Inocencio solía pedirle permiso a los padres de los niños para que los sábados en la noche, durmieran en la casa parroquial y no llegaran tarde a la primera misa de los domingos. Los padres aceptaban gustosos sin saber a lo que exponían a sus hijos. Se sentían más cerca del cielo prometido, con sus hijos tan activos en los servicios de la iglesia.
Cortés me dijo que lo que me iba a contar era un recuerdo que lo martirizaba, un recuerdo recurrente, que le llegaba en los olores, los sabores, un martirio que lo agarraba a veces distraido para recordarle esa parte oscura de su infancia, en la que su único delito fue ser niño y vivir en el amparo de una familia humilde y católica.
En el cuarto donde dormían cuando se quedaban en la casa parroquial había cuatro camas. Aquel sábado el padre Inocencio llamó a Cortés para que fuera a su habitación. Tenía seis años y no le pareció extraño porque en otras ocasiones otros niños habían dormido con él. Cuando entró a la habitación el padre Inocencio cerró la puerta con seguro y le dijo a Cortés que se sentara en la cama que iban a rezar. Le pidió que cerrará los ojos y juntara las manos en posición de oración. Empezó el Padre Nuestro que Cortés repetía después de él. Cuando dijo "hágase tu voluntad" sintió la mano del padre Inocencio sobre su muslo, llevaba pantalones cortos y el padre lo acariciaba lentamente de abajo hacia arriba. "Se me paró el corazón", dijo Cortés, "no podía respirar". Abrió los ojos un poquito y vio que el padre Inocencio tenía el miembro afuera y se lo tocaba con la mano que no lo acariciaba. "No nos dejes caer en la tentación", Cortés seguía con las manos juntas y las pegó al pecho para protegerse, "y líbranos del mal", buscando algo o alguien fuera de este mundo que lo protegiera, que lo sacará de aquel instante tan extraño que no entendía. "Amén", dijo el padre Inocencio y le pidió que no abriera los ojos, entonces hizo unos ruidos como si se ahogara y lo agarró por la cabeza, se la agachó y le restregó el miembro a la cara que le quedó llena de semen. El padre Inocencio se levantó, se limpió con una toalla y luego le limpió la carita a Cortés. Le dijo que esto no se lo debía decir a nadie que era entre ellos y que era una forma de amor que a Dios le gustaba, pero que debían mantenerla en secreto. El padre Inocencio abusó sexualmente de Cortés por más de siete años.