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El montañista


El sonido de un claxon sacó al Señor Jaime de su ensimismamiento. Hacía un calor de los mil demonios.

El aire caliente entraba por la ventanilla – la tenía baja - ya que el aire acondicionado no funcionaba hacía meses.

En realidad, el auto andaba de milagro.

 

Era un modelo con más de 10 años de antigüedad que, al igual que su dueño, había conocido tiempos mejores.

Sus amigos le sugerían cambiarlo por uno nuevo o por uno de segunda mano, pero con menos años; sin embargo, Jaime nunca contemplaba esa opción, ya que tenía una relación de amor/odio por el mismo.

Lo que no se atrevía a admitir era que para él la tarea de cambiarlo era impensable, ya que sufría de estrechez económica y no quería aceptarlo… a veces ni a sí mismo.

 

Se encontraba en medio del más endiablado de los embotellamientos de tránsito y por ello, iba a llegar tarde al trabajo.

-“Ya me imagino la regañada que me van a dar” – fue lo primero que pensó.

Laboraba desde hace diez años en un prestigioso banco de la localidad como ejecutivo de cuentas. Jaime odiaba su trabajo.

 

Sin embargo, ya se había resignado a que tenía que cuidarlo, ya que la situación estaba muy difícil.

- “Uno tiene responsabilidades que cumplir, así que hay que cuidar el trabajito” – se convencía a sí mismo.

Jaime ya demostraba un incipiente vientre a sus 40 años. Ya había pasado por dos operaciones y por un principio de diabetes.

 

Lejos, en el pasado, quedaban los años cuando lucía un porte atlético y practicaba deportes diariamente; cuando soñaba con convertirse en un gran músico, su verdadera pasión de siempre. Cuando era púber, siempre iba acompañado de su guitarra, y todo el que le oía le reconocía sus dotes de músico y cantante. Incluso en algún momento de su vida, había llegado a formar parte de un grupo.

- “¡Qué tiempos aquellos!” – pensó para sí.

No pudo evitar nuevamente –y para hacer más soportable el calor– sumergirse en las brumas del pasado…

Recordó cuando su espíritu era indomable y nada para él era imposible. Su hermano era totalmente diferente: era un ser taciturno y solitario que prefería encerrarse en la casa de sus padres a leer libros. Nunca le gustaron los deportes ni le llamaba la atención la aventura.

Nunca podría olvidar cómo su hermano le miraba, con la admiración de aquel que es incapaz de emular sus actos, cuando decidía irse de excursión a escalar el punto geográfico más alto de su región: el monte Jaime. Nada le detenía.

Esta era una montaña muy alta, la cual era el centro de atención de muchas personas amantes de los peligros y de la naturaleza.

A Jaime no le importaba si conseguía compañía o no para subirlo: su decisión era inapelable. Se sentía con lo suficiente para vencerla -con compañía o sin ella- y en muchas ocasiones había conquistado su cima.

El escándalo del tubo de escape de un bus nuevamente le arrastró del campo de los recuerdos, al árido paisaje de su realidad actual. “¡Malditos buses!” – exclamó.

Ya llevaba un retraso de 10 minutos, y para entretenerse, comenzó a barajar diferentes excusas, para escoger de entre ellas la que usaría para justificar su tardanza.

Hubo un tiempo en donde se sintió muy orgulloso de sí mismo, ya que apenas cumplió su mayoría de edad, y a pesar de la oposición de sus padres, decidió viajar a la capital de su país y establecerse solo.

Nunca olvidaría la expresión de su hermano el día que abandonó la casa paterna: era una mezcla de admiración y envidia, al ver cómo su hermano se embarcaba en tamaña aventura… la cual él nunca creía poder hacer por sí mismo.

Se inscribió en la universidad y comenzó la carrera de administración de empresas. Nunca la terminó.

Ya para esa época había abandonado su sueño de ser músico, debido al convencimiento de que la música no daba para vivir.

Lo único que quedaba de sus sueños era su guitarra de siempre colgada en la pared de su cuarto de alquiler.

Con el paso del tiempo, había acumulado muchas cosas: divorcios, trabajos, una carrera universitaria frustrada, amargura y frustración.

Solo quedaba el cascarón de lo que una vez fuera un espíritu indomable.

Había pasado de montañista a “sobreviviente”.

El paso de los años había endurecido en tal manera su corazón, que para ver el mundo ya no concebía otra forma de hacerlo que a través del cristal del cinismo y la amargura.

Para Jaime, los sueños no existían.

Lo de él era ir a lo seguro. Como seguro era su yermo salario; su estrecha cuenta bancaria… y el vacío en su alma.

No quedaba ni la sombra del montañista intrépido, para el cual cualquier cima era pequeña.

- “¡Por fin!” –no pudo evitar decir en voz alta. “Ya se movieron” –refiriéndose a los autos delante de él.

En cuanto pudo, tomó un desvío que lo condujo al atajo que desde hace más de diez años usaba un día tras otro para dirigirse a su trabajo y para regresar en la tarde al hogar.

Tenía 45 minutos de retraso.

- “Me van a matar” – pensó.

Apenas entró a su oficina, vio a su jefe enfilar hacia él llamándole por su nombre. La reprimenda demoró 5 minutos. Malhumorado se dirigió hacia su cubículo; se acomodó y se dispuso a tratar de sobrellevar el día, hundiéndose en el sopor de la rutina.

Esa noche llegó a su casa, y por un extraño motivo, tomó la guitarra. Tenía años sin siquiera reparar que estaba colgando de una de las paredes de su sala. Rasgó sus cuerdas. Con asombro se dio cuenta de que su oído todavía podía detectar la leve falta de afinamiento que la misma tenía. Sus torpes dedos –como poseídos por el espíritu del músico que alguna vez fue– procedieron a afinar el instrumento.

Probó un par de acordes y, con una satisfacción que hacía años no sentía, comprobó que sonaba perfectamente.

Con una toalla limpió el polvo acumulado sobre la madera del instrumento hasta dejarla reluciente. Comenzó a tocar.

Con cada nota dentro de su alma fueron despertándose cosas que creía dormidas: sentimientos, sensaciones, emociones, vida…

Esa noche tocó por horas. No importaba: no había nadie en casa para escucharle.

Ese fin de semana, apenas salió de su trabajo se dirigió a su armario, y de lo más profundo de él sacó sus aditamentos de acampar y se prestó a preparar su viejo equipaje de montañismo.

Ahora comprendía porqué siempre le había costado deshacerse de él.

No importaba si no tenía las condiciones o la edad para ello: había escogido una montaña de la localidad y se había propuesto subir hasta su cima. Subiría esa montaña, así fuera lo último que hiciera.

Se lo debía a sí mismo.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América