Ya se siente el fin del cuarto y último bimestre en los centros educativos. Los días cívicos de noviembre y la prisa de muchos por la llegada de fin de año parecen acelerarlo.
También se refleja en la disminución del entusiasmo de muchos por todo lo que huela a escuela, a colegio.
Los jóvenes han aprendido a encontrar consensos silenciosos pero efectivos. Se ponen de acuerdo, no van al aula y los profesores pasan el tiempo con los pocos que asisten, pero sin ofrecer el contenido correspondiente.
Ocurre con mayor frecuencia entre los graduandos, precisamente los que deben reforzar más por su entrada casi inmediata a la universidad.
Cuando estamos inmersos en este periodo, nos llega la halagüeña noticia de nuestra situación actual en materia de desarrollo humano, índice en el que educación y salud son dos de las áreas básicas que se toman en cuenta en la medición.
Si de invertir se trata, seguiremos mejorando, pero debe haber casi una obsesión porque el capital humano sea competitivo y se forme con los más elevados estándares de calidad. Precisamente, Europa revisa su sistema educativo y económico. Hay mucha preocupación por el desempleo en jóvenes entre 18 y 25 años, pues se enfrentan al problema de la deserción escolar.
Panamá tiene estos mismos síntomas. El dinero y la inversión no hacen el milagro. Sabemos que el país no sale bien evaluado cuando se mide la formación de los estudiantes.
La tarea más grande es mejorar la calidad, cautivar a los jóvenes para que aprovechen las oportunidades, para que se formen y tengan más oportunidades de cumplir sus sueños, de tener una vida digna.