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El hablante ideal de la lengua española


“ Padre-le dije yo -, el castellano se habla bien y mal en todas partes: entre un argentino criollista y un catalán separatista, no sabría yo con quién quedarme. Pero, en cambio, dudo que en nuestro idioma se pueda escribir con más elegancia que la de un Rafael Obligado”. Amado Nervo

La lengua culta es el ideal por su capacidad unificadora y su evidente función de preservación. La promueve la Academia, la difunden y estatuyen la escuela y la universidad y la aprenden los hombres y mujeres cultos. Pero, entiéndase, sólo es una parcela de la realidad de la lengua, nos parezca o no.

Para mí, no es más que cuestión chauvinista y desmedido narcisismo (egolatría incontrolable, si es que hay alguna que se pueda controlar) lo que lleva a muchísimas personas a afirmaciones tan rotundas como absurdas, según las cuales se asegura que “tal o cual país habla el mejor español del mundo”. Y peor aún: “En este país, nadie conoce tanto del idioma como yo”.

 

Quien se asoma al inmenso e inconmensurable mundo de la lengua podrá comprender que su dominio absoluto es una quimera. Pensemos no solo en gramática y en ortografía, sino en semántica, en vocabulario, en matices, en relaciones pragmáticas, en los mil usos que todavía no son norma, en los muchos y diversos niveles de la lengua en los 22 países donde se habla el español y en los muchos estratos en los que ella se emplea. Tan solo el lenguaje de los jóvenes nos plantea a quienes ya no lo somos tanto un desfase difícil de superar. ¿Y qué decir de las muchas realidades nacionales a las que somos ajenos (por voluntad, por exclusión o por omisión) y, por tanto, también de su lenguaje?

“Yo, el supremo” Augusto Roa Bastos

No habrá nadie, con toda seguridad, que conozca todas las relaciones de la lengua con sus hablantes, nadie hay que domine el vocabulario del español (y no sólo el culto, que ya es demasiado pedir); no hay nadie que pueda definir con exactitud milimétrica (sin incurrir en olvido, en desconocimiento o en error) alguna o todas las palabras del idioma. De seguro a esto habrá que añadir la historia de la lengua, su relación intrínseca con la literatura, con el deporte, con las ciencias, con la filosofía, con la vida.

 

Para lograrlo, no solo nos falta vida (o muchas vidas) sino que nos hace falta, además, una capacidad totalizadora que rebasa, ciertamente, nuestra modesta capacidad de conjunto.

Dominar a la perfección la sinonimia, la homonimia, la antonimia, las analogías, la homofonía, conocer la polisemia de la lengua, las mil jergas, los argots, las hablas locales, las connotaciones y las denotaciones, el carácter deíctico del idioma y las variaciones fonéticas y morfológicas del español actual y del español en su historia, es tarea a la que cualquier “ambicioso” tendría que adentrarse poco a poco, con paciencia única y con la disposición de siempre aprender si se acepta que “aún” nada sabemos.

“Lengua castellana mía, lengua de miel en el canto” Juana de Ibarbourou

 

No existe, a decir verdad, el hablante ideal. Conozco (y he conocido) gente erudita, culta, bien hablada, estudiosa, investigadora, con una capacidad y conciencia lingüísticas inmensas, realmente asombrosas. Gente que conoce ampliamente la lengua culta, que cultiva el idioma, que desentraña con evidente facilidad los misterios del idioma.

Pienso en personas como Elsie Alvarado de Ricord (primerísima figura del idioma en nuestro país), en don Pablo Pinilla Chiari (latinista consumado y, además, respetable), en doña Luisita Aguilera, en doña Margarita Vásquez, en doña Mercedes Bolaños, en doña Carmen de Perigault, en don Rafael Candanedo, en doña Berna Pérez Ayala de Burrell y en don Max Salabarría Patiño, entre otros muchos, entre los connacionales.

Me deslumbaron también Gil Blas Tejeira, don Ricardo J. Alfaro, don Baltasar Isaza Calderón y unos cuantos estudiosos más.

 

Sin embargo, aun cuando reconozco en todos ellos excelentes cultores del idioma (guardianes del buen decir) hay una verdad absoluta: la lengua siempre nos rebasa. Somos ciudadanos de esa gran patria que es el idioma. No podríamos ser la patria, y mucho menos el inmenso e inabarcable universo del lenguaje. Pretender serlo es falta de sensatez. Reconocer que estamos en el camino y que en la lengua, igual que en la concepción “machadista”, “no hay camino” [sino que] “se hace camino al andar” es de sabios.

Quienes conocimos, escuchamos, tratamos y leímos a Elsie Alvarado de Ricord sabemos y valoramos cuánto saber había en ella y cuánta conciencia lingüística la regía.

Su presencia intelectual nos demuestra lo mucho que nos falta por saber en cuestiones del idioma.


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442956
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América