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El guaro de Badalona

Entre bodegones y tragos especulaba sobre la relación del rombo en el vestido del arlequín y en las botellas de anís.


Máximo Amores estudiaba en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, y para incrementar sus ingresos pintaba retratos al óleo por encargo. Se ayudaba de fotografías que le resolvían los problemas de proporción, luz, perspectiva y gradación del color. Un perfecto pintor menor y sin complicaciones. En los días de escasez en la capital española —que fueron muchos—, Máximo Amores ingeniaba recetas menesterosas que consistían en juntar los restantes que encontraba en el refrigerador y que el moho aún no había arruinado. Así nacieron el bocadillo de lentejas y las rodajas de cebolla fritas en salsa de azúcar. También inventó un menú de platos cuyo principal ingrediente eran todas las variedades de sardinas en lata: escabeche, salsa de tomate, aceite de oliva, picantes o no.

Los dueños de los bares, como parte del pago por hacer los rótulos en los que ellos anunciaban su menú de tapas y bocadillos, le regalaban botellas de Anís del Mono empezadas. «El anís es muy medicinal» —decía Máximo Amores—, «sirve como remedio para tratar los cólicos flatulentos». Esto lo leyó en alguna revista médica, pero en su caso, por el exceso o la frecuencia de la ingesta, el resultado era ominoso. Las botellas vacías de lo que él llamaba 'guaro de Badalona', las utilizaba como parte de sus naturalezas muertas. En las fiestas las repartía entre los invitados y formaba una orquesta de güiros de cristal, que al rasparle con una cuchara la panza romboide a la botella, servía para acompañar los LP de El Gran Combo que había traído de Panamá.

En sus borracheras, con intriga y desatino, Máximo Amores buscaba el móvil estético que había llevado a Picasso y a Juan Gris a incluir las botellas de Anís del Mono en sus experimentos cubistas. Entre bodegones y tragos especulaba sobre la relación del rombo en el vestido del arlequín y en las botellas de anís que pintaba Picasso. Nunca encontró una razón satisfactoria. Sus conocimientos sobre la técnica cubista siempre fueron limitados y era ahí donde se escondía el secreto de aquellos vínculos geométricos. La misma embriaguez lo regresaba a la cordura y entonces fijaba la atención en la etiqueta de la botella, en el mono con cabeza de Charles Darwin sujetando un pergamino, levantaba la copa en señal de brindis y decía en voz alta: «Es el mejor, la ciencia lo dijo, y yo no miento»; y se empujaba un buen trago de anís sin hacer una sola mueca.

A Máximo Amores no lo deja beber anís una enfermedad hepática, pero aún conserva su colección de botellas vacías y la cabeza llena de recuerdos.


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942721
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América