Históricamente, la mayor parte de las reformas educativas parecen ser el resultado del liderazgo ejercido por cierto individuo o grupo: raramente surgen como demanda general del pueblo mismo. El Renacimiento, por ejemplo, tuvo todas las características de una rebelión educacional, pero sus resultados, para las escuelas, fueron desalentadores. En lugar de usar el espléndido contenido de la enseñanza nueva, los educadores se enamoraron de las formas lingüísticas del latín y el griego, y las escuelas quedaron confinadas casi por espacio de cuatro siglos, al estilo clásico formal, sin ningún examen de sus resultados e influencias.
Se destacaron figuras rebeldes contra ese estado de cosas --como Bacon, Locke, Montaigne y Comenio-- pero su mensaje no fue objeto de seria atención durante su época.
Fue Rousseau el primero en suscitar un movimiento de reforma, que ha crecido hasta constituir el ideal educativo progresista del pensamiento contemporáneo. Lo que él dijo con tanta vehemencia fue traducido en máximas prácticas sobre métodos escolares por Pestalozzi, Herbard y Froebel, y desde ellos una línea directa conduce a las ideas modernas de John Dewey. La filosofía educativa de Dewey tuvo un profundo efecto en los Estados Unidos de América, Alemania, Holanda, Suiza y en la mayoría de los países de habla inglesa.
Otros predicadores del nuevo evangelio educacional fueron el obispo Grundtvig y Christen Kold, en Dinamarca, quienes inauguraron el movimiento de la Highschool Nacional, así como el filósofo Gentile, de Italia, que obró maravillas como ministro de Educación en los primeros días del régimen fascista, aunque el giro crecientemente militarista de la política mussoliniana le obligó a abandonar su puesto. Acaso podemos decir que los países que cayeron bajo la influencia de tales reformadores hubiesen sido afortunados, pero solo si, al mismo tiempo, la coyuntura hubiese sido favorable para la recepción de dichas ideas.
Es de notar que los países con sistemas centralizados de administración educacional parecen ser menos receptivos, para los nuevos movimientos educativos, que aquellos otros donde la administración está centralizada. Francia, Japón y los Estados australianos, países con sistemas sanos y bien organizados de educación, contribuyeron poco al experimento educacional y al progreso, con anterioridad a 1940. Las viejas ortodoxias se mantenían fuertemente atrincheradas.
Existían pocas bibliotecas escolares, se abusaba en demasía de la enseñanza oral, y los exámenes tendían a dominar los procedimientos escolares. Ciertos cambios que, en definitiva, fueron impuestos desde arriba, y la atmósfera del conformismo a un programa establecido, impidieron que surgieran nuevas ideas generadas en el pensamiento constructivo y en la experiencia de los educadores mismos.
Japón se pronunció por la descentralización, y es interesante advertir que, en el decurso de seis décadas después, se ha registrado una diversificación muy amplia en los cursos, y, a la vez, una experimentación educacional muy considerable. Japón representa un país donde la intensa movilización llevada a cabo durante la Segunda Guerra Mundial empobreció la nación y dejó su sistema educacional casi totalmente en ruinas. Sin embargo, se recobró de modo muy notable, en un periodo demasiado breve, ayudado por los Estados Unidos de América, y produjo un nuevo plan de educación democrática que retuvo muchos de los rasgos buenos del sistema antiguo, descartando, en cambio, el énfasis sobre el carácter autoritario tradicional. Para 1965 sus edificios escolares se hallaban ya reconstruidos, y su sistema educativo se había alineado como uno de los mejores y más liberales del mundo.
Los educadores y las administraciones escolares se han dado cuenta, hace mucho tiempo, de lo mucho que tienen que aprender de las prácticas de otros países. Aunque los problemas parecen ser muy semejantes en otras latitudes, las respuestas arbitradas para solucionarlos difieren ampliamente. Cada país, en efecto, desarrolla el tipo de sistema educacional que mejor se adapta a sus necesidades, según su propio criterio. Las diferencias en el trasfondo histórico, en las condiciones económicas y sociales, y en los puntos de vista son tan notorias, que ningún país puede adoptar el sistema escolar de cualquier otro país. Sin embargo, las luchas y los éxitos de otros sistemas escolares pueden enseñar a los educadores que gran parte de ello puede ser útil para la solución de sus propios problemas.
En los últimos años del siglo XIX la psicología educativa comenzó a adquirir importancia, y el énfasis en la tarea escolar comenzó a desplazarse de las materias de enseñanza a las necesidades de los educandos. El progreso fue lento dentro de esta influencia educacional nueva, pero se ha registrado una aceleración notoria desde 1910. Los Estados Unidos de América, Inglaterra y Alemania adquirieron prominencia en la aplicación de procesos psicológicos a los métodos de enseñanza. En la actualidad, apenas existe un país donde el sistema educacional no se vea afectado por los resultados de la investigación psicológica, que se acumulan rápidamen te.