L a profesora Ileana Gólcher, cuando me invita, en calidad de expositor, a su fructífero seminario “Escriba y publique su libro”, insiste en que le hable a los participantes (todos profesionales universitarios) sobre el gerundio, una de las formas verbales más elusivas. Ella sabe que en todos los niveles surgen dudas sobre su uso.
Hay quienes recomiendan no usar gerundios para evitar errores. En ese caso, más efectivo sería mantener la boca cerrada, no expresarnos, así cortamos de raíz la amenaza. Pero, ¿de dónde viene ese miedo?
Dedicaré tres columnas al tema, pero vamos por partes. No creo que Panamá sea el país con el peor uso del español; es posible que ni siquiera estemos entre sus mayores maltratadores. Por supuesto, hay problemas evidentes, pero pienso que nos encontramos en el medio de la escala. Eso sí, no me digan que España es el modelo que debemos seguir, como algunos suponen, pues en esto de la lengua pasa como con la ropa: lo que te queda bien a ti, quizás se me vea horrible.
Y ya que bajamos por la ladera de las digresiones, quedemos un rato por este valle. ¿Han tratado de ver una película doblada al español de España? Degusto cada sílaba de Penélope Cruz cuando habla, pero para aguantarse a Bruce Willis, a Drew Barrymore o al burrito de Shrek hablando, según el menú del DVD, en “castellano”, es necesario estar en un autobús Panamá-David, que en materia de entretenimiento son toda una sala de cine (tres películas de una terminal a otra pueden ser un valor agregado, excepto si uno pensaba aprovechar el viaje para dormir o para meditar). Igual le pasa a los españoles: en el blog de un ingeniero madrileño, este se queja porque pasó ocho horas en un avión con buenas películas, pero “en mexicano”.
Volvamos al camino. Repasaba una vieja edición de la “Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas”, de José Francisco de Isla, buscando las raíces de aquella fobia aludida. A propósito, si usted es de los que cree que esta es la generación con más debilidades lingüísticas, reproduzco esta cita: “Algo contribuye al embarazo que se nota [en el buen empleo de la lengua española], que estén las reglas en el propio idioma que se va a adquirir, porque no las comprehenden bien los muchachos, no vuelven nunca a ellas en pasando a estudios mayores, y los más, contentos con el cartapacio, no adquieren en buenos libros lo que les falta…” Es decir: “No aprenden español porque las reglas están en español, que no lo dominan, y aparte de lo que les dan en la escuela, no suplen con libros las lagunas que quedan”. Eso lo dice don Agustín de Montiano y Luyando, académico de la Lengua y de la Historia, en una de las extensas cartas-prólogos del texto, firmada en Madrid, el 20 de noviembre de 1757.
Pues bien, esta obra del Padre Isla procura exponer, a través de fray Gerundio, la fastuosa e inútil verborrea de predicadores y oradores, quienes usaban latinajos y rebuscamientos para embaucar a su auditorio. Es decir, gerundio y escarnio son términos que caminaban juntos en la época. Hasta cuentan que Ramón del Valle Inclán, en 1936, in extremis, se negó a recibir una transfusión que le donaría Pío Baroja “porque tiene la sangre llena de gerundios”.
Se acabó enero, llegamos al final de la cuesta, pero volvemos en siete días. Que un buen domingo estés pasando, ya sea descansando, leyendo o trabajando y que el miedo a los gerundios te vaya abandonando. Amén.
Que la palabra te acompañe.