Para nadie es un secreto que el idioma es un hecho social, una capacidad innata del ser humano, que se fragua en la familia y se fortalece en ella como primera institución responsable de este carácter hereditario que posee.
Los padres, los abuelos, los tíos, los hermanos no solo nos enseñan a hablar sino que nos transmiten sus hábitos lingüísticos: buena o mala dicción, vocabulario selecto o la forma desbocada de hablar, tabúes, prejuicios, seguridad, precisión, cortesía o rudeza.
El grado de alfabetización de nuestros padres influye mucho (pero no irreversiblemente) en nuestra manera de hablar y de entender, más en los primeros años.
El hogar, o en su defecto la casa, es un santuario. Es casi inevitable su influencia durante estos primeros años. Ese vital espacio físico se convierte en un laboratorio. El hogar (no por su estatus económico, sino por los valores) representa los cimientos del idioma (del habla del individuo) tan determinante hasta convertirse en un santuario o en oscura madriguera.
El lenguaje de la calle
Ciertamente, la calle no es una institución social. Es “la Universidad de la vida”, la mejor manifestación de la sociedad. “Si quieres conocer a alguien, obsérvalo en la callle”.
Aunque el hogar haya sido santuario, la calle, con su incomparable capacidad para mostrar lo bello, lo malo y lo feo,ofrece a todo el que se asome a su mundo una variedad léxica de múltiples quilates.
¿Palabras obscenas?
En la calle se escuchan por montones y por doquier, sobre todo en esta época en la que parece haberse perdido la decencia y en la que hablar sin groserías es considerado por muchos como la más ridícula antigualla.
No todo es negativo
Es en la calle donde se enriquece la lengua popular. Allí, el panameñismo (me refiero a la palabra, por supuesto) está como pez en el agua.
El rico y sorprendente vocabulario que se puede extraer si se viaja en un “diablo rojo”, las ocurrencias de los trabajadores de la construcción, que a manera de piropo, como en el cuento de Giselle Buendía, se dedican a una bella transeúnte, la variopinta forma de la lengua en el Mercado Público o en la bajada de Salsipuedes, o en un juego de futbol o de beisbol... todo es lenguaje de la calle a la orden para nuestros oídos, para nuestra curiosidad y para nuestro carácter idiosincrásico de panameños.
Sin embargo, la calle también tiene su inframundo, su lado oscuro, con una jerga inenteligible para muchos “mortales” nacidos en este país.
Otros factores, cuya poderosa influencia resulta a veces incontrarrestable (el grupo, la escuela, los medios de comunicación, la Internet, la lectura y la comunidad), modelan y determinan nuestra percepción del mundo y, desde luego, nuestro lenguaje.