ace algunos años, un conocido antropólogo y sociólogo panameño, me narró la siguiente anécdota. Un amigo profesor en una de las extensiones regionales de la Universidad de Panamá, le pidió que leyera un trabajo de graduación preparado por uno de sus estudiantes. Gustoso, accedió. Mientras leía, comenzó a sentir que el texto era conocido. El tema se refería a uno de los primeros trabajos de antropología rural en la provincia de Chiriquí, tema sobre el cual nuestro amigo había trabajado en sus primeros años en una institución del Estado. Buscó su texto, el cual había sido editado en formato rústico y distribuido entre amigos y algunas instituciones, y confirmó lo que sospechaba: el trabajo era un plagio absoluto de principio hasta el final. Llamó a su amigo, el profesor, y le comunicó la novedad. Este, muy nervioso, prácticamente se negó a tomar acción contra el estudiante argumentando que ya los padres habían organizado todo lo relacionado con la fiesta de graduación del hijo. Casi impotente para hacer algo, nuestro amigo vio cómo pasaba impune una de las muestras de plagios que ocurren en la Universidad con más frecuencia de lo que uno se imagina.
Mi propia experiencia tiene elementos parecidos, aún con profesionales que hoy ocupan o han ocupado puestos de alguna importancia en el engranaje estatal o universitario e incluso de organismos internacionales. No siendo mi trabajo muy conocido, aunque sí aceptado por nuestros pares, es probable que sea más fácil para algunos copiar tales trabajos. Pero no es mi interés hacer esta narración personal, pero si como constancia de actitudes que son extendidas más de lo que uno quisiera aceptar en un medio que ya peca de abuso de la ignorancia y de la confianza de todos. Lo difícil aquí es que de haber denuncias, las mismas no se interpretan como un problema de orden profesional sino como un conflicto de intereses personales entre dos personas que no congenian.
El público tiende a ver estos enfrentamientos como pugilatos, sin medir el contenido e importancia del conflicto. Evita querer mediar como arbitro pues desconoce las reglas para establecer las diferencias.
Por la experiencia de otros colegas, el plagio parece ser una práctica cultural extendida en nuestro medio. No pretendo comparar con otras latitudes. Basta con que la experiencia sea nuestra para decidir si es negativa.
En los trabajos de oficina, gente con ideas pero subalterna, cuentan historias de robos de ideas por sus superiores sin reconocimientos de ninguna clase.
El miedo a la autoridad suspende cualquier reclamo. Conozco el caso de un administrador de una empresa familiar, graduado de abogado, a quien un subalterno, también abogado, le hizo la tesis. Por suerte, el personaje nunca ha ejercido.
En la universidad, el plagio parece ser la actitud y práctica corriente, sin que implique resquemor u ofensa moral. Lo que llama la atención es la manera casi natural de cómo muchos estudiantes copian trabajos de otros, libros y artículos, en condiciones que no admiten dudas del poco respeto que puedan tener a las normas que regulan la circulación de ideas entre los profesionales. Y mucho menos parece interesarles la opinión del profesor, convencidos de que su tarea no será revisada. El internet ha facilitado la práctica. Más aún, han desarrollado un sistema de división del trabajo para tareas que deben realizar en equipo, indicación que se ha interpretado como división en aportes al coste del trabajo, de quién escribe (o revisa), quién recoge información, quién organiza, pero difícilmente un proceso de integración y aprendizaje de conjunto que implique trabajo intelectual de equipo. Y casi siempre, los textos son copiados no como una apropiación personal de tales ideas, que tal vez podría ser hasta aceptable si ello produce más adelante nuevas ideas. Por el contrario, se copian como fórmulas para salir del paso frente a una tarea que un profesor ha establecido. El plagio pasa así desapercibido pues muchos profesores parecen no darse cuenta o prefieren no darse cuenta que sus estudiantes no redactan ni desarrollan tales habilidades al menos en esas etapas de su formación.
Otro ejemplo es la de una estudiante graduanda que le confesó cándidamente a un colega que ella hacia trabajos de investigación para tesis de otros, redacción, etc. , dicho sin rubor, por dinero. Hay equipos y oficinas, dentro y fuera de la universidad, que alivian la carga a los estudiantes, por sumas significativas, cuyos anuncios son tan explícitos que solo les falta decir que el trabajo es garantizado sin su aporte.
Todo ocurre como si el plagio intelectual fuese desconocido como delito, moral o legal, y más como un recurso útil y conveniente y hasta demostrativo de habilidad. Poco importa que se les advierta de que se les evaluará los trabajos por su dedicación personal a desarrollar el tema, de acuerdo con sus capacidades, conocimientos e investigación. No pocas veces he visto estudiantes sorprendidos y hasta ofendidos por el rechazo de un trabajo bajo estas condiciones.
Al tratarse de un problema viejo, la tendencia se ha convertido en norma de la cultura de la academia. Una explicación puede encontrarse en las prácticas de aprendizaje de los estudiantes en las escuelas primaria y secundaria. Es común escuchar y ver que los trabajos en las escuelas primarias y aún secundarias son hechos por los padres; o son estimulados por ellos a que se copien. Y ya sabemos del papel de la memoria sin un mínimo de creatividad o de análisis y abstracción de los contenidos en nuestro sistema educativo. El no saber cómo pensar, investigar, ni organizar información realizada por otros, viene así de arrastre.
Es probable que los estudiantes confíen en la carga de trabajo de los profesores para hacer pasar sus trabajos como propios, cosa que puede ocurrir eventualmente. Al final, los estudiantes se especializan en copiar y aprender de memoria textos que apenas si comprenden, una práctica que se repite en la vida profesional, matizada por la experiencia. En la secundaria, la rutina conduce al profesor a ignorar o tolerar estas prácticas, pues lo determinante no es el trabajo en sí sino su entrega formal como muestra de responsabilidad. O, en otros casos, la dificultad que el maestro o profesor encuentra para verificar el contenido o fuentes de los autores pues teme mostrar su ignorancia.
El plagio en cualquiera de las circunstancias señaladas es una de las formas de corrupción intelectual que afecta la formación de profesionales en este país, y se podría decir que es la antesala de la corrupción administrativa de los que usan cuello y corbata.