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El rito del alacrán


El placer nos llevaba a destruir. Acabar con todo: único impulso que saciaba esta rabia que llevábamos por dentro. Éramos una banda de cinco muchachos. Uno de nosotros, inválido, pero tan osado que no se comparaba con ninguno de los demás integrantes. La banda se llamaba "Los Alacranes".

El rito de iniciación consistía en dejar que cientos de alacranes te recorrieran el cuerpo. No podías mover ni un dedo, si lo hacías, no sólo no entrabas a la banda; sino que entre todos te obligábamos a comerte vivos todos los animales. Muchos han muerto en el intento. Quedaban negros y abotagados producto del veneno. Lo mejor es que no hay consecuencias. Cuando los encuentran, creen que sólo fue una muerte por envenenamiento, decía el tullido.

Una negra quiso entrar un día. Se sentía la más mala de todos. Odiaba a todos aquellos que tuvieran una posición social, porque el padre, durante la niñez de ella, había sido despedido por uno de esos grandes señores. Dijo que dejaría que los alacranes la recorrieran, pero desnuda y cubierta de miel. La situación nos emocionó. Ver a la negra en pelotas representaba una tentación. Además, no contábamos con ninguna mujer en la banda, y los hombres no sabemos estar sin ellas; aunque sean malas.

 

El día de la prueba llegó. El inválido trajo un tambor y, con la negra desnuda y brillante de miel tirada en el piso, empezó a tocar a un ritmo frenético que nos iba exaltando hasta el punto de alterarnos. Los alacranes que la recorrían percibieron el mensaje de sus congéneres humanos y como enloquecidos levantaron la ponzoña a la vez y empezaron a clavársela una y otra y otra vez.

La negra gritaba y se retorcía. Nosotros reíamos como desquiciados observando la furia de los arácnidos contra la negra. Al rato dejó de patalear, cesó la música. Apartamos los animales, le limpiamos el cuerpo, la vestimos y después nos fuimos a dormir plácidamente.

Cada uno de nosotros había vivido la experiencia, menos el inválido, pues había inventado la banda. Un día le dijimos que por qué no se arriesgaba a experimentar su rito. Lo pensó por cinco segundos y aceptó. Fue espeluznante cómo lamía a los alacranes y éstos no le hacían daño. Por supuesto que pasó la prueba. Desde aquel día supimos que había un pacto entre él y estos bichos.

 

Una noche decidimos acabar con todas las llantas infladas de la ciudad. Arruinamos carros, motocicletas, bicicletas, cualquier cosa que tuviera llantas pasó por nuestros puñales. Cuando estábamos en plena acción, se acercó un transeúnte y uno de nosotros arrastró al inválido al piso e hicimos un drama como si le estuviera pasando algo.

Cuando esto acontecía siempre percibíamos un olor intenso que emanaba de Luis. Era un olor extraño, entre dulce y acre, como el que despiden las hormigas cuando las aplastan.

Este método nunca fallaba. Nos mostrábamos tan tiernos y cooperadores con el tullido que la gente terminaba dándonos elogios. Después de esto, el inválido reclamaba una paga por haber utilizado sus servicios de tullido. Teníamos que ir a asaltar a alguien y darle dinero.

 

Sentíamos un respeto absoluto por Luis. Este respeto y admiración creció cuando un día lo visitamos. En la pared, pintado al óleo, había la imagen de un gran escorpión negro. Impresionante. Con su cola enorme, luciendo un hermoso moño tejido reluciente. Además, por las paredes y los rincones, caminaban lentamente y se detenían cuando levantábamos la voz, como cuidándolo.

Desde ese momento estuvimos ciegamente a las órdenes de Luis. Cada vez, los crímenes resultaban peores. El vandalismo y los iniciados muertos habían pasado de moda; ahora habíamos hecho intentos terroristas con el saldo de muchas vidas perdidas.

Luis sólo decía el qué, el cómo y el dónde. Nosotros obedecíamos a sabiendas de que él mandaba, por ser superior. Jamás estuvo nunca en el lugar de los hechos. Él sólo esperaba los reportes y nos aplaudía diciéndonos lo valientes que nos habíamos comportado. Cada uno se sentía importante al lado de Luis.

