1
El teléfono sonó una y otra vez sin que Vanessa lo contestara. No podía imaginarse quién la llamaba a esa hora de la noche. Cuando por fin levantó el auricular, la voz que apareció al otro lado la confundió hasta la médula: ¿a quién diablos pertenecía ese tono?
El desconocido le pidió que salieran juntos. Entonces supo quién le hablaba. Se sorprendió tanto, que aceptó la cita sin querer. Quizás se sintió obligada por la autoridad que él era.
Le dio fechas y horarios y ella aceptó cierto día, cierta hora. Repitió la información para confirmar y colgó sin dilatarse. Ella se metió en la cama, aún pensando en lo que acababa de ocurrir, y vio hasta dormirse capítulos de la temporada pasada de Friends.
La cita fue un fiasco. Él permaneció en silencio mientras Vanessa intentaba hacerlo hablar. Ella pensó que no volverían a encontrarse, pero él llamó sistemáticamente por las siguientes tres semanas. Vanessa aceptó que salieran nuevamente.
En la segunda oportunidad, fueron a un restaurante filipino y pidieron platos diferentes con el fin de que ambos los probaran. Él, contrario a la vez anterior, habló de sí mismo bastante. Dijo que era hijo de un luterano activo y de una madre cantante de ópera; que usó un aparato de ortodoncia horrible hasta los diecisiete; que había completado un máster en Matemática y que adelantaba un doctorado en la misma disciplina; que se había divorciado de su esposa por infidelidades de ella; que era profesor desde hacía diez años…
A Vanessa no le cabía duda de que sus confesiones no eran espontáneas; seguramente las había planeado antes de la cita. Pero era lindo, pensó, que se hubiera tomado la molestia. Con ese y otros encuentros crearon un espacio común al que no podía entrar nadie más. Era un espacio que construyeron con ilusiones, pero también con disciplina. Al año de estar saliendo, contrajeron matrimonio.
John Baskin, su antiguo profesor de Matemática, era quien se convertía ahora en su esposo. ¿Quién lo habría creído? La relación en clases siempre fue respetuosa y distante. ¿Cómo llegó a llamarla a horas impropias, compartir con ella comidas étnicas y besarla en salas de cine alternativo? Si se hubiera detenido a pensar más las cosas, Vanessa se habría dado cuenta de que John guardó el deseo hasta casi reventar.
2
Diez años después del matrimonio, Vanessa era otra persona. Iba regularmente al nutricionista y se había convertido en ejemplo de vida sana. Hacía ejercicios en un gimnasio privado – pagaban mensualmente doscientos dólares por la membresía – en donde tenía un instructor que vigilaba sus avances. Levantaba pesas y practicaba tensión dinámica en sesiones diarias de tres horas. Insistía en el moldeamiento de glúteos y abdominales.
Una tarde cada tres días, iba a clases de yoga. Las posiciones le daban flexibilidad y tranquilidad interior. Estaba segura de que la paz que alcanzaba tenía el efecto físico de oxigenar su piel. Pasaba los treinta y siete años, pero parecía de veinticinco.
John Baskin, por su parte, era ahora jefe de Estudios Matemáticos y ganaba un sueldo que les permitía vivir con holgura. Casi no se le veía en casa. Vanessa lo llamaba “El hombre invisible”. Habían acordado que ella saliera con sus amigas dos noches por semana para que no se sintiera tan sola. Ella iba a bares y discotecas que no se correspondían con su edad.
3
Vanessa conoció a Charles Smith recién llegada en un vuelo nacional – había ido a visitar a su hermana mayor, quien vivía en Washington. No usaba el anillo de casada porque se había enjuagado las manos en el avión, y guardó la joya en un bolsillo.
No sabe por qué lo hizo, pero cruzó la línea de la precaución, esa que construyen las mujeres siendo adolescentes para no parecer fáciles. En la fila de la aduana, justo antes de apretar el botón que enciende la luz verde o roja, miró directo a los ojos de este hombre que le había atraído. Nunca, hasta entonces, floreció ante alguien que no fuera John.
Charles descubrió la sonrisa y supo interpretarla. Intercambiaron saludos. Intercambiaron nombres. Intercambiaron números telefónicos. Se despidieron. Se dieron la espalda poco a poco, volviendo a mirarse cada dos pasos. Por el tiempo que duró la conversación, Vanessa se sintió que tenía otra vez veinte años.
Luego tomó posesión de sí misma y aseguró el zíper de su maleta. Extendió el brazo metálico del equipaje y lo hizo rodar hasta la puerta de salida.
