Que no te importe un pepino lo que piense Voltaire de la intolerancia. Sigue condenando cuantas ideas y libros se te ocurra. Puedes maldecir y denigrar a personas, religiones, colores, malteadas, películas, mujeres, hombres, maricas, lesbianas, hermafroditas, butifarras, computadoras, novelas; a Irma la douce o a Betty la fea. Y no soy yo quien te concede ese derecho, el derecho es tuyo (yo apenas si me concedo algunas cosillas como por ejemplo, escribir).
Sigue los dictados febriles de tu intolerancia. Desahógate y blasfema lo que quieras, desgarra los temas que escoges y las indefensas imágenes estáticas. Pero no escupas sobre Pelenchín ni sobre Durán, que pueden hacerte vomitar las tripas de un trompón.
Admito que tienes el derecho a la intolerancia como yo tengo el derecho a la tolerancia (que tampoco practico mucho, porque sigo mi lema de "Ne quid nimis": nada en exceso).
Veamos lo tuyo que es más interesante. Que eres dogmático y no aceptas que piensen diferente a ti. Muy bien. ¡Gózalo! Que eres rabioso y pendenciero. Haz todo el shadow boxing que quieres. No te metas a pelear de verdad porque te quiñarán de lo lindo.
El derecho a la intolerancia no es peligroso cuando lo practicas rodeado de intolerantes. Voltaire dice que los delitos conocidos los castiga la ley, los desconocidos los castiga la religión. ¡Tú eres tu castigo!
Las grandes turbas de intolerantes se sienten seguras. Así, en montón, son los reyes del universo del pensamiento y de la acción.
Agítate y agita tus pancartas y mantén tus puños levantados, listos para aplastar a los otros, a los imbéciles que no piensan como tú.
Ni se te ocurra preparar una bomba para esos imbéciles, te podría estallar entre las manos porque no sabes un carajo de eso. Que te baste con el deseo. Igual que hago yo con los malandrines que manejan carros y buses. Les lanzo granadas imaginarias y los veo estallar en mil pedazos sin ruidos, ni siquiera un ¡Ay! Me parece suficiente. A ti, que eres tan libremente intolerante, también debería bastarte.
Siempre podrás aliviar la truculencia de tus deseos pensando que lo haces por servir a la patria o a tu dios (cualquier atrocidad que se te ocurra puede parecer grandiosa y edificante a tus jefes espirituales).
Me siento intolerante contigo, pero también estoy en mi derecho. Yo soy de los estúpidos que creen más en la felicidad.