Ante todo, deseo agradecer profundamente a la Comisión Directiva de la Fundación Eleta por honrarme con esta oportunidad de compartir algunas reflexiones acerca de los temas centrales que constituyen los ejes de trabajo de la Fundación.
Al decir de muchos especialistas, no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época, un momento de la humanidad de profunda trascendencia para el futuro de nuestra especie, tal vez comparable con el paso de la sociedad agraria -en donde el valor fundamental era la tierra- a la sociedad industrial -donde el valor fundamental fue y aún es el capital financiero. Nuestros modelos de éxito social conocidos se basan esencialmente en alcanzar logros económicos y materiales, en donde muchas veces el fin justifica los medios, sin importar el costo ni las consecuencias. Quien no logra alcanzar determinado estatus económico no es considerado exitoso.
Y tal vez por haber puesto demasiado el acento en el capital financiero, en modelos de desarrollo basados esencialmente en las utilidades económicas, es que como especie hemos descuidado otros tipos de capitales tal vez mucho más importantes para nuestra subsistencia que el dinero. No hace falta mirar muy lejos para ver las graves consecuencias que tiene para nuestro hábitat natural la depredación de la naturaleza en busca de esos satisfactores materiales que harán girar la rueda de una supuesta riqueza, que termina empobreciéndolo todo. También nuestro hábitat humano, nuestras sociedades se encuentran ante serios desafíos que amenazan nuestra integridad a diario, como es la violencia, la exclusión, la degradación educativa y el desempleo. Todas estas consecuencias, justamente, de la imposibilidad de muchos de llegar a construir ese capital financiero, supuestamente necesario para alcanzar la autorrealización.
En tanto, sigamos creyendo que la principal necesidad humana es la de la subsistencia y descuidemos otras dimensiones del ser, seguiremos en busca de una quimera que ya ha demostrado ser sólo eso, una quimera. Por otra parte, el costo que pagamos por ello acorta ciertamente nuestra existencia sobre la Tierra. De ser cierto que la verdadera realización como humanos pasa exclusivamente por la posesión material, entonces las sociedades “desarrolladas” que han logrado dar respuesta a esta dimensión, deberían ser paraísos en la Tierra y, sin embargo, en muchas de estas, la principal causa de muerte es el suicidio, con importantes indicadores en términos de ingesta de alcohol, drogas, violencia intrafamiliar y, tal vez la principal causa de angustia: soledad, aislamiento y apatía. Estas sociedades envejecen a ritmos siderales. Sabemos hoy que en 20 años más, la población gris superará ampliamente a la población laboral, dado que las tasas de nacimiento son negativas.
Sabemos también que nada de esto se combate por cualquier medio. A la violencia no se la combate con más violencia. A la drogadicción y alcoholismo no se le combate con políticas restrictivas. A la ignorancia no se le combate con decretos. A la falta de deseo de vivir y de reproducirse no se le combate con incentivos fiscales o premios financieros por tener más hijos.
La dimensión de la subsistencia es una de las necesidades básicas del ser humano, pero no es la única y tal vez tampoco la más importante. Tal como lo demuestra el economista chileno Manfred Max Neef con su modelo de Desarrollo a Escala Humana, según el cual el ser humano posee una serie limitada y concreta de necesidades que han sido las mismas desde que existe la humanidad: subsistencia, identidad, protección, ocio, entendimiento, creación, afecto, libertad y participación. Son 9 dimensiones que a modo de matriz interactúan y dan forma a nuestra particular mirada sobre la vida. Todas estas necesidades básicas, en realidad, constituyen un formidable sistema evolutivo, dado que a cada una de estas necesidades se oponen satisfactores que habrán de depender de cada época, cultura, moda, tecnología y creatividad.
Así, el ser humano ha ido evolucionando de época en época construyendo un gigantesco patrimonio cultural y material relacionado íntimamente con el patrimonio natural disponible que ilustra su historia como especie en búsqueda de la satisfacción de esas necesidades básicas. En otras palabras, cada pueblo, cada nación, cada grupo organizado define su modo de satisfacer estas necesidades a partir de su identidad y de su relación con el patrimonio tangible e intangible.
Curiosamente, cuando se analizan los comportamientos de los jóvenes que ingresan a las maras, como es en el caso de Guatemala, su justificación para ello está relacionada con casi todas las dimensiones mencionadas por Max Neef: en la mara encuentran lo que no encuentran en la sociedad: identidad, protección, ocio, entendimiento, creación, afecto, libertad y participación. El marero lo dice claramente: es la familia que nunca tuve, aquí soy libre y por eso hago lo que hago.
