La perfección no existe, eso lo sabemos todos y no era necesario que Juande Ramos nos lo recordara en la previa del partido. Aunque visto de otro modo, pocas personas pueden hablar de la imperfección futbolística con la autoridad del entrenador del Real Madrid, un equipo imperfecto, que aireó todas sus debilidades contra un buen Valladolid.
El conjunto que entrena Mendilibar se presentó en el Bernabéu con descaro y las ideas claras y metió en un apuro al Madrid. Desenredaron el encuentro para los locales Raúl, con un gol en el último minuto del primer tiempo, y Robben, con un tanto en el tramo final del choque. Dos goles que premiaron en exceso al Madrid y penalizaron injustamente al Valladolid, que jugó mejor, movió con más criterio el balón y no mereció salir derrotado.
Se vio a un Madrid desequilibrado, que nunca se sintió cómodo y fue todo menos un equipo, sin ninguna fluidez en el juego, falto de ideas y partido en dos, con medio equipo atacando y el otro medio sufriendo las acometidas del rival. Con este panorama, lograr el triunfo se antojaría una empresa imposible para cualquier conjunto que no fuera el Madrid, porque si algo hay que reconocerle a este equipo es que nunca baja los brazos, no entiende lo que significa la palabra rendición y es esa fe inquebrantable en sus posibilidades la que le lleva con frecuencia al triunfo.
Y es que sus victorias no son más que un acto de fe en muchas ocasiones. Como no es más que un acto de fe la carrera por alcanzar al Barcelona en el primer puesto. La distancia se mantiene en seis puntos. Todo un mundo.
Los goles.
Volvió a aparecer el intermitente Robben, con dos chispazos desde la banda derecha, en la que ya estaba instalado. Robben, Torres e Higuaín y combinaron en la banda derecha y el centro del argentino lo remató Raúl, que no marcaba desde el 28 de febrero. Magnífica la acción de desmarque del capitán.
Hubo que esperar al minuto 82 para que llegara la sentencia. El Valladolid reclamó un penalti a Goitom y en el contragolpe Robben cerró el partido. Guti regaló un pase perfecto al holandés, que ganó la espalda a Iñaki Bea y batió con maestría a Asenjo. Ahí se acabó el encuentro, que es lo mejor que le podía pasar al Madrid y a los que acudieron al Bernabéu.