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El Proyecto de Nación y el Canal de Panamá

Ya hemos ofrecido al mundo un oleoducto transístmico que se abre a nuevas formas de explotación. Ya hemos transformado nuestra infraestructura de comunicaciones para hacer de nuestro suelo el área de un centro mundial de interconexiones. Ya estamos transformando nuestros puertos y abriéndonos a nuevas posibilidades de trasiego de mercancías. Ya estamos en vías de constituirnos en un centro de turismo internacional. ¿Por qué no asumir también el riesgo de ampliar nuestra oferta canalera al mundo?


Ya hemos ofrecido al mundo un oleoducto transístmico que se abre a nuevas formas de explotación. Ya hemos transformado nuestra infraestructura de comunicaciones para hacer de nuestro suelo el área de un centro mundial de interconexiones. Ya estamos transformando nuestros puertos y abriéndonos a nuevas posibilidades de trasiego de mercancías. Ya estamos en vías de constituirnos en un centro de turismo internacional. ¿Por qué no asumir también el riesgo de ampliar nuestra oferta canalera al mundo?
El principal recurso natural de la nación panameña es su posición geográfica. Desde su surgimiento geológico, el istmo de Panamá ha sido lugar de paso, más que de asentamiento. Desde los inicios mismos de la colonia, se vio enseguida su valor como eje de tránsito medianero del continente americano, más que como extensión territorial de índole agropecuaria o minera valiosas en sí mismos.
El desarrollo económico en el Istmo, nos dicen todos los historiadores, ha dependido del valor de la zona de tránsito en el contexto mundial. Ya los independentistas en el siglo XIX no nos concibieron de otra manera que como el sitio perfecto para el intercambio comercial, como un posible pivote para el desarrollo económico y cultural latinoamericano.
La construcción del Ferrocarril de Panamá dio nuevas bases para cimentar la vocación de siempre: sitio de tránsito y comercio que aprovechara las necesidades del desarrollo de otros pueblos para beneficio de la nación, generador de actividad productiva dirigida a satisfacer las necesidades del tránsito internacional.
Esta realidad económica condicionó lógicamente un contexto cultural que privilegió el centralismo político asentado sobre la capital del istmo, lo que produjo, con la construcción de la hoy ciudad de Colón, un eje transversal que se ha venido expandiendo desde entonces.
A finales del siglo XIX la empresa francesa no hizo sino resaltar esta vocación histórica y demostrar, una vez más, la posición geográfica del Istmo y la conciencia que de ella tenemos los panameños representa una riqueza real y fehaciente.
Fracasó el intento, pero la nacionalidad se fortaleció en la mente de quienes se venían interrogando durante todo el siglo XIX sobre la naturaleza de nuestras relaciones con Colombia. La experiencia acumulada durante siglos y la visión de un futuro promisorio crearon la conciencia de un destino centrado en el desarrollo económico de la zona de tránsito.
El Canal no creó artificialmente nada desde el punto de vista político; sirvió, sí, para fomentar firmemente una vocación de originalidad en el contexto de las repúblicas americanas.
Después de la guerra de los Mil Días, de la secuela de sangre, desolación y miseria en el Istmo, debido al enfrentamiento entre adeptos a la visión conservadora y centralista colombiana, y adeptos a la visión federalista liberal, el ofrecimiento de Estados Unidos de terminar la obra de los franceses se percibió como una oferta muy difícil de ignorar por los liderazgos políticos establecidos, cuyas aspiraciones seculares coincidían con la vocación transitista del Istmo. Por supuesto, hubo dudas y reticencias en el bando liberal, generadas por el comportamiento de la reacción conservadora para finalizar la guerra civil, y desde luego la atractiva oferta estadounidense de construir el canal generó tales perspectivas de desarrollo nacional que pronto se vieron a todas las fuerzas políticas enfrentarse con nuevos ímpetus en la lucha por el poder político.
La construcción del canal exigió a los panameños, a cargo de la república recién creada, mucha imaginación; de la misma manera, gran paciencia, tolerancia, tenacidad y capacidad de maniobra para crear las instituciones y los fundamentos ideológicos requeridos por el nuevo Estado. Pero, sobre todo, una oposición tenaz y perseverante a las corrientes anexionistas preconizadas por un sector minoritario de la sociedad, incapaz de concebir el perfeccionamiento de la nación, cuyos apologistas más notables se encontraban en La Estrella de Panamá.
La construcción del canal se constituyó en una inmediata oferta de oportunidades de enriquecimiento de la oligarquía tradicional; pero también exigió transformaciones educativas, la creación y desarrollo de las instituciones básicas del nuevo Estado, y la reestructuración y saneamiento de los asentamientos humanos a lo largo del corredor transístmico. El carácter multiétnico y pluricultural del país se acentuó con las inmigraciones masivas de trabajadores y la cultura de la nación tuvo que ampliar sus marcos de referencia para adecuarse a la nueva realidad social y económica.
