En los predios de una playa del Pacífico panameño vive Julián, un anciano que ya no anda. Sus ojos se han ido apagando. Primero, con una lentitud casi imperceptible, y ahora con una velocidad que lo abruma.
La vida de Julián ha sido dura, pero también deliciosa. Cuenta que nació en Bejuco, por allá cuando los políticos se llevaban las urnas y los pueblos tenían dueño. Nació, creció y vivió en la pobreza. A los 15 años, apenas sabía leer y escribir. Ahí conoció a Delia y la convirtió en su mujer.
En las tierras de Bejuco no veía ni presente ni mucho menos futuro, así que decidió irse de la mano con Delia cargando sus pocas pertenencias y sus muchas carencias. El destino los llevó hacia el mar. Plantaron bandera en un pueblo que está rodeado por todos lados de una playa inmensa. -¡Mujer, nos quedamos aquí!-.
Al igual que ahora, en esos tiempos no se podía vivir de amor. Cuando el estómago gruñe, hay que ponerle atención. Algunas nociones de carpintería a veces lo ayudaron a capear el temporal, pero es sabido que el hambre no dice adiós, sino hasta luego.
Después vinieron los hijos. Con ellos conoció el amor más sublime, pero también se cercioró de que ninguno vino con el pan debajo del brazo. Una tarde, mientras sorteaba las posibilidades, vio una embarcación monumental aproximarse a la playa.
A pesar de que los peces eran la principal moneda de cambio en el pueblo, él siempre prefirió mirar hacia otra parte, pero como la necesidad dicen que tiene rostro de can, se acercó al barco, pidió trabajo y en poco tiempo se despedía de Delia y de sus dos bebés.
Fue el primero de muchos viajes. Julián empezó a conocer el mundo, cuenta que en más de una ocasión su barco estuvo a punto de hundirse y su vida de ahogarse. Duró 37 años entre altas y bajas. En las noches sufrió de soledad y cuando pudo se besó con los recuerdos y se abrazó de una botella. Durante el día trabajó como nadie, bajo el agua, contra el sol.
Llegó a ser el segundo de a bordo y con ello crio a sus hijos, mantuvo a su mujer y edificó una casita donde hoy se le encuentra sentado en su portal, dispuesto a contar su historia. Tiene la mirada perdida, se está quedando ciego, dice que es culpa del sol y la salinidad que le fueron matando la vista en esos años que estuvo saliendo a la mar para ver por él y por los suyos. Nadie dijo que sería gratis.