Se arrepintió de su comportamiento relajado apenas salió. Para superar la culpa, pensó que su ligereza sería un secreto. Una Vanessa dijo a otra Vanessa: calla, mujer, no le digas a nadie. Su mano arrugó el papelito con el número telefónico aún dentro del pantalón. Cuando estuvo junto a un cesto de basura, lo tiró.
4
Vanessa y John compartían, sin saberlo, un sueño. En ambas visiones, eran distintos a lo normal. Vanessa imaginaba un John que se abría paso entre la multitud de una discoteca. El lugar estaba oscuro, salvo por lunas llenas y diminutas, de colores variados, que se movían con rápidas traslaciones. Cuando por fin la arrinconaba, John desgarraba su ropa y la penetraba una y otra vez como si la estuviera apuñalando. Saciado se ponía de pie y decía: no soy tu profesor de Matemática, soy un adolescente inseguro, un adolescente que usa un aparato de ortodoncia que lo afea, quien tiene mucho que probar a los otros.
El sueño de John era más complejo, pero de igual esencia. Vanessa aparecía desnuda en un lugar nuboso y nevado que bien podía ser la cima del Everest o una cresta del Kilimanjaro. El cuerpo de ella no era el actual, no era el que exhibía marcas de bíceps y deltoides; era el de una joven de veinte o veinticinco años, era el cuerpo de la alumna que John había tenido en su clase hace tanto tiempo. Cuando él se acercaba a la piel desnuda, el rostro de George W. Bush aparecía y, en medio de la nieve, su voz retumbaba: Esta es una lucha entre ellos y nosotros, una defensa de nuestro modo de vida y de la libertad. Resiste, John, resiste. Y John, en el sueño, se alejaba de Vanessa.
5
Una noche, Charles Smith fue a la misma discoteca que Vanessa por coincidencias de la vida. Ambos iban acompañados de un grupo de amigos. Se reconocieron, a pesar de que la luz parpadeaba sobre los rostros. Él se acercó y ella le obsequió un gesto de bienvenida. John estaba, entonces, con una estudiante de la que era tutor. Y como Vanessa había guardado el anillo de casada - otra vez para lavarse las manos -, no había pruebas del matrimonio.
La solitaria Vanessa, la fantasiosa Vanessa, esa fórmula del matemático que se resistía a dar resultados previsibles, continuó con la vida secreta de sus sueños, la que había iniciado en el aeropuerto e interrumpido al salir…
Se sentía tan plena, tan joven, que bebió demasiado. Charles la invitó a un hotel y el alcohol respondió sí por ella.
6
Charles Smith supo que era seropositivo el otoño pasado, un par de meses antes de casarse y varios meses después de conocer a Vanessa. Él y su novia tuvieron que hacerse exámenes médicos como requisito para la boda civil, y el diagnóstico fue despiadado. Anne Andrews, la novia, lloró con su frente unida a la de Charles; ella también portaba el virus. Las lágrimas de uno y otro se hicieron un hilillo solo.
El primer sentimiento de Anne fue de infinita rabia. Recordó que una amiga había acusado a Charles de ser cliente asiduo de un bar gay, The Bulls. Ella nunca lo creyó, pero ahora le parecía obvio.
Cuando las autoridades entrevistaron a la pareja, el apellido Baskin apareció en la lista de contactos sexuales.
7
Cuando los esposos Baskin fueron citados en el Centro de Salud, no sabían a qué se debía el requerimiento. Un médico cauteloso les hizo pasar a un consultorio que de inmediato cerró. Después de preguntas y chistes que buscaban romper el hielo, no dio más vueltas y los interrogó sobre su vida sexual. Después de respuestas dubitativas y avergonzadas, el médico sentenció que existían fuertes indicios de que habían tenido contacto venéreo con un enfermo contagioso.
El rostro de Vanessa pasó de la incredulidad al desconsuelo. Su primera reacción fue repetir una y otra vez que no era posible. Después rompió en llanto y miró a John con una disculpa infinita en la mirada. Le dijo que sentía haberle fallado, que no se merecía la buena vida que él había urdido para ambos, que era una basura y que no sabía cómo deshacer lo ocurrido. Luego se justificó diciendo que algo le había faltado, algo que era como el aire para respirar…
John, más que ocupado en escuchar lo que su esposa decía, parecía deseoso de conservar la calma.
El doctor no interrumpió a Vanessa. En el momento que juzgó preciso, aclaró que, según la información que tenían, el contagio había ocurrido por John.
8
Vanessa llegó al hotel de la mano de Charles. Estaba mareada y a punto del vómito. Charles pagó la habitación mientras ella se recostaba en una columna.
Subieron las escaleras y ella sollozó con cada peldaño que quedó atrás.
