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El trabajador y el arte


Hace un par de semanas, a propósito de la exposición fotográfica “Una luz dura, sin compasión; el movimiento de la fotografía obrera, 1926-1939”, mostrada en el museo Reina Sofía, de Madrid, leí estas palabras, dichas por el director del museo, Manuel Borja-Villel: “A partir de 1926, la clase trabajadora empieza a representarse a sí misma”.

Aparte de la fotografía, arte relativamente reciente, sin dudas el ser humano ha intentado representarse en sus tareas cotidianas desde los amaneceres de la civilización: las pinturas rupestres exaltan aspectos de la vida diaria de cazadores que apenas inauguraban el sedentarismo; los egipcios, los griegos, los aztecas, y todos los pueblos que marcaron el desarrollo del mundo hasta el presente han dejado muestras de su arte en diversas formas, incluyéndose ellos y sus faenas en las escenas, esculturas o cantos que elaboraban.

A principios del siglo XVI, en el México prehispánico, Totoquihuatzin, rey de Tlacopan, cantaba estos versos, traducidos del náhuatl por Ángel Garibay Kintana: “Yo perforo esmeraldas, / yo oro estoy fundiendo: / ¡Es mi canto!/ En hilo ensarto ricas esmeraldas: / ¡Es mi canto!”. No es desusado pensar que tales palabras fueron dichas evocando la labor de un artesano, o desdoblándose el cantor en la figura del obrero, como homenaje, o como aspiración.

 

Y más cerca de nosotros, Rubén Darío (1867-1916) nos legó “Del trópico”, con palabras de oro que se pegan en la memoria, no quieren salir, y tampoco las dejaríamos irse: “Sonando un cuerno corvo y sonoro, / pasa un vaquero, y a plena luz/ vienen las vacas y un blanco toro, / con unas manchas color de oro/ por la barriga y en el testuz.”

¿Y habrá o no un trasunto de trabajo, de bullicio comercial, en este fragmento de “Visión de Panamá”, de nuestro Demetrio Korsi (1899-1957): “Movimiento. Tráfico. Todas las cantinas,/ todos los borrachos, todos los fox-trots,/ y todas las rumbas y todos los grajos/y todos los gringos que nos manda Dios”?

Pero si aún persistía alguna duda sobre la perenne presencia del obrero en el arte, en su arte, se habría despejado el pasado lunes 9, cuando asistí como invitado a la gala de premiación del trigésimo primer Certamen Nacional de Arte del Trabajo, llevado a cabo por el Instituto Panameño de Estudios Laborales y el Ministerio de Trabajo.

 

Numerosos trabajadores, afiliados o no a las organizaciones gremiales de todo el país, participaron en la justa, que otorgó premios y menciones de honor en seis secciones: Cuento, Poesía, Pintura, Escultura, Artesanía y Décimas, en las que el obrero y sus afanes fueron siempre ejes creadores de cada obra de arte.

En lo particular, me agradó poder felicitar a dos ex alumnos del fructífero Diplomado de Creación Literaria, los poetas Adalcristo Guevara (primer lugar tanto en Cuento como en Poesía), y el colonense Jorge Morales Saldaña, así como al ganador en Décimas, el amigo Edy Omar Ruiz Quintero, orgulloso bardo arenero, oficial jubilado de la Policía Nacional.

Merecen especial reconocimiento las autoridades del IPEL, por el entusiasmo y la convicción de mantener este concurso que sobrepasa ya las tres décadas, calibrando el potencial del arte popular, expandiéndolo entre el pueblo, llevándole algo de esa luz transformadora que relumbra en toda manifestación cultural.

 

Volviendo a las palabras de Borja-Villel, animemos a nuestro movimiento obrero para que, sin renunciar a sus luchas, siga viéndose como elemento sustancial del arte creado por sus propias manos y entregado a la Nación junto al producto de la labor diaria, pero con el valor inmarcesible que brilla en toda manifestación artística: que nos cambia, que nos mejora, que nos sublima.


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684314
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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