El tema de la supervivencia de la legislación restrictiva del ejército de la libertad de expresión sigue interesando a la opinión pública y no solamente a los propietarios, directivos y profesionales que laboran en los medios de información.
Tenemos en común el conocimiento de la actitud que tradicionalmente han exteriorizado los poderes, es decir los gobernantes.
Esto de recoger, clasificar y difundir noticias ha sido un menester antiquísimo, en el cual se han ocupado gentes de la más diversa índole, desde los trovadores provenzales que entonaban sus inspiradas estrofas narrativas en la lengua de oc (y que no deben confundirse con los troveros franceses, que usaban la lengua de oil), hasta los menanti que resultaron ser los más ciertos antepasados de nuestros reporteros que hoy circundan, grabadora en mano, a los políticos y funcionarios.
Sólo que ellos interrogaban a los tripulantes y pasajeros de las naves que eran acoderadas en el extremo del Adriático al concluir en Venecia sus viajes desde los puertos de Mediterráneo Oriental, principalmente Alejandría, y desde Constantinopla, en el Bósforo. Después de hacerles jurar que dirían la verdad, recogían los relatos, los preparaban para redactarlos con un estilo verosímil y los remitían a sus suscriptores que eran, como puede suponerse, los banqueros y agiotistas de la época.
Porque, como nos enseñaba el profesor Raymond Nixon, la gente vinculada con las finanzas siempre tuvo la primera y mejor información sobre los acontecimientos de ultramar, y esto, aunque parezca mentira, cinco siglos antes de la “globalización”.
Hasta ese momento los poderes políticos y gubernamentales, al parecer, no habían descubierto en toda su importancia el influjo de la transmisión de noticias, y apenas se ocupaban de los trovadores y de los menanti cuando en sus coplas o en sus reportes (porque también se les llamó por ello “raportisti”) inferían alguna ofensa al señor o gobernante, o al Papa, que entonces tenía, y vaya que lo ejercía, poder político terrenal.
El castigo – y la cita vale ahora que la palabra de moda es la ‘despenalización’ – consistía casi siempre en el destierro, acompañado con una nota o biglietto de infamia, que en la práctica obligaba a cambiar de oficio. Otras veces al trovador se le cortaba la lengua, para silenciar su trabajo, mientras que el menanti calumniador o difamador se le cortaba la mano con que escribía.
Como se puede deducir, desde entonces la profesión periodística fue tan arriesgada como ahora. Quizás con la diferencia de que en esta época, con el avance en el armamentismo, el periodista perseguido y condenado por alguno de los poderes que hoy existen, padece una muerte más rápida, usualmente perforado por ráfagas de metralletas.
Pero la época difícil estaba por comenzar, y esto ocurrió cuando la imprenta de Gutenberg puso a disposición de los ‘escritores de avisos’ una forma de multiplicar las hojas informativas, que hasta entonces habían sido manuscritas.
Y allí fue cuando los poderes gubernamentales descubrieron la forma de ejercer control sobre una peligrosa técnica de difusión, para lo cual se abrió a sus designios el campo de las patentes comerciales que fueron aplicadas a las máquinas de imprimir y a los nacientes talleres de imprenta o tipografías. La patente real otorgada a un impresor permitía un próspero ejercicio comercial. Pero incurrir en la ira del soberano significaba la pérdida de la patente, la confiscación de la imprenta y la ruina de autor del ultraje.
Parece que los señores y monarcas europeos del Renacimiento compitieron en el control de la actividad tipográfica, que generó la más acelerada revolución que hubiese conocido la humanidad.
Para calibrar esto, se puede citar un interesante juicio, según el cual, San Francisco de Asís fue un reformador de la Iglesia Católica más radical que Martín Lutero, pero con la diferencia que no tuvo imprenta. Lutero sí, y sus folletos circularon aceleradamente en el siglo XVI, alcanzando prácticamente a toda Europa en muy corto tiempo.
Los ingleses no incurrieron en medidas tan ordinarias como las de sus ‘homólogos’ continentales. Ellos aplicaron un sistema bastante refinado para la época: la aplicación de impuestos sobre el consumo de papel, que dejó a disposición del soberano la posibilidad de estimular o restringir la actividad de los impresores, dependiendo de su actitud en relación con la Corona.
Este sistema ha tenido muy buenos discípulos en tierras americanas, por ejemplo en México, donde el PRI lo usó hasta hace pocos años para estimular a los periódicos amigos y desestimular a los enemigos. E incluso en Colombia, donde el último presidente periodista, Belisario Betancur, grabó su nombre en nuestra memoria, pero gravando el papel destinado al consumo de periódicos, en una medida que significó la quiebra de algunos de los 38 diarios que en 1984 circulaban en ese país, y permitió a grupos financieros y consorcios políticos apoderarse de las rotativas cesantes, a muy bajo costo, como puede suponerse. (Otro día he de contar a manos de quién fue a parar la rotativa del diario “La Tierra”, de Tunja).
No se pude cerrar esta rápida visión de los conflictos entre poderes políticos y periodistas sin hacer una referencia al contraste notorio que se suele dar entre la actividad de los periodistas y la actividad de los diplomáticos. Porque, según se recordaba recientemente en este diario, los diplomáticos cumplen la misión de ver e informar para su país lo que observan en la nación donde están destacados. Al cabo de dos o tres o más años de desempeño de la misión, reciben una condecoración del país que han estado observando.
En cambio, a nosotros los periodistas, y especialmente a los corresponsales extranjeros, los funcionarios de los diferentes gobiernos nos deparan un tratamiento que no se compagina con el ejercicio de una profesión sin la cual el mundo carecería de información y, por lo tanto, de la savia vital para impulsar toda su vida de relación.
Si el lector quiere un ejemplo, puede examinar el papel que ha desempeñado una cadena estrictamente informativa de televisión, CNN, en cada uno de los conflictos y acontecimientos de los últimos 18 años, desde aquel día del asesinato de Sadat durante un desfile militar cerca de El Cairo. Los jefes de Estado y aún los estrategos militares, primero atienden a la televisión y luego, mucho tiempo después, a los informes de “los conductos regulares”.