intensidad de luz viene de la televisión y nos hace perder “la capacidad de ver lo cotidiano”. Es algo irónico. La luz debería abrirnos el conocimiento hacia la realidad de las cosas. Si traemos el mito de la Caverna de Platón, recordamos que en el principio el hombre estaba confinado a la oscuridad: vivía en una caverna. Poco a poco, caminó entre sombras percibiendo la luz. Buscó la luz como metáfora del conocimiento.
Hoy día, el uso doméstico de las nuevas tecnologías añade un nuevo tipo de luz que jamás habíamos imaginado y que crece de manera acelerada. La intensidad de luz viene desde distintos medios y las llamadas industrias culturales requieren del consumo familiar para la inserción de nuevas tecnologías. Esto no es malo ni bueno, es un hecho irreversible y que muchos expertos han estudiado y han advertido sobre sus daños, sino se hace uso correcto del ocio.
La expansión de los medios de comunicación ha necesitado siempre de la familia. La familia es el espacio privilegiado de lo privado; “el último refugio de la sociedad civil”, como lo ha dejado escrito Michéle Mattelart. La familia está en crisis. En la sociedad actual, la familia es un conjunto de individuos consumidores. Los medios, que son instituciones de control social, se han preocupado de no dejar que la “unidad familiar” se destruya. Es necesario: en familia se ve la TV y en familia se va al Mall.
La industria del ocio necesita de consumidores. Los medios lograron crear un tipo de familia unida, pero sin valores. Una familia unida, pero sin códigos existenciales que defender. Necesitaban a un grupo de individuos que desde su espacio privado se convirtieran en consumidores. De allí, programas como los “reality”, que buscan tener a toda la familia sentada frente al TV como zombis, sin necesidad de que piensen y sean creativos. Una familia que no necesita de valores ni cultura para sobrevivir, sólo consumir.
Por suerte, sabemos que hay muchas familias que van al Mall (que no está mal que lo hagan, de hecho la mía lo hace), pero también leen juntos, cuentan cuentos, van a la biblioteca, a acampar, juegan scrabble, visitan a los abuelos, etc. Son familias que se ponen contentas cuando se va la luz, porque es el momento de contar una historia de miedo. Son familias que a la hora de las telenovelas prefieren apagar el TV o cambiar el canal, aunque no hay opciones, si no hay para pagar el cable.
Hay un concepto de familia como elemento de cohesión social que el modelo de programas requiere para que los espacios de ocio sean favorables para el consumo. Las telenovelas, así como los “reality”, eliminan cualquier posibilidad de que la familia interrogue la realidad y sus instituciones. Los seriales televisivos, hoy día, son de una gran variedad según el receptor; pero no siempre fue así. En el caso de las telenovelas, estas estaban primero destinadas a la mujer doméstica, al ama de casa. Los personajes femeninos eran heroínas marcadas por el sufrimiento y la pobreza que al final encontraban la felicidad por encima de miles de obstáculos y su clase social. Después apareció un seno desnudo, que no era el del poemario Ondade Rogelio Sinán, desde luego: nacía la telenovela de corte erótico, como Pantanal, para cautivar a los hombres. Pero los niños y jóvenes no podían quedar por fuera: llegó Carrusely Mundo de juguetesy con el tiempo Agujetas color de rosa,Alcanzar una estrella, Rebelde, etc.
Ahora las telenovelas tienen una fábula distinta: la progresión del relato sigue funcionando con intrigas, encuentros, engaños, y secretos que son el motor de la trama que se nutre de villanos más malos que nunca, pero con elementos de fondo como el narcotráfico, el sexo y la hiperviolencia al estilo de Quentin Tarantino (sin ofender a Tarantino, claro). Si antes se valoraba la esfera de lo privado para atraer con escenas de amor y bondad a toda la familia, quien tenía que tolerar las repetidas monotonías de un relato trivial, hoy día tendrá que tolerar el sexo y la violencia mientras las balas se acaben; y para eso falta mucho. Pero no hay de qué preocuparse: la familia que ve la TV unida, permanece unida.