Cuando llegaron a la habitación, el discreto llanto se hizo escandaloso. A ella le dolía el vientre de tanta culpabilidad. Charles, muy preocupado por el espectáculo que protagonizaban, le susurró a Vanessa que no la tocaría, pero que, por favor, entraran de una vez al cuarto.
Adentro, Vanessa vomitó en el cesto de la basura. Y de inmediato se quedó dormida en el piso. Charles la llevó a rastras hasta la cama y le quitó los zapatos.
Charles miró a Vanessa dormir por veinte minutos; al fin y al cabo, le había enternecido su desesperada fidelidad. Él se fue pasadas las diez y la dejó sola. Vanessa tuvo sueños cargados de culpa y vergüenza. Se despertó una hora después e intentó salir del hotel sin ser vista.
9
Anne Andrews, la pareja de Charles, asistía a las clases de John Baskin en la universidad. Con miras a su matrimonio, decidió terminar su carrera en menos tiempo llevando algunas materias por medio de tutorías. El mejor tutor que se le ocurrió fue John.
La relación entre John y Anne siempre fue respetuosa y distante. Sin embargo, una enorme atracción sobrevivía bajo la piel. Por ejemplo, John evitaba mirarle a los ojos y no la tuteaba. Además, nunca se quedaba solo con ella en un aula. Era muy parecido a lo que le pasó con Vanessa cuando esta era su estudiante.
Por su parte, Anne sentía malestar por los desplantes de John. El mensaje le llegaba ambiguo: un día era felicitada aduciendo razones intrascendentes, con una sonrisa que parecía el cielo bajado a la tierra, y otros evitada como si fuera una leprosa. Más de una vez, John se escondió en el baño para no toparse con ella en el pasillo.
Cuando John fue encargado de la tutoría, hizo todo lo posible para rechazarla. Exhibió ante los administradores del programa razones lógicas por las que no podía cumplir con el horario. Dejó de insistir cuando sus justificaciones empezaron a delatar sus verdaderos motivos. Aceptó la tarea, pero se prometió mantener un comportamiento frío y profesional.
10
La noche en que Charles y Vanessa se encontraron, aquella noche en que Vanessa se emborrachó con una cuba, John y Anne completaban su tercera sesión tutelar. El proyecto que Anne tenía como asignación había llegado a callejones sin salida; por eso trabajaron más tiempo del previsto. El deseo ya se arrastraba por los rincones del cubículo.
Anne no estaba muy concentrada en sus estudios últimamente. Desde hacía varios días, pensaba en John más de lo deseable y lloraba presa de sus contradicciones internas. Creyó, entonces, que su intranquilidad desaparecería, si se acostaba con él. Su obsesión, pensó, era totalmente física. Por eso se propuso tener relaciones con el profesor y volver a Charles sin aprensiones.
Esa noche, Anne interrumpió a John y se paró del asiento secretarial que ocupaba. Se quitó la camisa y le dijo que deseaba hacer el amor. John empezó a temblar y sepultó la vista en el libro de texto. Luego se paró con torpeza e intentó salir del habitáculo. Anne interpuso su cuerpo entre él y la puerta. John volvió a sentarse y a esconder la mirada en sus documentos. Ella le levantó el rostro por la barbilla y ordenó al profesor que le mirara. El cuerpo de Anne era joven, como lo fue el de Vanesa una vez. Comenzaron a soplar los vientos del Everest o del Kilimanjaro. Aún él intentó hablar con la propiedad de siempre, pero solo consiguió tartamudear unas preguntas:
- ¿No sientes frío? ¿No te asusta este viento frío?
No, contestó Anne.
Él no pudo más y tiró bruscamente los útiles que reposaban sobre el escritorio. Anne se acostó en el espacio recién vaciado. Ella sabía que debía mostrarse resuelta para evitar los laberintos de la mente. Órdenes claras retumbaron en la cabeza de John.
11
Vanessa giró la cara llorosa una y otra vez, yendo del doctor a su esposo, su estable soporte, su seguridad. No podía creer lo que había escuchado.
El médico repitió el testimonio de Charles Smith: él y John se habían conocido en una discoteca de la localidad llamada The Bulls. Habían hecho el amor hacía año y medio. La relación no se había extendido más allá de esa noche. Pero en el presente año, John había tenido relaciones con Anne Andrews, la prometida de Charles, en las mismas instalaciones de la universidad en que uno trabajaba y la otra realizaba estudios. Anne había precisado que vaciaron el escritorio y que John declaró haber caído sin remedio en las tentaciones de Satán.
John resistió la mirada de Vanessa y del doctor sin pestañear. Ningún gesto fuera de lo común apareció en su cara.