 

El día que el último de nosotros llegó a la mayoría de edad, hicimos una gran fiesta para celebrar el cumpleaños de cada uno. Luis se mostró alegre. Por primera vez él nos ofreció algo. A cada uno le entregó un pequeño regalito: un diminuto alacrán labrado en hierro. A nadie le asombró: ese era el símbolo de la hermandad.

Bebimos, cogimos droga y quedamos tendidos en el piso. Cuando despertamos, Luis no estaba. Revisamos la casa y hasta el gran cuadro había desaparecido, y sus "amigos" arácnidos tampoco recorrían la casa. Esa situación nos sorprendió, pero pensábamos que iba a volver. Era nuestro jefe.

Esperamos casi un año y no regresó. Mientras tanto, todo lo hacíamos en grupo y nos repartíamos las ganancias. Sin embargo, necesitábamos a alguien que nos condujera y aceptamos que Marcel, alias Alimaña, se encargara de dar las órdenes.

Así ha sido durante estos siete años. Marcel ha hecho el papel del tullido y a él tenemos que darle todo lo que consigamos. Si él quiere nos da algo de dinero; si no, sólo nos paga con droga.

Un día planeamos un gran golpe. Asaltaríamos el banco de la esquina. Marcel había dado todas las explicaciones: Meña entraría como el primer cliente del día y apuntaría a la cajera, mientras que Tigre y Flauta le dispararían a los guardias de seguridad. Algo falló. Habíamos contado dos guardias y eran tres. Nos atraparon y fuimos a parar a la cárcel. Por primera vez después de tantas años. Seguro que si Luis hubiera estado no nos hubiera ocurrido eso, pensamos.

Nos interrogaron sobre los miembros de la banda, el tiempo que teníamos en acción, los cómplices. También preguntaron nuestros nombres. Por primera vez, desde el día en que dejamos la escuela y nos llamaron a la lista, volvimos a escuchar nuestros nombres. Estábamos tan acostumbrados a que nos llamaran por el apodo que hasta habíamos olvidado cómo nos llamábamos. Después de todo un día de interrogatorios, nos enviaron a la Modelo. Tratamos de conseguir un abogado de oficio para que nos ayudara, pero nada.

Cinco años pasamos en la cárcel antes de que nos llevaran a juicio. Durante ese tiempo nos habíamos protegido mutuamente; porque estar preso, paradójicamente para nosotros Los Alacranes, es como estar en medio de animales ponzoñosos.

Nos sacaron temprano para conducirnos. Sentados en la primera fila esperamos pacientemente la llegada del juez, que demoraba.

Al rato todos se pusieron de pie. Un olor muy particular asaltó nuestro olfato y el sonido característico del chirriar de una silla de ruedas nos dejó pasmados.

Ante nosotros estaba el inválido. Los rostros se nos iluminaron. Seguro recordaría nuestras viejas andanzas y nos sacaría de este enredo.

Lo miramos con una sonrisa amplia. Estábamos convencidos de que el inválido no permitiría que nos enviaran a La Joya o a Coiba.

Tratamos de acercarnos para preguntarle por qué nos abandonó aquella noche en la que festejábamos nuestra mayoría de edad; pero los custodios nos impidieron movernos.

Él permanecía impávido ante nosotros, como si nunca nos hubiera visto, como si fuéramos una mierda y él un gran señor que tenía que hacerle justicia a la sociedad ultrajada.

Inútil que hubiéramos tratado de decirle algo. Nadie creería que ése, con toga negra e inválido, había sido o fuera todavía un criminal.

Al terminar todos los argumentos, el inválido tomó su martillito, golpeó duro y dictó sentencia: pena máxima para todos por haberle arrancado la vida a dos agentes de la seguridad pública. Sin derecho a apelación.

Al salir del estrado, pudimos apreciar cómo detrás del asiento de la silla de ruedas una enorme cola negra bruñida se movía parsimoniosamente como burlándose de todos.


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380148
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América