Aún cuando se escucha hablar del Premio Rogelio Sinán, hay quienes preguntan de qué se trata. No debía ser así; el certamen que convoca la Universidad Tecnológica de Panamá desde 1996, a través de su Dirección de Difusión Cultural, hoy bajo la coordinación del poeta Héctor Collado, no solo lleva el nombre de nuestro escritor más prestigioso, a quien se buscar honrar, sino que se extiende al ámbito centroamericano, convocando a sus mejores plumas en tres de los géneros que cultivó Bernardo Domínguez Alba (1902-1994): cuento, novela y poesía.
Justo es decir, en particular en un medio en el que los reconocimientos, cuando se dan, suelen ser mezquinos y a destiempo, que el Premio Sinán es otro de los productos culturales que a lo largo de su vida profesional ha dejado al país Enrique Jaramillo Levi, escritor que a la par de su producción literaria, y sin escapar a las controversias y a los errores humanos que siempre acompañan al que decide inaugurar caminos en el yermo, ha ido abriendo puertas y ventanas inobjetables por las que entran resplandores que iluminan a todos.
Los ganadores, que son evaluados por dos jurados panameños y uno extranjero, reciben un pergamino y la publicación de la obra; además, un incentivo económico bastante atractivo: B/ 4,000 hasta este año, cuando en una encomiable iniciativa, el Instituto Nacional de Cultura unió esfuerzos con la UTP y lo subió a B/ 10,000, una acción por la que merecen felicitaciones las autoridades del INAC, pues la categoría y el ámbito del premio así lo merecían.
La primera vez que se convocó a los escritores centroamericanos para que participasen en el certamen, se recibieron 17 novelas, pues ese fue el género con el que se inició, mereciendo el premio Manuel Corleto, de Guatemala; en 1997 se recibieron 28 libros de cuentos, siendo el galardón para Justo Arroyo, de Panamá; y en 1998, con 31 poemarios en la liza, Miguel Huezo Mixco, de Guatemala, obtuvo la presea.
El certamen ha recibido el respaldo de los escritores y de las instituciones culturales de Panamá y Centroamérica, consolidándose paso a paso. Entre la lista de ganadores en estos últimos años figuran la poeta salvadoreña Carmen González Huguet, y de ese mismo país son los narradores Jorge Ávalos y Carlos Soriano. De Guatemala, lo ganó Franz Galich (q.e.p.d.), en novela; de Costa Rica, Ronald Bonilla, en poesía; mientras que Panamá ha marcado alto con escritores como el ya mencionado Arroyo, Ernesto Endara y Alondra Badano, en cuentos; Ramón Varela Morales y Basilio Dobras, en novela; Lucy Chau, en poesía, al igual que Porfirio Salazar; y este año Javier Alvarado, nuevamente en poesía.
Trasladando esto al ámbito deportivo, nos encontrábamos, hasta este año, en un empate con los escritores centroamericanos, siete contra siete en el Premio Sinán; Javier Alvarado logra el desempate, que llega justo cuando el premio adquiere nuevas dimensiones. ¿No es este un doble motivo para celebrar? Yo creo que sí, en el campo de las letras regionales centroamericanas, nuestros escritores mantienen en alto el nombre del Istmo.
Sobre Javier he realizado varios comentarios en mis columnas; lo considero, junto con un buen número de escritores jóvenes, parte de un relevo generacional que nos hace mirar hacia el futuro con confianza, porque no dejarán que la miasma que amenaza con aherrojarnos los pies y subir por el cuerpo social, llegue a asfixiar los días por venir, haciéndonos una nación de estultos embelesados en los aromas de la manipulación. Sobre su obra hablaremos el próximo domingo.
Que la palabra te acompañe.