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El juguete maravilloso

Todos tenemos la misma naturaleza. Lo que nos mantiene separados son nuestras costumbres. Confucio. Suelo pasear por un parque cercano a mi


Francisco Moreno Mejías (Escritor) / Escritor

Todos tenemos la misma naturaleza.

Lo que nos mantiene separados son nuestras costumbres.

Confucio.

Suelo pasear por un parque cercano a mi casa.

Hay allí unos bancos junto a una fuente cantarina, desde donde se pueden ver los artefactos gimnásticos hechos para absorber la energía que les sobra a los pelaos.

Una tarde me senté en uno de esos bancos junto a una señora de aspecto proletario que le decía a un crío de no más de cinco años que se entretenía en el suelo con una palita de plástico:

—Juanito, no juegues con tierra.

Entablamos conversación y me contó que trabajaba en una casa de familia próxima y, como aquel día no tenía con quién dejar a su hijo, la señora le permitió que lo llevara con ella.

El entusiasmo con que un grupo de primates vestiditos de ciudadanos en miniatura trepaba por aquellos laberintos aéreos sin miedo a caerse me tuvo un rato meditando sobre la teoría de Charles Darwin hasta que el claxon de un automóvil me regresó a la actualidad.

Era reluciente y descapotable, medía poco más de un metro de largo, tenía ruedas de caucho y un parabrisas de plástico transparente, lo movía un motor eléctrico y lo guiaba un niño con ropa dominguera. Detrás venía una señora joven bien vestida y mejor peinada que al llegar frente a nosotros le dijo al pequeño Fittipaldi:

—Freddy, no te muevas de ahí, que ya estoy cansada de seguirte.

Después se sentó en nuestro banco sin saludar.

Freddy paró, pero no dejó de encender y apagar las luces ni de tocar la bocina. Todos los chiquillos vinieron corriendo y algunos incluso se atrevieron a pasar la mano por la brillante pintura roja del vehículo. Después fueron perdiendo la curiosidad y regresaron al tobogán y a los columpios. El único que permaneció de pie con la mirada fija en aquel juguete maravilloso fue Juanito.

La señora elegante tuvo un detalle generoso y dijo: —Freddy, deja que ese niño juegue contigo.

Freddy abrió un poquito la puerta derecha por si el desconocido se quería sentar a su lado. Juanito miró a su madre y esta movió la cabeza afirmativamente. Juanito sacó un pañuelo del bolsillo, lo mojó en la fuente, se apoyó en el motor y empezó a limpiar el parabrisas.

Su madre le gritó con una fuerza sorprendente en una mujer tan humilde: ¡No! El niño se asustó y vino llorando a refugiarse en los brazos maternales.

La madre de Freddy no comprendió o no quiso comprender, porque no movió ni un músculo de la cara, pero la de Juanito, mientras le secaba las lágrimas a su hijo, me miró y esbozó una sonrisa forzada.

Volví a mirar los malabarismos de los chiquillos que se trepaban a las estructuras metálicas, pero ya no pude seguir pensando en Darwin, sino en otro Carlos, el que escribió Das Kapital.


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835809
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América