Bien, has llegado a la tercera entrega. En las dos anteriores me ocupé de demostrar que hay una relación directa entre cómo vemos el mundo y las historias que nos forman. ¿Lo logré? Espero que sí.
Las historias nos siguen, de un modo u otro, a lo largo de nuestras vidas. La literatura infantil es concebida para presentarnos la realidad; por eso, más que formularnos preguntas o hacernos partícipes de las tramas, definen lo que recién ve, escucha, prueba, toca o huele el niño. Los héroes son planamente caracterizados: son buenos hasta el tuétano; los villanos tampoco tienen matices. Y los valores son presentados sin titubear: si no obedeces a tus padres, te va a pasar algo malo u otras máximas similares.
En el otro lado, los textos para lectores adultos son lo más abierto posible. Sugieren, pero no dictan. De esta manera, el lector puede sumarse activamente y pensar, pensar y pensar.
Hace poco me decía alguien que le desesperaban los textos con acertijos, por llamarlos de algún modo, y yo le contesté que eran textos para gente pensante. Con esto no quise ser grosero, simplemente marqué la diferencia entre un tipo de amante de la literatura y otro. Los lectores no tenemos que ser contemporáneos, ¿o sí?
Por supuesto, la televisión y la industria de la música también nos salpican de historias. Estas, a su vez, nos proveen de valores y presunciones para nuestro diccionario mental, ¿cabe alguna duda de eso?
Pero lo que he prometido desde la primera de estas entregas, es que voy a explicar concisamente cómo cambia la literatura a las personas, y eso exactamente es lo que voy a hacer.
Lo que he escrito en los párrafos anteriores es para demostrar la influencia que tienen las historias en nuestra percepción de la realidad. ¿Logré explicarme? En fin, ahora vamos a llamar la atención sobre ciertos principios.
1. Así como somos lo que comemos, somos lo que leemos. La literatura funciona con el principio básico de la identificación. En otras palabras, nos gustan los libros que se parecen a nosotros. Y aquí muchos me dirán que estoy hablando patrañas, que muchas personas leen historias que no se parecen en nada a sus vidas. Pero yo les diría, como quien discute en una reunión de amigos, que una persona no es solo lo que manifiesta...
A ver, lo que quiero decir es que leemos, muchas veces, lo que se parece a nuestros deseos, y estos deseos muchas veces no los vivimos tal cual. Entonces, yo diría que el primer paso para lograr transformaciones por medio de la literatura es hacernos conscientes de que somos, de alguna manera, eso que literariamente nos gusta, que esa historia que recordamos tanto retrata lo que creemos o lo que deseamos.
¿Qué me dices? En fin, la siguiente semana continuaré con dos enumeraciones más. Hasta entonces.