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El fin de nuestra cultura…

Estamos acostumbrados a tener acceso a los libros, el teatro, el cine, la música, el ballet y la ópera. Y nos permitimos el lujo de negarlos. La cultura como la conocemos, durante siglos, no ha sido un derecho, sino un privilegio, y algo por lo que había que luchar y esforzarse.


Mónica Miguel Franco (Antropólga, escritora y actriz) / Antropólga, escritora y actriz
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Hay pocas cosas que me gusten más que estar de tertulia con alguien inteligente. No me importa que sea de izquierdas, de derechas o de centro. No me importa si estamos de acuerdo en nuestras opiniones o no. Solamente escuchar a alguien que sepa hilar coherentemente tres ideas seguidas ya me parece el colmo de la felicidad. Pues eso, que he estado varias horas hablando, mientras le mostraba la Ciudad de Panamá, con un interlocutor estupendo. Y ha sido gracioso, porque él se asombraba de mi ilusión y mi iniciativa en embarcarme en proyectos culturales quijotescos con los que no se gana pero se goza, y yo me asusté de su pesimismo. Estamos en el principio del fin, me dijo. Estamos ante el final de la cultura tal y como la conocemos, me dijo.

Lo cierto es que no sé si esto será cierto. Pero ¿saben qué? Que me da igual. Que lo cierto es que no sé si esta civilización se hundirá o si nos estamos asustando a nosotros mismos con el anuncio de la debacle que viene y que luego nunca llega. Pero que, de cualquiera de las maneras, me da lo mismo. Es decir, no es ni la primera ni la segunda vez que el ser humano se hunde en las ciénagas de la ignorancia. Que ésta siempre ha estado ahí, agazapada, tratando de clavar sus colmillos en la fantasía, la risa y la imaginación. Que ha habido épocas obscuras en las que los libros eran más raros que los diamantes y épocas en las que el fanatismo creó listas negras de conocimientos y lecturas prohibidas. A los museos se entraba por invitación y esas eran escasas y solo se giraban a los que poseían cierto nivel social. El ser humano sobrevivió. Y la fantasía también.

La escritura no siempre ha estado al alcance de todos, ni los libros han sido baratos y accesibles. La cultura como la conocemos, durante siglos, no ha sido un derecho, sino un privilegio, y algo por lo que había que luchar y esforzarse. Estamos acostumbrados a tener acceso a los libros, el teatro, el cine, la música, el ballet y la ópera. Y nos permitimos el lujo de negarlos. ‘La ópera me aburre’. ‘Los libros son un plomo’. ‘No me interesa el teatro’.

La literatura está en crisis, y yo me pregunto, ¿cuándo no ha estado en crisis la literatura? El teatro está en crisis, y yo pregunto, ¿tiene el teatro otro estado que no sea la crisis permanente?

Se debate sesudamente acerca de la amenaza que suponen los libros electrónicos para el papel y yo me río. Me río porque pienso que los druidas pensaban que escribir su historia oral sería una debacle que les haría perder la memoria. Cuando la imprenta surgió se levantaron voces que auguraron el final de la escritura. Y la televisión amenazó a la radio, al libro y al teatro. El cine se vio asediado por el VHS y hay muchos que son capaces de escribir a ritmo endiablado dándole a la teclita del aparatejo electrónico pero que no tienen ni idea de cómo se escribe con una estilográfica.

En resumidas cuentas, puede que nos encontremos al final de una era. Quizás los bárbaros estén tocando a las puertas de Roma. Pero el resultado del cataclismo es que el ser humano seguirá contando historias, de una u otra manera. Los que sobrevivan en la cultura, como en todo, serán aquellos que tienen buen juego de cintura. Y los demás… bueno, entre los otros, que los dioses elijan a los suyos.


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912290
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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