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El solemne editorial


En una de sus charlas, Carlos Alberto Montaner habló del acertado nombre con que bautizan a los periodistas que tragan coimas: les llaman los sobrecogedores. No porque infundan espanto sino porque recogen sobres. Esto refuerza mi opinión de las trabas con que la objetividad tropieza en el periodismo. Marguerite Duras afirmaba que el periodista vigila el mundo para luego ofrecerlo, y que ese trabajo no se puede llevar a cabo si no lo juzga al mismo tiempo. Dice Marguerite que la información objetiva es una añagaza total.

Montaner también se refirió a las columnas de opinión –que son las que me interesan–, como una responsabilidad del periodista y en las cuales podemos recibir reflejos de su ideario.

Pero lo que me sacudió fue su corto discurso sobre los editoriales. ¿Qué es un editorial? o mejor todavía, ¿qué debe ser un editorial?

 

Decía Montaner que un Editorial debe ser un escrito directo y lleno de señalamientos, sin desvíos ni intercalaciones literarias. Fue, ni más ni menos, lo que me advirtieron cuando estuve a un tris de aceptar convertirme en editorialista: debía refrenar mi estilo si quería escribir editoriales: nada de humor ni de metáforas. El editorial no debe dar pistas, sentenció Montaner, sobre quién lo escribió y por eso debe eliminarse todo estilo. Me advirtieron, no podía colar un ¡Ayala peste! si me asombraba la monumental sinvergüenzura de un político. Estrellándose contra esa inflexible atmósfera se pulverizó el meteoro en que iba de pasajero mi primer y último editorial.

No estoy de acuerdo. Estas reglas no se deben cumplir al pie de la letra, so pena de editoriales secos, aburridos y faltos de estilo.

El editorial es, o se supone que es, la opinión de los editores, leáse los dueños del medio. Fácil entender que algunas veces “el editor” no tiene tiempo y otras no tiene opinión, por lo que algunos periódicos ponen el indefenso editorial en manos y mentes rápidas.

 

Son pocos los lectores de editoriales. Digo esto porque he realizado mis pequeñas pesquisas, sobre todo entre esos lectores que yo quisiera metieran sus narices en mis escritos.

En Panamá pude leer editoriales que sorprendían y convencían y que no podían ocultar el estilo de su autor. Ni lo mencionaré, suficiente lo he aplaudido.

El editorial subsistirá con una que otra vistosa banderilla. Pero serán las columnas de opinión, cuando son jugosas y veraces, las que preferimos los lectores.


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751217
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América