En forma paralela a la construcción y funcionamiento del Canal emergen las luchas sociales, a partir de nuevas perspectivas. Los trabajadores del canal se aglutinan en los primeros sindicatos organizados en el país. Las luchas gremiales de los artesanos y los funcionarios se perfeccionan. Nace el movimiento feminista de la década del 20, y así por el estilo. En realidad, la vida política se remoza. Influyen poderosamente las ideas que en la década del 10 del siglo pasado se esparcen a partir de la revolución mexicana(1910); la revolución bolchevique(1917) y la reforma universitaria de Córdoba, Argentina(1918).
La modernidad se abre paso, el conservadurismo delirante declina frente a las corrientes liberales fortalecidas que imponen su orientación al nuevo Estado. Todo, en el contexto general de la oposición entre nuestro país y Estados Unidos.
La construcción y operación del nuevo canal es el marco general que da los parámetros a la vida nacional plasmada en el desarrollo de la nueva república. Así que no debe extrañar que también sirviese de marco de referencia para oponer a los luchadores por el perfeccionamiento de nuestra independencia frente a las pretensiones colonialistas y anexionistas en Estados Unidos y de una parte significativa de la oligarquía criolla. Fue un enfrentamiento tenaz, político e ideológico, que abarcó muchos años del siglo XX, no obstante, contribuyó decisivamente a decantar y fortalecer a las fuerzas sociales progresistas y nacionalistas.
Panamá es mucho más que un canal, sin embargo el canal, que aprovecha al máximo nuestra principal riqueza natural, naturalmente sirve de expresión a nuestras reales posibilidades de desarrollo y a nuestras aspiraciones como nación.
Por lo tanto, la recuperación plena del canal y la desaparición de las fuerzas extranjeras de ocupación significan la recuperación por los panameños de su fuerza motora más importante y significativa. La interrogante que se nos plantea ahora de manera urgente es ¿qué hacer con la riqueza recuperada?
La respuesta más evidente, más simple, más lógica es: aprovechar al máximo esa riqueza para desarrollar el entorno de supervivencia de los panameños, es decir, crear más riqueza para elevar la calidad de vida de los panameños en términos extensivos e incluyentes. La inclusión es una palabra clave si no queremos que el abordaje del tema se acomode a las simplificaciones más pueriles manejadas por la tecnocracia.
La construcción de un nuevo juego de esclusas y la ampliación del cauce del canal es el enfoque más simplista. Ciertamente, se trata de "la concreta", como se dice en algunos círculos sociales, de lo que en términos de necesidad y toma de decisión se hace cuando se ignora lo que las ciencias actuales definen como "la complejidad", es decir, la interrelación de los fenómenos. Los físicos para hacer entendible esta complejidad, en donde el azar y la incertidumbre juegan roles importantes, la explican con una metáfora. "Una mariposa aletea en Beijín y provoca un terremoto en California".
La simplificación consiste en percibir la oportunidad, cierta, de aprovechar las nuevas tendencias del tránsito marítimo mundial para ampliar la oferta que potencialmente tiene la posición geográfica de Panamá.
Ya hemos ofrecido al mundo un oleoducto transístmico que se abre a nuevas formas de explotación. Ya hemos transformado nuestra infraestructura de comunicaciones para hacer de nuestro suelo el área de un centro mundial de interconexiones. Ya estamos transformando nuestros puertos y abriéndonos a nuevas posibilidades de trasiego de mercancías. Ya estamos en vías de constituirnos en un centro de turismo internacional. ¿Por qué no asumir también el riesgo de ampliar nuestra oferta canalera al mundo?
Obviamente es un riesgo, como toda empresa lo es. Lo fue hace cien años cuando corrimos el riesgo de desaparecer como país independiente. Hay que señalar las oportunidades que se abren para el desarrollo social y económico de nuestra sociedad. Sin dejar de señalar las bondades de la oferta debemos tratar de identificar y prevenir los riesgos en todos sus detalles. El azar es inevitable, pero no debemos dejarlo todo en sus manos. Es mejor no jugar a los dados con la Patria.
