"El arte es una mentira que nos acerca a la verdad" Picasso.
Soy alérgico a las colas. Quién sabe cuántas bellezas de la vida y cuántos sabores desconocidos habré perdido por no tener paciencia para hacer cola. Casi me pasa en París. Para entrar al Louvre, por la increíble pirámide de cristal, que parece un poderoso imán que amontona gente, había que hacer cola. ¡Y era una cola de anaconda! (que es toda cola). Me dije "ya estuviste aquí, no tienes que verla otra vez" (me refería a mi amada, "Victoria de Samotracia" (que si tuviera cabeza cantaría). "¿Pero cuándo volverás a estar a un silbido de ella otra vez?", me contesté, "Aprovecha lo que logró la Revolución Francesa, que el goce de la belleza y las artes más exquisitas llegaran al pueblo? y a ti." ¡Zut! Pero la cola seguía siendo desalentadora. Alguien vio mi abatimiento y, en buen español, escuché: "Dé la vuelta, hay otra entrada al sureste que siempre está vacía". No pude ni agradecer el dato, la voz y su garganta, habían desaparecido entre la multitud. Salí, y caminé, y caminé. El Sena me quedó enfrente. Ya que estoy aquí, por qué no cruzar el famoso Le Pont des Arts, que es puente para sandalias, no para llantas. Bastante había oído hablar de él. Sabía que era famoso por los candados que los turistas pegan en las barandas. Los vi, miles y miles de candados dan fe de "Yo estuve aquí". Al fin, protegieron las barandas. Muy tarde, estaban requetellenas. Regresé al Louvre. Verdad, en la esquina sureste había una entrada en la que solo una señora con un niño estaban comprando entrada. Y hasta me dieron descuento de jubilado.
Entré orondo al palacio que había sido residencia de Carlos V y Felipe II. Ahora el hijo de Jilma Cecilia caminaba a sus anchas por sus anchos salones. Ni siquiera intenté asomarme al avispero de la Gioconda. La había visto casi a solas en 1957 cuando caí allí por accidente. Esa vez me aburrí. Ahora caminé en trance por ese torbellino donde zumba el arte; donde la tela, la piedra, el barro y el bronce proclaman su victoria momentánea sobre el tiempo. Debo agradecer a mis rodillas. Hechizadas por la magia de tanto arte, caminaron incansables, y al final, antes de salir, debajo de la cristalina pirámide, un capuchino en Starbuck, ¿extraño, no?