En el reducido espacio de esta columna —más o menos 440 palabras—, me referiré a las diez páginas de los dos primeros capítulos de Rayuela. Es sabido que Julio Cortázar invita al lector a elegir entre dos lecturas: la que empieza desde las primeras páginas y la que empieza en el capítulo 73 y sigue una lista de capítulos ordenados en un tablero de dirección. Si leemos de manera convencional el primer y segundo capítulo, narrados en primera persona, no sabremos quién narra, quién describe a la mujer Maga, al personaje Maga. En el tercer capítulo un narrador omnisciente descubre que es Horacio Oliveira el narrador liminar. Es probable que Cortázar escribiera el tercer capítulo primero y luego añadiera los dos primeros. Es una técnica musical y Cortázar por su afición a la música, seguro la conocía. Las oberturas de las óperas se escriben cuando se ha compuesto toda la obra. Solo así ese movimiento introductorio, puede citar los temas musicales que luego escucharemos.
Dice el escritor chileno Alejandro Zambra, que las novelas buenas se entienden menos que las malas. Para un lector de Paulo Coelho o Arturo Pérez-Reverte, Rayuela resultará compleja por la cantidad de referencias y la erudición del escritor. ¿Cómo imaginar «una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst», si no se conoce la obra de los pintores? ¿Cómo representar la «imprecación de walkyria», si no se ha escuchado la 'Cabalgata de las valquirias' de Wagner? ¿Cómo asociar la frase «... pensando en olores y caras, conseguía extraer de la nada un par de zapatos marrones, que había usado en Olavarría en 1940» con la memoria involuntaria de Marcel Proust, si no se ha leído 'Por el camino de Swann'? ¿Y la patafísica de de Alfred Jarry y los 'Cantos de Maldoror' del conde de Lautréamont y 'Melmoth el errabundo' de Charles Maturin?

Cortázar le da un respiro al lector bisoño y entre referencias eruditas intercala frases prosaicas: «En la mesa había una gorda pelirroja, otra menos gorda pero igualmente putona, ...». Nos distrae con el juego del oxímoron: silencio ensordecedor; vidente ciego; películas mudas estridentes y el más poético «... para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos». Nos regala una imagen sensual de la Maga, que no se mira en el espejo, sino que se pasa los ojos por el reflejo de la piel en una lenta caricia.
El mundo Maga es impredecible, desordenado, sin rutina, opuesto al mundo del lector Coelho o Pérez-Reverte, un lector que vive «de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven».


