A pesar de que el béisbol fue mi primer amor, el baloncesto terminó resultando el vehículo con el cual expresé mi entusiasmo por el deporte.
En las escuelas secundarias, públicas y privadas de mis años juveniles, existían ligas internas y selecciones de plantel. Participé primero en ligas intercolegiales y después en las interbarriales. Incluso, tuve el honor de convertirme en el primer no residente de El Chorrillo en ser aceptado a participar de su liga interna de baloncesto, primero en el Deportivo Mitil y después en el Boite Pigalle.
El fútbol no me despertó al principio mucho entusiasmo.
Cuando el Instituto Nacional enfrentaba al Artes y Oficio, un clásico siempre, y las filigranas de "Ardilla" Bethancourt nos hacían vibrar a todos de emoción y admiración, también me sumaba, apoyando a mi “alma máter”. Tímidamente, en la liga interna de fútbol, participé en el equipo del Cuarto Año "M", en el que también jugó Dilio Arcia. Pero nunca fui un buen jugador ni me interesó realmente ese deporte.
Ya en la Universidad de Panamá, estudiando Derecho y Ciencias Políticas, específicamente fue la Copa Mundial de 1970 en México, el evento que inició mi entusiasmo por ese deporte. La memoria del grito colectivo que surgió de las gargantas de cada casa y apartamento en Calle Segunda Carrasquilla, cuando Pelé anotó de cabeza el gol aquel, aún no evacua de mi alma. El poder de Rivelino, la malicia de Tostao, el arte y finta de Pelé.
En las décadas del 70 y del 80 cooperé como patrocinador en las ligas de fútbol en la Plaza Amador, organizadas por León "Cocoliso" Tejada, ese inmortal dirigente popular deportivo. Desde entonces, he seguido el desarrollo del fútbol, o “soccer” como le dicen muchos. He notado cómo Panamá ha mejorado su posibilidad de competir, aunque considero que aún está lejos de crear un desempeño sostenido y coherente en la cancha. Eso lo obtendrá solo produciendo en el jugador del seleccionado nacional la voluntad que lleva a entrenar seriamente, con disciplina y con responsabilidad y obteniendo el apoyo estatal real que incluya alimentación adecuada, un mejor lugar para vivir, viáticos justos y oportunos cuando se viaja y un técnico capaz, dotado de un patrocinio, sin interrupciones ni cambios caprichosos.
No olvido, además, la necesidad de ordenar el enredo y eliminar la superflua cantidad de directivas y asociaciones, con directivos enquistados en sus posiciones, actuando como reyezuelos y perpetuándose en la posición, a pesar de su mediocridad, falta de amor y de respeto por el deporte y por los deportistas que supuestamente representan.
Un amigo me pidió que comentara sobre la presente Copa Mundial. Le indiqué semanas atrás que le pelara el ojo a los asiáticos, especialmente a Corea. Le indiqué la poca diferencia en la cancha entre los equipos del "Primer y el Tercer Mundo" en este torneo, algo que ya se veía venir desde aquel histórico e histérico 1-0 que le dieron precisamente los coreanos a la gran Italia en 1966; el "Maracanazo", el triunfo del Uruguay sobre Brasil 2-1, FUE UN PREVIO EJEMPLO (que forzó humildad sobre los que se creían dueños de la verdad deportiva de aquel entonces). Las diferencias entre equipos del "primer y tercer mundo" no son ya tan marcadas en el aspecto técnico/estratégico: creo que el detalle está en considerar quién mantiene el aspecto emocional imprimido al juego.
Estos equipos del Primer Mundo NO son realmente equipos nacionales. Son más bien equipos de importados, sin ninguna conexión afectiva o sentido de responsabilidad patriótica con la nación o país que representan, así hayan nacido en él.
Además de la carencia de ese aspecto de compromiso emocional, muchos jugadores de planteles del "Primer Mundo" son "estrellas" y como tal manifiestan egos que les impiden ocupar y producir, desde un rol de apoyo y no de protagonismo total, las contribuciones que el momento determine necesarias para el triunfo. Ese elemento de humildad personal es fundamental para el éxito de cualquier empresa colectiva. Pero estas 'estrellas" entran a marcar goles para ellos, no a colaborar para que el país gane el juego. Tal actitud los lleva a protagonismos estériles, rabietas inútiles y a enconos internos divisivos.
Los equipos del Primer Mundo, o los considerados número 1 en el fútbol, parecen no aprender a trabajar como manos y continúan actuando en la cancha como dedos, con el resultado fatal. Se acuchillan entre ellos, incluso, a veces hasta negándose pases en el terreno, por antipatías personales, por envidias y hasta por regionalismos xenofóbicos. Es público el hecho de que Sccilazzi, un italiano del Sur, fue vilipendiado por la mayoría de Italia, a pesar de ser el artífice del triunfo de su país.
Equipos del "Tercer Mundo", que parecen no llevar un chance "en papel", son otra cosa. Primero, la franela del país les pesa en el alma. Cuando salen a representar a su país salen dispuestos a morir en la cancha, a dar el todo por los colores de la patria. Mientras más humilde la nación, menos "estrellas" en el equipo y más cohesión y respeto hacia las indicaciones de su entrenador, (comparen la atención inmediata que jugadores coreanos y japoneses dan a los llamados de atención de sus directivos en el campo).
Ese compromiso produce una ventaja espiritual importante sobre actitudes deportivas definidas por un espíritu de egoísmo mercenario, no por compromiso patriótico.
Por otro lado, resulta un hecho que los entrenamientos técnicos en fútbol del "Primer Mundo" se han universalizado y son estudiados mundialmente, incluso por naciones "en desarrollo".
La posibilidad de presenciar por televisión juegos y juzgar el desempeño de los mejores exponentes en las ligas mundiales de fútbol ha permitido en todas partes del planeta que jóvenes deportistas se entusiasmen, mejoren habilidades naturales e incorporen ideas propias, dominen los planteamientos básicos del juego y adopten modelos de acción que los ayuden a soñar a ser mejores, incluso a superar a esos héroes que los estimularon en su andar. Messi, por ejemplo, es una continuación del genio de Maradona, así como Durán fue posible por un Ismael Laguna.
Los resultados al momento de este torneo Mundial de Fútbol 2010 lo dicen todo.
Portugal 0, Costa de Marfil 0. ¿Y Cristiano Ronaldo? Ya no es suficiente eso; Inglaterra 0 y Argelia 0, algo inconcebible hace 20 anos, hoy una realidad; Serbia 1, Alemania 0, ¡la vida te da sorpresas! ¿México 2, Francia 0? ¡Coge, Maximiliano!
Eslovenia, al borde de clasificarse, y Francia, ex campeona, al filo de la eliminación.
Vendrán muchas correcciones más, estoy seguro. El mundo ha cambiado, aunque aún lo pretendan negar mentes cerradas como casas sin ventanas, que continúan creyendo que estamos en 1950, e insistiendo que son superiores porque sí, porque ESE es su destino manifiesto.
El fútbol no escapa a esta realidad. ¿La final? No sé quiénes la disputarán. Pero no me sorprendería ver a un campeón, que hace 20 años no hubiese considerado posible el hecho, ni siquiera después de una inspiradora visita nocturna a nuestro precioso, pero mal cuidado, Malecón de los Poetas.
En Las Vegas, las apuestas están más enredadas que un "mafá".
Hoy cualquiera puede ser campeón. Incluso Panamá, si aprendemos a ser manos y no dedos, también lo podrá ser y no solo en fútbol.