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El príncipe de los libros

“Un recital de ovejas ante un tribunal de lobos” César Young N.


Ya no me funciona el recurso de subir las escaleras de espaldas para no cansarme autosugestionándome con que voy bajando. Los tres pisos que escalé para llegar al apartamento de mi amigo Cèsar Young Núñez me sacaron el aire. Imposibilitado para caminar despacio, tampoco puedo subir escaleras cojeando. ¡Zuás, ahí voy! Y quedé lengua afuera, jadeando como perro.

El asunto a tratar con César era de cajetas para su próxima mudanza a un cercano edificio. En las cinco que llevé apenas si cabrá una hilerita de libros. Por suerte se muda a un primer alto. También envejece el Príncipe de los Libros. Si la única aristocracia que reconozco es la del talento, a mi amigo le corresponde el rango de Príncipe, el más alto, puesto que el rey no existe.

Mis visitas a César han sido tan esporádicas como las de él a mi cueva (cada nueve años y medio). Debo anotar que siempre me impresionaron (léase envidié) sus libros. Claro, veía que nuestras bibliotecas crecían, pero la de él siempre duplicaba la mía.

 

¡Libros, libros, buco libros! Desde que entras, se levanta ante ti un sólido montículo de libros, desvergonzadamente acostados unos sobre otros, dizque a la espera de tablillas. En los anaqueles marca el paso un ejército de dos en fondo. Las recámaras están forradas de libros que se aprietan, humeantes como la cachimba de Popeye.

Cuando César baja a comprar hortalizas, a platicar con Henao, o de cacería a Exedra, ¿que crees que hacen los libros en su casa? ¡Una fiesta de pensamientos, sancochos de letras, hechizos de abecedarios, trampas de risa, tormentas de poemas! Hasta se atreven a caminar por el filo del balcón. «Lástima -dice César- que mis libros no copulen y comiencen a parir mellizos o súcubos o páginas rosas».

Este palacio de libros no huele a santidad sino a genios conviviendo en erupción. Allí Maimónides pulsea con Cioran, Santo Tomás de Aquino baña con burbujas a Platero, Nietzsche y Plutarco tratan de adoctrinar a Ynodoro Pereira, Aristóteles escala la Montaña Mágica, Sinán encuentra su temps perdu, Un canario chino canta en la mano de Huckleberry Flynn, y Cyrano de Bergerac discute con Kafka, mientras César convence a Shakespeare que entre ser y no ser, lo mejor es la y griega.

 

Volveré dentreo de nueve años, César Joven, quiero decir Young, y espero me permitas, como ahora, pasar la mano por esos lomos tan sabrosos.


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322931
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América