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El golpe de gracia


Saltó el charco apurado, quería escapar de un aguacero copioso e imprevisto. Pero resbaló aparatosamente y recibió el impacto de lleno. Como ocurre en estas situaciones, a la sorpresa prosigue una reacción de autoprotección, que en su caso, fue casi nula - como no vio venir el accidente - no hubo siquiera acción evasiva.

Estaba tan atontado, que no lograba precisar el lugar de la cabeza en que había recibido el golpe. Se volteó boca arriba (a pesar de la lluvia), tomó una profunda bocanada de aire y procuró calmarse. Fue en ese instante que sintió la sangre, viscosa, bajando por su rostro. Se llevó la mano a la frente, buscando, luego palpó con minuciosidad distintas partes de su cabeza, hasta que encontró en el lado derecho un orificio profundo. Atinó a tomar la corbata y haciendo un ovillo remedo de tapón, se la colocó en el agujero como quien tapa una botella.

Aquella operación no tomó tanto tiempo, así que logró evitar que se escaparan todas sus ideas, sin embargo, perdió alguna lucidez, brillo, profundidad en la abstracción, incluso, buena parte de la memoria. Fue una suerte, que no se desbandara por dicha abertura toda su conciencia.

 

Cuando llegaron a auxiliarlo, alrededor de su cabeza aún flotaban piezas musicales, besos, deseos, rostros, nombres, direcciones, números telefónicos, proyectos, promesas, angustias y todo lo demás que guardan y crean los entramados de las neuronas. Eran como pequeñas espirales de humo de azul intenso o celeste claro, que desaparecían en una danza circular hacia el cielo. Pocas personas las notaron, las más observadoras y perspicaces se dieron cuenta del fenómeno, que claro, no podían explicarse, pero les maravillaba.

Lo sentaron como mejor pudieron mientras llegaba la ambulancia. Alguien atinó a preguntarle cómo se sentía, y para sorpresa de quienes le rodeaban (dado que había perdido parte de sí), sólo dijo: - Me siento más liviano, como con menos equipaje.

Vaya respuesta para un accidentado, inusitada por cierto, habría sin duda toda una gama de comentarios, especulaciones, diagnósticos. Pero, lo cierto, era que Eleutímico, así se sentía.

 

En el hospital, luego de auscultarlo, lo internaron en cuidados intensivos por causa de traumatismo craneal y posible pérdida de la memoria. Despues de operarlo y tapar el agujero con una placa de platino, lo dieron de alta y lo refirieron a un especialista que no encontró ni coágulos, ni signos de hemorragias internas en el cerebro, ni daños graves. Le mandó los medicamentos pertinentes y le dio una nueva cita.

Pero el problema seguía presente, era obvio que había perdido muchas agilidades, incluso había olvidado como subir una escalera y dónde quedaba tal o cual lugar, una gran cantidad de retrasos y aplazamientos por cubrir se esfumaron, inclusive aspectos importantes de su relación marital, filial, amical y por supuesto, sociales y de trabajo.

Su recuperación era lenta, iba subiendo la cuesta paso a paso y eso era una calamidad o, a veces, una ventaja. Y es que resultaba cómodo achacar a su accidente el incumplimiento de una obligación, la falta de compromiso, la pereza, las deserciones y pérdida de valores. Había entrado en esa zona grisácea donde todo propósito se alargaba. Por supuesto, la situación era muy confortable para él, pero no para los que tenían que cargar con sus flaquezas. La esposa, con buen olfato, empezó a sospechar que detrás de todo lo ocurrido había nacido una situación distinta a las causadas por el accidente, una actitud existencial oculta en la entretela de lo que llamaban: el proceso de recuperación.

 

La casa se les venía abajo, los pocos ahorros se fueron desliendo, tuvieron que vender el carro y varios muebles.

Un día, después del quinto galeno y una nueva carga de medicamentos, su mujer lo miró fijamente durante todo el camino a casa. Luego, lo observó echado feliz en el sillón de la sala. Lo miraba, lo miraba, lo miraba, lo miraba, hasta que dio un tremendo golpe en la mesa del comedor y gritó:
Así que se te escaparon las ideas pendejo, pero cómo se ve que te nacieron otras ¡Ahora mismo te compones, o con este palo, te abro otro hoyo para que sepas lo que son buenas ideas!

Nota: Tomado del libro de cuentos, relatos y viñetas breves de LA LLUVIA escrito por  Alberto Cabredo que se presentará el viernes  25 de abril en la cafetería de  Exedra Books.


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382130
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América