Hay dos libros sobre la vida y la obra del compositor cubano Alejandro García Caturla. Uno escrito en español, desde La Habana y el otro en inglés, desde Filadelfia. Los dos se complementan como un buen matrimonio —o como buenos amantes—, y del conocimiento de ambos resulta una información híbrida, mulata como todo lo que giró en torno a Caturla. La investigadora cubana María Antonieta Henríquez, escribió el libro en español y el musicólogo estadounidense Charles White, el libro en inglés.
En 1994, la Universidad La Salle de Filadelfia buscaba un profesor de música para dictar un curso en español diseñado para estudiantes latinos. Estudiantes residentes y recién llegados a los Estados Unidos, principalmente de áreas marginales del norte de Filadelfia. Una semana después de una entrevista, empecé a enseñar el curso. El programa de música en La Salle era pequeño, un solo profesor, el Dr. Charles White, un gringo alto, de más de sesenta años, parecido a Hemingway, con un español perfecto y con un tumbaito cubano. En aquel tiempo Charles White había viajado a Cuba en varias ocasiones; en total hizo nueve viajes a la isla. Su pasión era la vida y música de Alejandro García Caturla, compositor del que yo conocía muy poco.
"Alejandro García Caturla: A Cuban Composer in the Twentieth Century" salió publicado en 2003, un par de años antes de que Charles White se jubilará. La magnitud de su investigación la vine a conocer hace poco, cuando leí su libro. Un trabajo hecho con mucho amor y cuidando el detalle. El libro lo acompaña un CD con obras de Caturla, tocadas por músicos cubanos. Un día quise conocer las partituras de lo que escuchaba y llamé por teléfono a Charles White. Después de presentarme y saludarlo, me dijo que en efecto él era el autor del libro de Caturla, pero que no sabía quién le hablaba. Mencioné que habíamos trabajado juntos por siete años, que él había ido a estrenos de mis obras y que una vez escribió una carta bellízima (que aún conservo) elogiando mi trabajo. Nada. Ni rastros de aquella amistad. Dijo que buscaría las partituras de Caturla, que lo llamara. No lo hice. Temí que no me reconociera en persona y no quise incomodarlo. Hace unas semanas un colega me dijo que a Charles le habían encontrado algo en la cabeza y que al poco tiempo había muerto. Me vino a la memoria su rostro afable, su español mulato, sus viajes a Cuba y su amor por Caturla. Es así como prefiero recordarle, junto a todo lo que amaba.