Ampliar el canal, sí. Sin embargo no se puede asumir semejante reto sin la readecuación del sistema educativo, no para formar albañiles y carpinteros sino para formar seres humanos integrales, reflexivos, creativos y éticos. Los contingentes que lance al mercado el esfuerzo educativo no deben verse en función únicamente temporal de la ampliación del canal, porque lo aprendido permitirá readecuar la oferta laboral a una demanda que tendrá que ampliarse y hacerse permanente, como parte del desarrollo económico del país y como respuesta a las demandas mismas de los trabajadores. La construcción de las nuevas esclusas le permite a la sociedad exigir un planeamiento del desarrollo en otros ámbitos, pero sobre todo exige ya una revolución verdadera de nuestro sistema educativo. La reforma educativa fue desechada por motivos politiqueros hace más de veinticinco años, y desde entonces no se ha avanzado un ápice. La construcción de las nuevas esclusas ha replanteado la urgencia del cambio en la formación de la juventud, y todas las fuerzas sociales y políticas deberían hacer de este tema un acicate para su accionar. Es una oportunidad que surge con el riesgo, pero no por ello es menos significativa.
Educar única y exclusivamente en función de la zona de la ruta será una pérdida de tiempo si, simultáneamente no se educa para desmontar las estructuras de la marginalidad y la exclusión.
La organización de los trabajadores de la obra es otra tarea que surge naturalmente. El desarrollo de las fuerzas populares necesita preparación ideológica y experiencia práctica en la lucha sindical, como lo fue hace cien años. No existe clase obrera sin producción capitalista y querer frenar las inversiones capitalistas a titulo de combatir al capitalismo salvaje no es sólo una quimera sin sentido sino la expresión de una deficiente concepción ideológica sobre las tareas pendientes de las fuerzas populares en nuestro país. La construcción de un mundo mejor exige de seres humanos organizados por las luchas sociales, a partir de la cual puede acumularse experiencia cultural, sindical y política para posibilitar una sociedad más humana.
En el análisis de las perspectivas del desarrollo político en nuestra sociedad surge de inmediato el problema del desarrollo político real de las fuerzas productivas. El crecimiento de la marginalidad y de la precariedad del empleo es en afecto el freno mayor al desarrollo organizado de las fuerzas populares, que las hagan inmunes al canto de sirena de cualquier demagogo, como se ve por doquier en América Latina. La construcción de las nuevas esclusas y la ampliación del canal ofrecen también la oportunidad de desarrollar una opción política subyacente desde hace ya demasiados años.
Por supuesto, debe tomarse en cuenta que el macrocefalismo histórico en la zona de la ruta ha condenado al resto del país a la miseria. Nada indica que no seguirá siendo así. Las migraciones y la concentración en las urbes y las periferias metropolitanas agravarán las carencias en materia de vivienda, educación, agua, electricidad, alcantarillados, salud.
La construcción que se plantea y el aprovechamiento máximo de nuestra capacidad de tránsito de buques servirá también para el surgimiento de reivindicaciones desarrollistas reclamadas desde el interior del país y, muy especialmente, de las áreas indígenas empobrecidas. La propuesta canalera no nos dice nada sobre este aspecto, y no tiene por qué decirlo, pero el examen de los riesgos derivados de la construcción si exige el análisis de los impactos probables que la obra tenga sobre el resto del país. He aquí otra oportunidad que surge, la planificación del desarrollo de las regiones apartadas de la zona de tránsito, y la aglutinación de los ciudadanos en un accionar político que les asegure la satisfacción de sus reivindicaciones.
Y lo mismo puede decirse de las reivindicaciones de las amplias zonas marginales situadas en el área de tránsito y alrededor de las ciudades terminales. Con extensas y profundas necesidades, la apreciación de una riqueza renovada que surja del área canalera, indiscutiblemente provocará un realineamiento político e ideológico de tales poblaciones, por poco esfuerzo que se haga por organizarlas.
La ampliación del canal implica un riesgo calculado, pero también son oportunidades para la reorganización de la sociedad en función de sus reivindicaciones. Un enfoque tecnocrático y economicista no permite ver la riqueza de las oportunidades que como sociedad tenemos, pero una visión adecuada que parta de las necesidades nacionales permite distinguir claramente que vale la pena asumir el riesgo. Los riesgos no son únicamente los derivados de nuestra oferta de servicios y la demanda del tránsito mundial, medidos en dólares y deuda. Los riesgos son también los derivados del no hacer el esfuerzo por concebir las oportunidades sociales que surgen de la obra. Nunca como antes están brindadas las condiciones para que todos los panameños y panameñas concertemos una agenda o pacto social que posibilite el combate a la pobreza, la exclusión y, desde luego, la ejecución exitosa de un programa sustentable de desarrollo, justicia social y equidad.
Ello, claro está, si nos consideramos no como entes pasivos sujetos a los caprichos de una élite gobernante, sino como ciudadanos conscientes de sus responsabilidades y dispuestos a asumirlas plenamente.


fecha edicion
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242198
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América