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El idioma lo hacemos todos

La Internet, el "chateo", la desidia, la falta de cultura, el distanciamiento de las letras y del humanismo, los desmanes de la televisión y de la publicidad, entre otros, hacen del idioma un blanco perfecto de los iconoclastas.


S i hay una actividad, un hecho, en que la democracia participativa se practica verdaderamente, nos inviten o no, es el idioma. No hablo de los diccionarios, que muchas veces son selectivos, ni de las gramáticas, que generalmente toman siempre como referencia la norma culta. Hablo del día a día. De lo que se escucha, lo que el pueblo emplea, lo que los académicos aconsejan, lo que los jóvenes crean, lo que la ciencia impone, lo que "el préstamo lingüístico" evidencia. Me refiero al argot y al idiolecto de unos, de otros y de otros, del español solemne, el "deseable", el de gran vuelo literario, el de raigambre castiza, pero también el de los marginados que a fin de cuentas también se comunican.

Todo eso, nos guste o no, según la lingüística moderna, es idioma.

La importancia de la norma culta.
Escribo desde mi condición de profesor de español y de académico. En este sentido, defiendo la norma culta, la profeso y la inculco a mis estudiantes. Vivo convencido de su imprescindible necesidad como soporte del español que hablamos desde México hasta Argentina. Creo que es garantía de la integridad de la lengua, de su perpetuación en el tiempo y en el espacio, y comulgo con los hablantes cultos, que conocen mucho de los vericuetos del idioma, que amplían su visión del mundo con ese vocabulario que hunde sus raíces en la historia fascinante de este español milenario, hijo del latín, pero heredero de una riqueza extraordinaria que ha cimentado con las aportaciones de los pueblos, de los hombres y de algunos otros idiomas, sobre todo en el aspecto léxico, porque no hay idioma puro como tampoco hubo ni habrá raza aria.

 

La norma culta es el estandarte de la Ortografía, de la pronunciación "recta", "ejemplar", "deseable"; es el ideario que se aprende en la escuela, en la universidad, en la vida académica; la que prima en la vida social de "ciertas esferas". Es el nivel de lengua "oficial" de los diarios estándares, de los discursos, de los ministerios, las embajadas, los palacios presidenciales, los órganos del Estado.

La Iglesia, el Estado, la escuela, las Academias, la literatura...son poderes a través de los cuales se perpetúa la norma culta.

Sin embargo, faltaría visión, conocimiento de los fenómenos de la lengua en su historia y en su evolución, para creer que, aunque sea la norma con el respaldo del poder social e institucional, todo el idioma gira en torno a ella. Realmente, no es así.

 

La otra realidad de la lengua.
Me contentaré con citar algunas frases célebres, de connotados personajes cultos (a toda prueba) para ir mostrando la otra realidad de la lengua que está más allá de la norma culta.

Puede que para muchos sea indeseable, como algunas realidades que a veces preferimos no mirar, pero, aun así, la realidad es imborrable.

Jorge Luis Borges: "El lenguaje no lo hace la Academia, ni el Poder, ni la Iglesia, ni los escritores. El lenguaje lo hacen los cazadores, los pescadores, los obrajeros, los campesinos, los caballeros y los tipos sinceros. Hay que acudir a las bases, donde se forma la lengua".

 

Fernando Lázaro Carreter: "El pueblo es el que hace el idioma. La Academia va por dentro, y la lengua, por fuera. Nosotros, ya digo, somos notarios, sólo aconsejamos, pero luego el cliente hace lo que quiere".

Como sea, que verdaderamente la norma culta es la que goza de prestigio social, académico y lingüístico, en la evolución del idioma como un todo, único como sistema, todos los niveles, registros y usos entran en juego, y todos tienen su importancia, pues corresponden a realidades que se viven en las comunidades de hablantes que los emplean.

Por ello, no es una amenaza para la existencia de la lengua que haya jergas, ni hablas específicas, ni vocabularios epocales.

 

La lengua es tan sabia, y tan autónoma, que desechará lo malo y asimilará lo conveniente.

¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido!

Cada nación tiene su idiosincrasia.
Quizá no todos los habitantes de un país anhelen espectáculos deslumbrantes con artistas que salen en revistas y caminan por la "alfombra roja" o cantan ritmos musicales ultramodernos. Tal vez una gran cantidad de personas se contente con las manifestaciones más autóctonas y primigenias de la música, por ejemplo. Y eso, por muy siglo XXI que vivamos, también es válido.

Si la lengua culta va pareja con la educación, eso es bueno.

Pero nadie sabría con toda certeza si perdiendo ese grupo de palabras deliciosas, ese acento propio de cada región, ese modo de decir, alma de la campiña, verdadero tesoro, se habrá perdido también una parte importante del idioma.

También la tecnologización socava la lengua, aunque indiscutiblemente la difunde.

Las batallas del idioma.
Indiscutiblemente, hoy el idioma libra una batalla campal.

La Internet, el "chateo", la desidia, la falta de cultura (como soporte intelectual y académico, y no como el "hacer" general de los individuos y de los pueblos), el distanciamiento de las letras y del humanismo, los desmanes de la televisión y de la publicidad, entre otros muchos factores, hacen del idioma un blanco perfecto de los iconoclastas, los asistemáticos, las víctimas de la sociedad enajenada.

Se escuchan también las voces de algunos notables que proponen medidas radicales, alejadas de la concepción lingüística: "Simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. (...) Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres (...)",

Gabriel García Márquez.

No es cierto que Cervantes volvería a "morirse.
¿"Todo tiempo pasado fue mejor"? En la lengua, esta no es una verdad absoluta.

La lengua evoluciona.
Esa es su naturaleza. No busca ella misma ser mejor o peor que hace cien años o un milenio.

De hecho, está llamada a ser lo que los hablantes decidamos que sea.

Sin embargo, bien es cierto que por ser la lengua un signo vitalísimo de nuestro ser, de nuestra identidad, nuestra historia y nuestra concepción del mundo, y fundamentalmente instrumento de comunicación, tenemos el compromiso de salvaguardarla, emplearla con decoro, corrección y echando mano de todos los recursos, infinitos e insospechados, que su valioso caudal puede ofrecernos.

En medio de todo ese dilema, se encuentra la educación, es decir, la instrucción, como medio eficaz para preservar la lengua, pero también para entender y asimilar sus múltiples variedades, matices y niveles.

El genio de Cervantes habría comprendido, seguramente, la capacidad de cambio de la lengua y se habría quedado sorprendido por sus transformaciones, producto del conglomerado humano y sus circunstancias.


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382136
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América