Por allá por los años 70, 80, tiempo en que traficaba con mi esperanza y mis sueños, en El Chorrillo había un puñado de gente emprendedora, pequeños empresarios le llamarían ahora que se dedicaban a iluminar las esquinas con su arte para la cocina.
La memoria fritanguera me llevó en una nube de café con leche, en viaje de ida e, infortunadamente, de vuelta a aquel frío de madrugada que se apagaba cuando se encendían los fogones de las fritangueras del barrio. Duro afán -moler maíz, amasar harina “prender” un fogón-.
En días normales, tiempo de escuela, a eso de las 4 de la mañana, estos seres excepcionales se levantaban a freír hojaldres, tortilla, yuca, buñuelos, entre otras viandas, bofe, pajarilla, el picadillo, hígado, bistec encebollado, y la carne frita eran parte también -y calientitas- de la fiesta del paladar. Filas de ese desorden etnológico que somos aderezaban los callejones de la Calle 26 oeste. Llegar de amanecida a estos santuarios del colesterol siempre fue una delicia.
Recuerdo a Chava, a Fina, ofreciendo desayuno por unos pocos centavos. Otro tanto hacia Calazán. El mediodía le pertenecía a Ruth y a Vitola, que se turnaban en la esquina frente a la abarrotería de Los Castillos para hacer un pescado relleno con unas especias que solo ellas sabían utilizar. La tarde era territorio de Valentina, instalada en el callejón de la 8.ª60, con sus torrejitas y otras delicateses. No olvido a Sofía, la generosa, sometiendo a fuego lento un ollón de porotos para alimentar a toda una comunidad a 15 centésimos la cucharada, con derecho a ñapa, si la familia era numerosa. Puntillita, frente a la iglesia de Fátima, hacía otro tanto.
La Calle 26, era el Nueva York de Chorrillo, todo lo que debía ocurrir pasaba en esa encrucijada que hacía con la Bocas del Toro. Ascendiendo por esa vía olorosa, en fin de semana, cerveza y mediodía La Tableñita, mi familia putativa, los Smith, llenaban el aire con la gloriosa fragancia de su inefable comida afroantillana. Y qué decir de la misma comida pero con diferente sazón de Juanona o Kontiki, apostados en las afueras de Los Amigos y/o Los Parientes. La memoria gustativa se me hace agua.
En las noches otra era la historia. Por la abarrotería El Sancocho, las ofertas solían ser más picantes, la minuta pertenecía a las divas de Betito… y la promesa de escándalo saludaba al nuevo día.