Del modo inverso, experiencias tales como las implementadas en la ciudad de Medellín en Colombia, demuestran que la puesta en valor del propio patrimonio cultural y social, es decir, la propia identidad, logra generar transformaciones que de otro modo serían imposibles. Antes de la intervención del alcalde Fajardo, el índice de asesinatos violentos era de 300 por cada 100.000 habitantes. La estrategia implementada consistió en instalar en los barrios más conflictivos, centros culturales de última generación abiertos a la comunidad que fueron apropiados por la misma comunidad, respondiendo, justamente, a las necesidades mencionadas. Como resultado, en el término de 4 años se logró reducir la cantidad de muertes violentas de 300 a 30 por cada 100.000 habitantes, es decir, el 90%. Y todo, simplemente por haber puesto en valor el patrimonio tangible e intangible de la cultura.
Es hora de preguntarnos como especie qué nos está pasando y qué podemos hacer para ingresar a esta nueva y prometedora era del conocimiento y de la creatividad con esperanza y optimismo. Es hora de revisar nuestros supuestos básicos y animarnos a cuestionar lo que hemos dado por sentado como única verdad. Afortunadamente, una parte importante de la sociedad se hace estas preguntas y por este motivo estamos hoy aquí reunidos, en búsqueda de nuevas opciones.
Tal vez la pregunta más importante hoy sea cuáles son las responsabilidades que nos competen como ciudadanos y como organizaciones, sean estas empresas, fundaciones, el Estado y otras. Y si es cierto todo lo esbozado en este breve racconto, que es necesario revisar profundamente los supuestos acerca del éxito y de los valores fundamentales, lo que hace falta es intervenir creativamente en la sociedad para mejorarla. Y para ello tenemos diversos caminos. Uno, el que ha elegido la familia Eleta, a través de la creación de la Fundación Eleta, cuyos objetivos principales son:
a.Fortalecer la identidad nacional.
b.Apoyar la preservación del patrimonio cultural y natural.
c.Promover la educación ciudadana y el desarrollo sostenible.
Genuinamente, creo que es mucho más que esto. Es un acto de ciudadanía responsable asumiendo un papel protagónico en un momento de profundas incertidumbres para la humanidad. Creo que es un acto civilizado y maduro que busca por sobre todas las cosas construir certidumbres, sugerir rumbos, orientar la acción, educar y generar esperanza, bien tan escaso en estas épocas.
Y dado que la primera actividad de la Fundación es el lanzamiento del premio de prensa anual denominado Fernando Eleta Casanovas y coordinado por el Centro Latinoamericano de Periodismo (CELAP), necesariamente debo de destacar la importancia fundamental que en este proceso de construir certidumbres posee el sector del periodismo.
Pocos sectores como este poseen la capacidad de permear la sociedad en todos sus estamentos y capas. La llegada de las nuevas tecnologías de comunicación y de información han abierto dimensiones absolutamente inéditas para la práctica del periodismo responsable, en alianza con los medios masivos de comunicación. Las herramientas más poderosas en términos de información, divulgación y formación de opinión están en manos de nuestros queridos periodistas. Son los narradores de la realidad, proveyendo información para que cada individuo pueda construirse una imagen de la realidad cercana y lejana.
Y así como los medios actuales sientan nuevos precedentes en la práctica periodística, es esencial que el periodismo sea crítico con su propia práctica y acción. Que no descuide las dimensiones mencionadas aquí en relación con el cuidado del patrimonio cultural y natural y de la propia identidad, dado que allí están las claves para nuestra supervivencia como especie y para el desarrollo en la era del conocimiento.
Para esto, es necesario que el periodismo panameño se sume activamente a iniciativas como esta, participando de esta propuesta, proponiendo temas, investigando con sentido crítico y enriqueciendo así su propia acción profesional. Estamos ante una gran oportunidad en la que todos saldremos beneficiados, y sabemos que las ventanas de las oportunidades, así como se abren también se cierran.
Por último, deseo felicitar a la familia Eleta por el valor que representa asumir estas responsabilidades, por continuar con su tradición de marcar nuevos rumbos en el universo de los medios en Panamá y con la certeza de que su misión fundacional será ampliamente satisfecha y apoyada por el conjunto de la sociedad panameña.
*Ponencia pronunciada durante la presentación de la Fundación Eleta y el Premio de Prensa Fernando Eleta Casanovas.